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"El River del 86 pasó de ser vistoso a contragolpeador y mortífero"

Roque Alfaro fue el volante por izquierda de un auténtico equipazo que marcó una época y que cumplió 34 años como campeón intercontinental. En diálogo exclusivo con El Deportivo, así lo rememora.

Helmuth Duckadam se llamaba el histórico arquero del Steaua de Bucarest que daba el batacazo futbolístico en Europa en el año 1986.

La sede era el estadio Ramón Sánchez Pizjuán de Sevilla y allí jugarían la final de la Copa de Campeones de Europa el Barcelona y el Steaua de Bucarest.

Amplio favorito era el Barça, que buscaba su primera consagración y parecía que no se le podía escapar.

La historia y el destino no estaban del lado de los catalanes, sí de los rumanos y, por sobre todo, de Duckadam, quien contuvo cuatro penales y fue el héroe de su equipo y de su país. El Steaua era campeón de Europa. Hoy, impensado, una utopía. Faltaban aún un par de años para que el régimen, la dictadura de Ceausescu, cayera, pero el Steaua y Nadia Comaneci tiempo atrás ponían el deporte rumano, junto con Ian Tiriac e Illie Nastase,

en lo más alto.

Para los argentinos el 86 es una año muy fuerte, por México y por Diego, y para el hincha de River también lo es. Pudo con su gran karma, que era ganar la Copa Libertadores. Ya había perdido las finales del 66, del 76 y esa con América de Cali no se podía escapar.

La Copa Intercontienental tuvo un estadio Nacional de Tokio repleto y el equipazo del Bambino Veira obtuvo un cerrado resultado a favor que le permitió ser campeón. Así lo analiza una de las figuras de ese tiempo, Roque Alfaro.

“Sabíamos que Steaua había ganado la Champions por penales al Barcelona y que era la gran base de la selección se Rumania que después jugaría los mundiales de 1990 y 1994. Varias cosas que nos alertó Veira después acontecieron, eran muy agresivos desde lo físico, técnicamente tenían buenos jugadores. Uno de los grandes déficits era que erraban mucho el arco, llegaban bien hasta la puerta del área y después se les complicaba. Y cuando llegaron Neri Pumpido estaba para redondear un mediodía brillante de aquel River.

-Para los más jóvenes le pregunto por el Búfalo Funes: ¿cómo lo puede describir como jugador?

-Te lo explico así: fuimos a jugar contra el América de Cali la final de la Copa en Colombia y recibe la pelota de espaldas, gira para su derecha y la clava arriba en aquel 2 a 1. En la vuelta en el Monumental el Negro Enrique roba una pelota, se la da a él, gira para su izquierda, se mete entre los centrales y la cruza de zurda al segundo palo de Falcioni. Con eso te digo que no tenía problemas de perfil, tenía una agilidad notable a pesar de su físico. Juan fue una alegría para el plantel, por la alegría que él tenía como ser humano y por la alegría que demostró jugando; era un jugador al que era muy difícil agarrarlo cuando arrancó, era muy potente. No salía mucho hacia los costados y eso lo entendimos muy claro nosotros.

-Antes, con Ramón Centurión de delantero, jugaban diferente, tenían otra fisonomía.

-El Pelado era otro tipo, distinto a Juan, y River tenía otro estilo; nosotros habíamos tenido un fútbol más corto y bien jugado con Morresi, Francescoli y la Araña Amuchástegui, que fueron reemplazados por Antonio Alzamendi, un jugador de una gran jerarquía, velocidad, goleador. Y ahí, sumado a todo eso, apareció el ídolo de River, que se lo necesitaba para el juego de ambos, con equilibrio y de contra letal, como era el Beto Alonso. Ese River cambió, pasó de ser vistoso a ser contragolpeador y mortífero. Era muy difícil que nos hicieran goles con facilidad, tenía un triángulo en el que una cabeza era el Tolo Gallego, con el Tano Gutiérrez y Ruggeri en las puntas y por afuera dos marcadores sensacionales. Uno técnicamente extraordinario como el Tapón Gordillo y el otro, que vivía con el cuchillo entre los dientes, como Alejandro Montenegro. Teníamos un equipo muy equilibrado con el Negro Enrique por derecha y yo por izquierda y con la libertad del Beto, Antonio Alzamendi y Funes, que en ataque hacían lo que querían. Después, en pelotas detenidas, el Tano Gutiérrez y Ruggeri eran importantísimos.

-Un equipo con varios mundialistas y campeones del mundo como titulares. ¿Sienten que a ese equipo le falta reconocimiento?

-Ahora hay mucho más seguimiento, con medios partidarios y el auge de las redes sociales. Antes no era tan fácil hacer una nota, hacer coberturas o viajes. Creo que no se nos reconoció de la manera que merecíamos. Te diría que como consecuencia de la pandemia lo que hemos vivido nosotros, los exjugadores, ha sido fantástico, nunca nos tuvieron tan en cuenta como ahora. No lo tomo como que se nos desconozca, creo también que la información va más al presente y poco al pasado. Eso lo entendemos pero no nos van a cambiar la idea, no hay otro River campeón del mundo que no sea el nuestro.

-Pasó por Newell’s. Dicen los especialistas en el fútbol rosarino que el equipo de Yudica que triunfó en el 88 fue el mejor campeón rosarino, ¿coincide con eso?

-La historia para Newell’s es la mejor, porque ese año redondeo un trabajo que Jorge Bernardo Griffa comenzó en el año 1973. Ese equipo fue campeón con jugadores del club, nacidos en Newell’s. Todos pasamos por la mano de Griffa en algún momento en inferiores. Yo, desde el 74 y catorce años después fuimos campeones. Eso es el mejor regalo que se le puede hacer a alguien que ha sido tan importante en nuestra carrera deportiva como Griffa. Futbolísticamente y técnicamente teníamos un grandísimo equipo, la estadística lo avala. No hay otro mejor para mí que ese, llegando después a jugar una final de Copa Libertadores (derrota contra Nacional de Montevideo) con un equipo diezmado y en el que involucramos a tres jugadores de divisiones inferiores como Gamboa, Batistuta y Franco. Todos esos fueron a jugar la final de la Copa con autorización de los padres para poder salir del país; te imaginás las condiciones con chicos que estaban apareciendo, después fueron fantásticos pero ahí estaban dando los primeros pasos. Nos queda el sabor amargo de no haberla ganado pero sí la alegría de haber jugado esa final.

-Finalmente, algo de Maradona: cuéntenos cuando le dijo: “Qué bien anda, Alfarito”, ¿cómo fue esa anécdota?

-El año pasado, cuando vino Gimnasia para jugar contra Newell’s en Rosario, hubo una elección de cinco personas que fueran cercanas a Diego para hacerle unos presentes. Yo estaba involucrado ahí. El año pasado tuve un proceso de salud bravo pero ya estoy muy bien. Con Diego tengo cosas muy íntimas, jugamos en la Copa América 87, jugamos en contra la primera vez que jugó en Napoli un amistoso contra River, allá por el 84. Estuve también en su casamiento y en el bautismo de su primera hija y haber compartido la historia en los 70 y 80 en la Argentina. Me queda un recuerdo muy grato, tengo una muy buena relación; sin ser del día a día, sino del tiempo, ha perdurado. Hacía mucho que no lo veía y cuando me vio me dijo: “Qué bien te veo, Alfarito”. En ese abrazo sentido que nos dimos, fue esa caricia que me quedó para mí, para la intimidad, mis sentimientos. Son pocas las cosas que tengo con Diego, pero son muy profundas.