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El avance del "pipazo": una nueva modalidad de consumo que enciende las alertas

El organismo señala cambios preocupantes en los patrones de consumo y pone el foco en las consecuencias que esta práctica tiene sobre la salud y la vida cotidiana.

El "pipazo" se instaló como una de las formas de consumo que más preocupa a los equipos de salud y prevención de adicciones en la región. Desde el dispositivo de Sedronar vienen registrando un aumento sostenido en el consumo de esta sustancia, que combina cocaína adulterada con otros materiales y se fuma en lugar de inhalarse.

Un consumo que agrava el deterioro

A diferencia de otras formas de consumo de cocaína, el pipazo implica la combinación con distintas sustancias o materiales, lo que complejiza tanto el perfil del consumidor como las posibilidades de acompañamiento terapéutico. Según describieron desde el organismo, el deterioro que genera es visible en múltiples dimensiones: en la salud física de la persona, en sus vínculos y en su inserción comunitaria. La dependencia que produce es intensa, con una fuerte necesidad de sostener el consumo de manera frecuente.

Desafíos para la atención y la prevención

Uno de los desafíos concretos que enfrentan los equipos tiene que ver con los horarios y la disponibilidad de los dispositivos de atención. Quienes consumen pipazo pueden llegar a buscar ayuda en momentos en que las instituciones están cerradas o sin turnos disponibles, lo que refuerza la necesidad de construir redes interinstitucionales que permitan dar respuesta más allá de los horarios formales.

Estigma y contexto de crisis

Desde Sedronar vinculan el aumento del consumo con el contexto de crisis económica, laboral y habitacional, que impacta de manera directa en el deterioro de las condiciones de vida de las personas. El perfil de quienes consumen no se limita a jóvenes: también se registran adultos que en otros momentos transitaron por otras modalidades de consumo.

El estigma social es otro factor que complica la situación. Las personas que consumen están atravesadas por procesos de discriminación que dificultan que puedan reconocer el consumo como un problema, acercarse a pedir ayuda o sostener un tratamiento en el tiempo. Esa barrera, señalaron, es uno de los nudos más difíciles de desatar en el trabajo cotidiano con esta problemática.