Pero la banda sonora de su vida tenía otros ritmos bien arraigados. En plena adolescencia, tuvo un flechazo que marcaría su destino: la salsa. Fue un amor tan profundo que, tiempo después, no dudó en armar los bolsos y viajar a Cuba durante un mes. Vivir en casas de familia y tocar codo a codo con músicos locales fue, según sus propias palabras, la puerta que se le abrió a todo lo que vino después.
El salto de animarse a la música
Ese "después" exigía decisiones valientes. En 2019, Santi dejó su trabajo en un supermercado para apostarlo todo a la música, una jugada que hoy resume con una sonrisa y honestidad brutal: “Soy pobre, pero feliz”, así le digo a mis amigos.
Su historia arriba de los escenarios es única. Arrancó primero por el baile y recién se animó a cantar por primera vez en 2016, rozando los 30 años. Sus primeros pasos como vocalista fueron en una banda de salsa llamada Che 'tumbao, hasta consolidarse como la voz indiscutida de Los Soplasfortune y otras bandas locales.
De Cerdeña al mundo
Hace tres años, el mapa se amplió. Santi comenzó a hacer temporada de verano en Cerdeña (Italia), donde cada noche los restaurantes estallaban de gente lista para bailar. Allí no solo interpretó música latina: llevó lo que él define como “la argentinidad”, fusionando cumbia, rock nacional, salsa y bachata.
El circuito creció tanto que este año, estando en Italia, le salió una fecha imprevista en Eslovaquia —con vuelos y hotel pagos— y ya tiene el pasaje asegurado para volver la próxima temporada, mientras evalúa propuestas para desembarcar en Milán.
El premio mayor: viajar y disfrutar la música
A una década exacta de su debut en los escenarios, el balance es felicidad. “Conocer el mundo con trabajo y encima con lo que te apasiona, yo creo que ese es el mayor premio que puedo llegar a tener”, reflexiona.
Cuando le toca mirar hacia atrás y pensar en aquel nene que bailaba frente al espejo, la respuesta es simple y contundente: que lo logró, y que sigue siendo exactamente el mismo cada vez que se encienden las luces del escenario.
Para quienes todavía dudan en animarse, su consejo no tiene vueltas: hay que dejar de esperar el momento perfecto. “Que se la jueguen por lo que uno quiere”, resume, convencido de que ahí, en jugársela por lo propio, se esconde la verdadera felicidad.