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"Evidentemente, amigos..."

Palabras. Las que se dicen y las que están escritas por allí. Oraciones con sujeto y predicado, gramática vocalizada o escrita. El uso debido del idioma. Cuestiones que parecen perdidas en el tiempo. Cualidades que aparentemente ya no son indispensables a la hora de enfrentar una redacción o un estudio, de un periódico, una radio u otro medio, aun los más modernos. No siempre, claro.

No se ha tirado la toalla en todas partes. Pero comparecen mejor una buena pinta, unos lindos ojos y un físico de gimnasio que el estudio, la educación y la erudición que se tengan encima.

Las palabras, los escritos y la sapiencia jugaban juntos con don Enzo Centenario Argentino Ardigó. Periodista, comunicador, decidor, crítico y, para lo que nos toca en estas páginas, un brillante comentarista de fútbol. Había nacido en Cañada de Gómez el 25 de mayo de 1910 y murió en la puerta de su cabina en el Estadio Centenario de Montevideo el 20 de febrero de 1977, cuando jugaban la selección uruguaya y el Santos. Era comentarista de Radio El Mundo de Montevideo en ese momento. Como tenía que ser, dirían aquellos que pegan el final de una persona a su actividad de toda la vida. Y algo de eso hay. Ese segundo hogar del hombre de radio, hasta la médula. Pequeño sitio en el que, además de un enchufe, una silla, un apoya papeles y un vidrio (y a veces faltan algunas de estas cosas), contiene el sabor de los que saben que allí está buena parte del motivo de su existencia. No todo, pero una buena porción. La otra estará en su casa, en un cine de barrio, en una tribuna, en un bar, en un teatro callejero. En una cabina, con micrófono en mano, como en la infancia, cuando era apenas un juego con figuritas en el piso, se emparda el lugarcito para relatar que da el club del pueblo, con el pupitre más lujoso del Bernabéu.

La noche de la muerte de Ardigó el periodismo deportivo sudamericano perdió un baluarte extraordinario en eso de la pluma y la palabra.

"Luego de recorrer muchas redacciones, alcanzó su fama como comentarista de José María Muñoz en la cadena de Radio Belgrano y Radio Rivadavia, en la década del 60. Si bien el fútbol lo popularizó, no muchos saben que trabajó en otras áreas que marcan sus valores de comunicador. Poco antes que Radio El Mundo lanzará su famoso ‘Glostora Tango Club’, Radio Belgrano, en 1945, emitía ‘La voz triunfadora en el Cancionero Glostora: Alberto Castillo’, los días martes y jueves a las 21.30 horas, con un espacio de deporte con el nombre ‘El deportivo para la juventud triunfadora’, donde el comentarista era Enzo Ardigó". Una buena reseña de 2007 de Néstor Saavedra en El Gráfico, al cumplirse treinta años de la muerte de Ardigó, seguía diciendo: "Posteriormente fue director de Radiolandia y Goles, dos revistas de grandes tiradas, ambas de la editorial Julio Korn. El 11 de noviembre de 1951 protagonizó un hecho singular, que se realza hoy día cuando todos los partidos de Primera División son televisados: fue el comentarista de Ernesto Veltri en la narración del primer partido televisado de fútbol: San Lorenzo ante River en el viejo Gasómetro".

Uno tiene grabaciones imaginarias de sus transmisiones en Radio El Mundo de Buenos Aires, con el maestro Fioravanti, a quien se sumó para reemplazar a Borocotó y preceder a Horacio Besio, según reza y comenta en su didáctico libro nuestro colega y amigo José Luis Cantori, hombre de Cañada de Gómez, también.

Fioravanti y Ardigó se habían conocido en sus arranques, cuando ambos escribían para el diario "El Orden" de Santa Fe. Fioravanti catalogó siempre a Ardigó, como uno de los periodistas más completos. Enzo fue comentarista de Lalo Pelliciari en Mitre, lo expresado de Fioravanti en El Mundo y José María Muñoz en Rivadavia. Luego estuvo en Radio Colonia con varios relatores, entre ellos un joven Víctor Hugo Morales.

En 1944 fue el responsable en presentar el libro “Versos de mi ciudad”, escrito por el poeta Héctor Gagliardi.

Ardigó estuvo siempre cerca del cine y la incipiente televisión argentina. Se interpretó a sí mismo en la película "Pelota de Trapo" de 1948 y escribió el guión de "Esperanza" del 49. Formó parte de los cronistas cinematográficos de la Argentina interviniendo como jurado en el Festival de Cine de Mar del Plata.

En la TV participó de varios programas. En 1973 trabajó en las transmisiones de fútbol de “Deportes hoy, deportes ayer”, junto con Eugenio Ortega Moreno y Guillermo Tippito. También en ese año estuvo en el programa “Argentinísima”, junto con Julio Márbiz. En 1961 condujo “Regalo de reyes”, un ciclo para niños por el 13.

Su decir y su análisis paralizaban a los aficionados en el entretiempo. Ellos necesitaban saber qué estaba pasando, más allá del relato.

"Evidentemente, amigos...", empezaba diciendo Ardigó y en tiempos de poca imagen su palabra era sentencia de lo que el partido estaba dejando. Tiempos en los que el comentario era crítico al juego sin invadir la capacidad o la persona del jugador. La seriedad y solemnidad parecían exageradas, pero eran el producto del respeto y la consideración hacia quienes participaban del mismo. "Lo dicho amigos..." e iba terminando esa clase rápida de dicción que los oyentes merecerían tener por estos días, tan vacíos de ello. "Goles son amores y no buenas razones", solía decir y muchos de los que peinan canas aún lo recuerdan como el comentarista deportivo más atildado y culto de la historia de la radio. En 1966 dejó para la posteridad su frase calificadora del árbitro Rudolf Kreitlein, quien expulsó a Ratin en el partido que la Argentina perdió con Inglaterra por el campeonato mundial de fútbol. Lo llamó "caradura, calvo, alemán", que, para la radio de aquella época, era peor que un insulto explícito de nuestros días.

Los cordobeses gozamos de su verba en la vieja LV3 junto con Rubén Torri, quien contaba que Ardigó se apoyaba sobre la mesa que daba al vidrio y pedía que durante cinco minutos no le diera, para analizar bien el cotejo, además de no sentirse jamás figura, a pesar de su trayectoria a esa altura de la década del 70.

Cuando su alma dejó al cuerpo en la puerta de la cabina del Centenario, en 1977, dicen que flotó una imagen por encima de todos los presentes. Un hombre con micrófono en mano, seguro de sí mismo, orgulloso del momento y con una voz portentosa y amiga que dijo: "Evidentemente, amigos". Y todos hicieron silencio para escucharlo.

Osvaldo Alfredo Wehbe. Redacción Puntal

FUENTE: Puntal.com.ar