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El alza de la pobreza tuvo esta vez al empleo y los salarios como argumentos

No ocurrió, como en otras oportunidades, que la suba se debió a devaluaciones y aceleración de precios. En cambio, hubo peor empleo y menores ingresos

 

Los saltos de pobreza e indigencia en la Argentina generalmente estaban asociados a un cambio brusco en el tipo de cambio y a la consecuente aceleración de precios que dejaba, al menos por un tiempo, desfasados los ingresos, empujando a miles de personas por debajo de la línea de pobreza e indigencia. La última experiencia de ese tipo se vivió entre fines de 2023 e inicios de 2024, cuando la inflación alcanzó el 25,5% mensual.

Sin embargo, en la última medición de pobreza del Indec, correspondiente al primer semestre del año, los indicadores se deterioraron incluso más de lo previsto a pesar de que el dólar no fue noticia. Lo que sí ocurrió fue que los ingresos de las familias igualmente perdieron contra la canasta alimentaria y la canasta total. Cabe aclarar que la pobreza se mide contra esas canastas y no contra el IPC; y en lo que va del año, las canastas aumentaron muy por encima del Índice de Precios al Consumidor.

La incidencia de la pobreza venía bajando desde el pico de 52,9% registrado en el primer semestre de 2024. Pasó a 38,1% en el segundo semestre de ese año, a 31,6% en el primero de 2025 y cerró 2025 en 28,2%, el registro más bajo desde el primer semestre de 2018.

La nueva foto del Indec muestra que la pobreza alcanza ahora a 15 millones de personas, mientras que la indigencia llegó al 7,5% (unas 3,5 millones de personas). Frente al segundo semestre de 2025, esto implica que alrededor de 1,9 millones de personas cayeron bajo la línea de pobreza y cerca de 538 mil pasaron a no cubrir siquiera la canasta básica alimentaria. Los economistas destacaron igualmente que «no se trata de un regreso a los niveles críticos de inicios de 2024, sino de un retroceso que borró la mejora conseguida durante el último año».

El problema ya no son los precios, son los ingresos

No ocurrió, como en otras oportunidades, que la suba se debió a devaluaciones y aceleración de precios. En cambio, hubo peor empleo y menores ingresos. Por eso, un trabajo de los economistas Laura Caullo y Federico Belich, del Ieral de la Fundación Mediterránea, exploró las causas del salto en la pobreza e indigencia, que a nivel nacional pasó del 28,2% del segundo semestre de 2025 al 32,3% de la primera mitad de 2026.

Vale destacar que la cantidad de pobres y de indigentes volvió a aumentar en el primer semestre de 2026, después de tres semestres consecutivos de caída.

«Al inicio de la actual gestión, la inflación era señalada por la población como el principal problema de la economía, y en ese frente el avance fue significativo. Hoy, el principal límite aparece en el mercado laboral», remarcaron Caullo y Belich. El empleo asalariado privado formal pierde terreno frente al trabajo informal y por cuenta propia, una tendencia de larga data que se profundizó en los últimos años. «Y esto importa especialmente para la pobreza, porque el trabajo explica, en promedio, 8 de cada 10 pesos que ingresan a los hogares», explica el informe del Ieral.

Pero el impacto no es igual para todos. En los hogares de menores ingresos, las transferencias tienen un peso mayor y pueden amortiguar el deterioro de los ingresos laborales. A medida que se avanza hacia los deciles de mayores ingresos, la dependencia del trabajo aumenta y ese margen de protección se reduce. Por eso, cuando el mercado laboral se debilita, el efecto alcanza también a hogares que tradicionalmente se ubicaban por encima de la línea de pobreza.

Los datos de ingresos muestran esta tensión, sobre todo en el último semestre, que es el período en el que sube la pobreza.

En el primer trimestre de 2026, mientras la canasta básica total (CBT) subió 10,9% y la canasta básica alimentaria (CBA) 13,3%, los ingresos nominales quedaron claramente por detrás: el de los asalariados registrados avanzó apenas 4,1%, el de los independientes 5,6% y la AUH 7,8%. Solo los asalariados no registrados (+12,2%) le ganaron a la CBT, aunque no a la CBA.

A esta dinámica se suma el cambio en la composición del empleo. En el último semestre, la caída del empleo asalariado formal (-1,6%, unos 101 mil personas) fue más que compensada por el aumento del trabajo por cuenta propia (+3,4%, +177 mil) y del empleo asalariado informal (+3,1%, +168 mil). Es decir, se crearon puestos, pero de menor calidad: aunque los asalariados no registrados fueron los que más aumentaron sus ingresos en el período, en nivel tanto ellos como los cuentapropistas siguen ganando menos que un asalariado registrado (47% y 26% menos, respectivamente).

Así, el deterioro no pasa solo por cuánto crecen las remuneraciones, sino también por el tipo de empleo que las genera. La combinación de ambos factores ayuda a explicar por qué, aun con una inflación más baja, la pobreza volvió a aumentar.

La clase media, la más castigada

En el trabajo que realizaron los investigadores Laura Caullo y Federico Belich para la Fundación Mediterránea, el análisis por deciles de la pirámide social completa el diagnóstico.

En el último año, los ingresos per cápita de los tres deciles más bajos crecieron entre 36,5% y 43,5%, por encima tanto de la Canasta Básica Total (CBT, 31,3%) como de la Canasta Básica Alimentaria (CBA, 35,9%), apoyados en el mayor peso de las transferencias. En los sectores medios, en cambio, la situación fue distinta: entre los deciles 5 y 8, los ingresos aumentaron entre 27,4% y 30,5%, por debajo de ambas canastas publicadas por el Indec.

Es el retrato de una clase media que depende más del ingreso laboral y menos de las transferencias, y que por eso cuenta con menos herramientas para amortiguar el deterioro cuando esos ingresos pierden frente a las canastas. Aunque en su mayoría se ubican por encima de la línea de pobreza, esa pérdida de poder adquisitivo reduce su margen: para los hogares más próximos al umbral, un retroceso relativamente pequeño puede alcanzar para cruzarlo.