“Roma” figura hoy por hoy en todas las listas de candidatos para ganar el Oscar. Si sucede o no se sabrá recién pasada la medianoche del próximo domingo pero lo cierto es que desde estreno en el festival de Venecia –donde obtuvo el León de Oro– y los galardones que viene acumulada en la llamada “Temporada de premios” que la industria cinematográfica despliega en las principales sedes de producción del mundo, el film del mexicano Alfonso Cuarón está en boca de todos y ocupa vasto centrimetraje de la prensa escrita y un largo tiempo de los MCM.
Situada a inicios de los años setenta, en la colonia de la Ciudad de México a la que alude su título, “Roma” narra la vida de una familia de clase media en la que mientras la madre, Sofía (Marina de Tavira) resiente la progresiva distancia de su marido, sus cuatro hijos pequeños son atendidos por Cleo (Yalitza Aparicio) –la joven empleada doméstica que pronto se revela como el eje de la historia.
Para hablar de ella con Cuarón es inevitable aludir al costado autobiográfico que incluye: “es un combo en el que se incluyen cosas personales y meros inventos. El personaje de Cleo, sin embargo se refiere claso a Liboria (“Libo”) Rodríguez, que fue la nana de la familia y el vínculo con ella es la punta del ovillo de la que tiré para entrar en el laberinto de mis recuerdos, por eso está dedicada a ella y es la continuidad de algo que había insinuado en ‘Y tu mamá también”.
Para recordar, en ese film de hace diecisiete años, durante el viaje en auto que hacen los adolescentes protagonistas a la playa, y que construye el corazón del relato, al pasar frente a un pueblo llamado Tepelmeme (el pueblo natal de Liboria Rodríguez en la realidad), el semblante de Tenoch (Diego Luna) revela un pensamiento triste que se enuncia por la voz en off y que expresa, a modo de lamento, que nunca ha visitado el pueblo natal de Leodegaria, su nana, quien lo cuida desde que tenía cuatro años y a quien él, durante un tiempo, llamó mamá: “Es verdad, el personaje se ha venido gestando durante muchas décadas, estoy seguro. De hecho, en Y tu mamá también quien interpreta a Leodegaria es Libo. Aparece en la escena en la que le sirve unas quesadillas al personaje que interpreta Diego Luna”, precisa el director.
Recuerdos reelaborados
A pesar de esos detalles, el director asegura que reinterpreta su realidad porque en ella hay referencias autobiográficas –como el número de hijos en la familia y una casa en la colonia Roma– pero no es una película confesional, sino la reelaboración que parte de esos recuerdos: “El proceso para esa reelaboración, que tomó su tiempo, fue a partir de un ejercicio de memoria. Incluso las demás cosas de la película nacieron precisamente de ahí. Surgieron temáticas que se sintieron relevantes tras un proceso de memoria en el que me clavé meses y meses. Generalmente he pecado –porque a veces creo que es un pecado– de hacer demasiada investigación para mis películas y aquí esa investigación fue interna. La investigación consistía en estar tirado en un sofá con una libreta y los ojos cerrados. Cuando abres una puerta en la memoria, aparece un corredor infinito lleno de puertas. Y detrás de cada puerta que abres hay otro corredor infinito lleno de puertas. Cada recuerdo te va llevando a otros. En vez de tratar de hacer una curaduría de recuerdos, fue casi una asociación libre e inconsciente. Si abría una puerta era porque en el fondo esa puerta era relevante. Y la que abría después, también. Y así me seguí. Lo que pasa es que solo puedes ver los recuerdos desde el punto de vista del presente. No hay otra manera de acercarte a la memoria. Y, entonces, la memoria se empieza a teñir del entendimiento del presente”.
Claro que esa profusión de recuerdos, que se entrelazan, está filtrada por la perspectiva estética del creador: “Cuando al abrir una puerta llegaba una imagen y, junto con ella, el entendimiento de algo, un juicio, o tal vez un prejuicio, eso significaba que era relevante. Ese era el criterio. En principio el proceso solo consistía en hacer apuntes. Luego los cotejaba con los recuerdos de Libo, haciendo con ella un recorrido casi forense de su día a día, de su rutina. Esa rutina ocurría, casi toda, dentro de la casa o en lugares que yo conocía, como la calle o el mercado. Me di cuenta de que casi no conocía su cuarto. Yo no sabía que hacía ese ejercicio todas las noches, ni que mi abuela se la armaba de tos si tenía la luz prendida porque gastaba electricidad –algo en sí mismo espantoso–. Lo que más me sorprendió fue descubrir su vida social fuera de la burbuja. Eso se me reveló como otro universo. Libo me habló de todo un contexto social que era casi opuesto al mundo dentro de la casa. Es ahí donde intervino mucho más el entendimiento desde el presente.
“Roma” destaca además por una impactante reconstrucción visual del México de los años setenta, con una reproducción de muchos elementos tal y como formaron parte de la vida de Cuarón: “Yo había leído muchísimo acerca de cómo en ‘El gatopardo’, Luchino Visconti puso todo el vestuario dentro de un armario que nunca se abrió. O, en ‘Ludwig’, exigió que el pastel de no sé cuántas capas fuera horneado con la receta original que, según lo documentado, le gustaba a Ludwig,el rey Luis II de Baviera. Yo me preguntaba: ¿para qué hacerlo? Pensaba que bien podría haber sido un pastel de cartón. Si lo partían, podía haber sido cualquier pastel y valía madres. Más intrigante me parecía el caso de ‘La pasión de Juana de Arco’en el que Dreyer hizo que los actores recitaran las transcripciones originales del juicio. Era una película muda, en la que no se oye el diálogo, y aun así los actores tuvieron que memorizar el texto original. También en ese caso pensaba que no sentía la diferencia. Y, luego, por algún motivo, quizá por intuición, decidí que ese iba a ser el proceso para ‘Roma’. Un proceso del cual yo me había mofado un poco.
Algo semejante ocurrió con la decisión de filmar en orden cronológico: “Antes decía que eso era para directores que no agarran la onda. Lo mismo pasó con la decisión de rodar en las locaciones donde sucedieron los eventos. Como sabes, el terremoto del 85 derrumbó casi todo el Centro Médico. Nosotros encontramos el único edificio que había permanecido de pie y que se usaba de bodega. Pero el asunto era no poner mosaicos nuevos por lo que Eugenio Caballero, el diseñador de producción, reunió mosaicos de distintos pisos del edificio para hacer un piso funcional. La reconstrucción de la casa fue igual. Me acuerdo cuando, en un principio, hablaba de los muebles con Eugenio y con Bárbara Enríquez, (decoradora de set). Cualquiera pensaría que era posible conseguir otros iguales pero no serían los originales. Lo mismo con vestuario, o con utilería: yo les decía en este cajón tiene que haber tales objetos y tales juguetitos y ellos me preguntaban en qué escena se abrirían esos cajones yo les respondía que nunca, y ellos se miraban por lo bajo. Pero esos detalles eran para mí porque no sólo sabía lo que había dentro y eso lo sentía como una ayuda en el proceso emocional de recrear ese recuerdo y ese lugar. No se trataba solo de saberlo, sino de sentirlo. Quería honrar el tiempo y el espacio, y dejar que esos lugares dictaran lo que iba a suceder. Quizá suena metafísico, pero todo eso tuvo una gran influencia”.
Aunque “Roma” no es la expresión de un discurso, ha sido muy potente en poner en primer plano el asunto e incitar a la conversación sobre la realidad de muchas mujeres invisibilizadas: “la verdad, si esta película pudiera servir para ello... Le ofrecimos esta película a la Alianza Nacional de Trabajadoras Domésticas y la van a utilizar como herramienta para generar mayor conciencia. También vamos a hacer eventos para recaudar fondos. En pleno siglo XXI hablamos de un empleo que no está legislado. Es una herencia tremenda de la Colonia. Lo padre de este esfuerzo es que lo estamos haciendo en coordinación con esa alianza en Estados Unidos, que en gran parte está formada por latinas. Porque este asunto lo vivimos en México, pero también es bastante común allá. Se trata de personas que cumplen con las funciones, digamos, normales que tendría una empleada doméstica –limpiar, lavar, cocinar o ir a comprar comida–, pero encima asumen roles que tradicionalmente serían ejercidos por las madres o los padres. De alguna manera cubren una ausencia. Esa labor es reconocida con un ‘Te quiero mucho’, como en la escena final de la película. Se les dice: ‘Te quiero mucho, te amo, nos salvaste la vida, queremos visitar tu pueblo, pero tráeme unos gansitos, y vete por el licuado, y vete a lavar la ropa mientras nosotros vemos la tele’”.
Para hablar de ella con Cuarón es inevitable aludir al costado autobiográfico que incluye: “es un combo en el que se incluyen cosas personales y meros inventos. El personaje de Cleo, sin embargo se refiere claso a Liboria (“Libo”) Rodríguez, que fue la nana de la familia y el vínculo con ella es la punta del ovillo de la que tiré para entrar en el laberinto de mis recuerdos, por eso está dedicada a ella y es la continuidad de algo que había insinuado en ‘Y tu mamá también”.
Para recordar, en ese film de hace diecisiete años, durante el viaje en auto que hacen los adolescentes protagonistas a la playa, y que construye el corazón del relato, al pasar frente a un pueblo llamado Tepelmeme (el pueblo natal de Liboria Rodríguez en la realidad), el semblante de Tenoch (Diego Luna) revela un pensamiento triste que se enuncia por la voz en off y que expresa, a modo de lamento, que nunca ha visitado el pueblo natal de Leodegaria, su nana, quien lo cuida desde que tenía cuatro años y a quien él, durante un tiempo, llamó mamá: “Es verdad, el personaje se ha venido gestando durante muchas décadas, estoy seguro. De hecho, en Y tu mamá también quien interpreta a Leodegaria es Libo. Aparece en la escena en la que le sirve unas quesadillas al personaje que interpreta Diego Luna”, precisa el director.
Recuerdos reelaborados
A pesar de esos detalles, el director asegura que reinterpreta su realidad porque en ella hay referencias autobiográficas –como el número de hijos en la familia y una casa en la colonia Roma– pero no es una película confesional, sino la reelaboración que parte de esos recuerdos: “El proceso para esa reelaboración, que tomó su tiempo, fue a partir de un ejercicio de memoria. Incluso las demás cosas de la película nacieron precisamente de ahí. Surgieron temáticas que se sintieron relevantes tras un proceso de memoria en el que me clavé meses y meses. Generalmente he pecado –porque a veces creo que es un pecado– de hacer demasiada investigación para mis películas y aquí esa investigación fue interna. La investigación consistía en estar tirado en un sofá con una libreta y los ojos cerrados. Cuando abres una puerta en la memoria, aparece un corredor infinito lleno de puertas. Y detrás de cada puerta que abres hay otro corredor infinito lleno de puertas. Cada recuerdo te va llevando a otros. En vez de tratar de hacer una curaduría de recuerdos, fue casi una asociación libre e inconsciente. Si abría una puerta era porque en el fondo esa puerta era relevante. Y la que abría después, también. Y así me seguí. Lo que pasa es que solo puedes ver los recuerdos desde el punto de vista del presente. No hay otra manera de acercarte a la memoria. Y, entonces, la memoria se empieza a teñir del entendimiento del presente”.
“Roma” destaca además por una impactante reconstrucción visual del México de los años setenta, con una reproducción de muchos elementos tal y como formaron parte de la vida de Cuarón: “Yo había leído muchísimo acerca de cómo en ‘El gatopardo’, Luchino Visconti puso todo el vestuario dentro de un armario que nunca se abrió. O, en ‘Ludwig’, exigió que el pastel de no sé cuántas capas fuera horneado con la receta original que, según lo documentado, le gustaba a Ludwig,el rey Luis II de Baviera. Yo me preguntaba: ¿para qué hacerlo? Pensaba que bien podría haber sido un pastel de cartón. Si lo partían, podía haber sido cualquier pastel y valía madres. Más intrigante me parecía el caso de ‘La pasión de Juana de Arco’en el que Dreyer hizo que los actores recitaran las transcripciones originales del juicio. Era una película muda, en la que no se oye el diálogo, y aun así los actores tuvieron que memorizar el texto original. También en ese caso pensaba que no sentía la diferencia. Y, luego, por algún motivo, quizá por intuición, decidí que ese iba a ser el proceso para ‘Roma’. Un proceso del cual yo me había mofado un poco.
Algo semejante ocurrió con la decisión de filmar en orden cronológico: “Antes decía que eso era para directores que no agarran la onda. Lo mismo pasó con la decisión de rodar en las locaciones donde sucedieron los eventos. Como sabes, el terremoto del 85 derrumbó casi todo el Centro Médico. Nosotros encontramos el único edificio que había permanecido de pie y que se usaba de bodega. Pero el asunto era no poner mosaicos nuevos por lo que Eugenio Caballero, el diseñador de producción, reunió mosaicos de distintos pisos del edificio para hacer un piso funcional. La reconstrucción de la casa fue igual. Me acuerdo cuando, en un principio, hablaba de los muebles con Eugenio y con Bárbara Enríquez, (decoradora de set). Cualquiera pensaría que era posible conseguir otros iguales pero no serían los originales. Lo mismo con vestuario, o con utilería: yo les decía en este cajón tiene que haber tales objetos y tales juguetitos y ellos me preguntaban en qué escena se abrirían esos cajones yo les respondía que nunca, y ellos se miraban por lo bajo. Pero esos detalles eran para mí porque no sólo sabía lo que había dentro y eso lo sentía como una ayuda en el proceso emocional de recrear ese recuerdo y ese lugar. No se trataba solo de saberlo, sino de sentirlo. Quería honrar el tiempo y el espacio, y dejar que esos lugares dictaran lo que iba a suceder. Quizá suena metafísico, pero todo eso tuvo una gran influencia”.
Aunque “Roma” no es la expresión de un discurso, ha sido muy potente en poner en primer plano el asunto e incitar a la conversación sobre la realidad de muchas mujeres invisibilizadas: “la verdad, si esta película pudiera servir para ello... Le ofrecimos esta película a la Alianza Nacional de Trabajadoras Domésticas y la van a utilizar como herramienta para generar mayor conciencia. También vamos a hacer eventos para recaudar fondos. En pleno siglo XXI hablamos de un empleo que no está legislado. Es una herencia tremenda de la Colonia. Lo padre de este esfuerzo es que lo estamos haciendo en coordinación con esa alianza en Estados Unidos, que en gran parte está formada por latinas. Porque este asunto lo vivimos en México, pero también es bastante común allá. Se trata de personas que cumplen con las funciones, digamos, normales que tendría una empleada doméstica –limpiar, lavar, cocinar o ir a comprar comida–, pero encima asumen roles que tradicionalmente serían ejercidos por las madres o los padres. De alguna manera cubren una ausencia. Esa labor es reconocida con un ‘Te quiero mucho’, como en la escena final de la película. Se les dice: ‘Te quiero mucho, te amo, nos salvaste la vida, queremos visitar tu pueblo, pero tráeme unos gansitos, y vete por el licuado, y vete a lavar la ropa mientras nosotros vemos la tele’”.

