Identidad
Río Cuarto ha sido definida muchas veces como una ciudad solidaria, lista para dar una mano a quien lo necesita, como lo prueban las masivas respuestas que reciben campañas iniciadas por familias con un integrante asediado por un grave problema de salud que no tiene medios para afrontar. Pero también se la ha calificado como indiferente, capaz de darles la espalda a los bolsones de miseria que proliferan en sus sectores más invisibilizados.
Tanto la foto como la película exhiben una ciudad progresista, llena de emprendedores que contribuyen a hacerla crecer a través de la apuesta a su propio crecimiento personal. Y por momentos la muestran conservadora y anquilosada en su somnolencia pueblerina, remanente de ese pueblo que no se resigna a dejar de ser del todo.
Los riocuartenses vivimos en una comunidad abierta y tolerante que da la bienvenida a los foráneos que la eligen, a quienes abrazamos y estamos predispuestos a adoptar porque su elección nos gratifica. Y así y todo, cargada por momentos de prejuicios que no excluyen la discriminación económica y el racismo.
Río Cuarto es una ciudad orgullosa de sí misma hasta la autocomplacencia, con ínfulas de las cuales aquella apropiación de lo que era originalmente una descalificación irónica -el “Imperio del Sur”- como señal de identidad es la demostración más acabada. Una ciudad cuyos habitantes despliegan a veces, sin embargo, una autocrítica feroz, implacable, que precisamente incluye la falta de una identidad definida como una señal de falta de carácter frente a la cual no hay redención posible.
Río Cuarto es lo que fue, su historia plena de coraje y resiliencia, de masacres e indignidad. Es las luces y sombras de su presente, con tanto para celebrar y tanto, tantísimo, para mejorar; y, sobre todo, el futuro en el que para quienes la amamos descifrarla será tan sencillo y tan complejo como ahora. Una ciudad como todas, parecida a muchas otras, y únicamente igual a sí misma.