Opinión | Salud

Ignorancia y egoísmo, una combinación perversa y dañina

Si es cierto el viejo postulado de que las situaciones de crisis sacan a relucir lo mejor y lo peor de los seres humanos, las noticias sobre ciudadanos que dejan mensajes intimidatorios a vecinos, por lo general residentes en el mismo edificio de propiedad horizontal, por el hecho de ser parte de equipos de salud, constituyen uno de los ejemplos más elocuentes, dolorosos y desalentadores de la segunda de esas actitudes.

Luego de la amarga sorpresa que significó la aparición de los primeros casos, las noticias sobre ciudadanos que dejan mensajes intimidatorios a vecinos, por lo general residentes en el mismo edificio de propiedad horizontal, por el hecho de ser parte de equipos de salud, parecen haberse convertido en rutinarias, pese a la avalancha de condenas que todas ellas suscitan de modo casi invariable. Está claro que si es cierto el viejo postulado de que las situaciones de crisis sacan a relucir lo mejor y lo peor de los seres humanos, este es uno de los ejemplos más elocuentes, dolorosos y desalentadores de la segunda de esas actitudes.

El fenómeno -la reiteración habilita a considerarlo como tal- ha llevado a destacar el nítido contraste con la muy buena respuesta que obtuvo y sigue obteniendo la convocatoria a aplaudir a aquéllos que por otra parte reciben semejante destrato. E incluso a señalar la paradoja de que quizá algunos de los que pretenden transmitirles a médicos y enfermeros reales y conocidos por ellos que no son bienvenidos en los domicilios donde en algunos casos han residido durante años, prestan ese apoyo cuando pueden hacerlo “en abstracto” y sin ningún costo personal propio.

En principio, la adopción de una actitud hostil y agresiva, susceptible incluso de generar acciones penales en su contra, hacia quienes están emplazados en la primera línea de combate en una lucha en la que toda la sociedad se encuentra involucrada, destaca por su extremo egoísmo, por la falta de empatía respecto de aquellos que menos la merecen en una instancia por la que se atraviesa. Sin embargo, igualmente notable es la ignorancia que subyace en este tipo de reacciones. Porque si es cierto que el personal de salud está por su trabajo más expuesto al contagio, también es el mejor preparado para adoptar las medidas preventivas que minimicen el riesgo de transmisión. Esa ignorancia cerril inclusive pierde de vista la evidente conveniencia práctica de tener cerca alguien que conoce como lidiar con un problema de salud -el del Covid-19 o cualquier otro-, capaz de intervenir de inmediato ante cualquier emergencia que afecte a un vecino.

Desde luego, la imprescindible difusión masiva de las advertencias sobre el peligro artero e invisible que acecha a todos genera un comprensible temor, a partir del cual las reacciones no siempre resultan ser las más dignas. Pero en ese marco, lo menos aconsejable es asumir una toma de posición como la que se resume en la desafortunada exhortación “sálvese quien pueda”. Un lema que de ser adoptado masivamente tendría como resultado, con toda certeza, que no se salvaría nadie.

“El miedo no es zonzo”, reza otro viejo y conocido enunciado que en esta oportunidad es desmentido de manera terminante. Los autores de estos mensajes vergonzosos demuestran que a veces el miedo es decididamente estúpido, además de venir acompañado de una pesada carga de perversidad.