Río Cuarto

Senegaleses en Río Cuarto. Un lugar en el mundo, a 7 mil kilómetros de casa

Ya son 35 los ciudadanos africanos que llegaron a la ciudad. Se dedican al comercio callejero y algunos abrieron locales propios. Así, logran enviar remesas en dólares para mantener a los familiares que quedaron en Senegal. “Inmigrar no es un capricho”, dicen.
 
“Cuando el sol sale, sale para todos”, dice el refrán y así fue para Jawara Diouf, bautizado por sus clientes argentinos como Pablo, un senegalés de 27 años que decidió asentarse y formar una familia en Río Cuarto. 

Cuando llegó en 2011 a la Argentina probablemente no imaginó que iba a vivir en esta ciudad, un lugar por demás lejano a su país de origen. Allí se dedicaba a comercializar productos alimenticios junto a sus padres y hermanos, pero decidió seguir los pasos de su mejor amigo Abodubu, que ya vivía en este país hacía varios años. “A la mayoría de los senegaleses de mi edad les interesa salir de su país y ser inmigrantes”, expresa.

El joven acomoda carteras y al mismo tiempo permanece atento a sus clientes. A pesar de que hace varios años que llegó a la Argentina, recién en Río Cuarto pudo montar un local comercial. El trámite no fue para nada fácil por la cantidad de documentación que solicitan para que puedan alquilar. Por eso la mayoría de los senegaleses venden en la calle.

Su primera parada como vendedor fue en Córdoba capital. Allí estaba su mejor amigo.

Cuando llegó no entendía el idioma, solo sabía decir “sí y no”, recuerda. Vivió cuatro años en la capital y, gracias a una amiga, llegó a Río Cuarto. 

Al igual que en Pikine, su ciudad natal, aquí también se dedica al rubro comercial, en calle General Paz 783, donde está su local llamado Zeus. Allí se lo ve de lunes a sábados.

El paso para dejar de ser vendedor ambulante, en Córdoba, lo dio gracias a la Fiesta Nacional de la Manzana, que se hace en General Roca (Río Negro). Pablo instaló un puesto en el predio y ahí conoció a su compañera de vida y madre de su hija, Florencia. A partir de ese momento comenzaron a estar en contacto. Ella le avisaba de alguna celebración y fue de esa manera que decidió dejar de vender en la calle, porque no podía trabajar tranquilo y además ya estaba cansado, explica. 

Un día Pablo le dijo a Florencia que le avise de algún lugar para poder asentarse con su local y así surgió la idea de venirse a Río Cuarto; consiguieron un local que estaba en alquiler y empezaron a hacer los trámites. “Al principio costó porque el dueño no me conocía. La gente no nos tiene confianza, pero a nosotros no nos interesa nada más que trabajar”, cuenta.

Finalmente, el dueño del local aceptó alquilarles el lugar que hoy es su fuente laboral.

Pablo y Florencia actualmente se dedican a comercializar esmaltes, anteojos, carteras, relojes y miles de productos más. Al principio le costó acostumbrarse al trato con la gente ya que siente que acá es un poco más fría, en comparación con Córdoba, donde las personas son más abiertas. “Me costó bastante conocer gente, hacer la clientela y al principio no llegaba con el alquiler”, exclama entre risas.

Con orgullo y sonriente, Pablo explica que acá formó una familia riocuartense. Junto a Florencia tiene un niño de ocho meses, de nombre Santino. Sobre su futuro asegura que está buscando quedarse a vivir en Río Cuarto porque le gustan la ciudad y los riocuartenses.

El mejor amigo de Pablo, Abodubu, también tiene su local en la ciudad, en calle Rivadavia 134. Su negocio se llama “El Morocho Bamba”. 

Abodubu se arma de paciencia para transmitir -en un castellano poco fluido- su opinión sobre la vida de sus coterráneos, sobre su país y sobre las razones que los hacen cruzar el Océano Atlántico y viajar más de 7 mil kilómetros en busca de un futuro mejor.

“Mi nombre en mi documento es Abodubu Fongang Bamba, pero acá me bautizaron Emilio. Tengo 36 años y llegué a Argentina el 5 de febrero de 2008”, se presenta.

- ¿Cómo llegaste a Río Cuarto?

-Primero llegué a Buenos Aires porque tenía gente conocida de Senegal. Me junté con mis compañeros, trabajé un tiempo y tuve contacto con gente de Córdoba que me dijo de instalarme ahí. Llegué en tren un domingo para trabajar y me quedé. Después, cuando me junté con Jawara, mi mejor amigo, decidimos venir a Río Cuarto juntos y él también con su actual mujer, que en ese momento no lo era.

- ¿De tu país te fuiste en 2008 o antes?

- De Senegal salí muy joven. Estuve en Francia, una parte de mi familia vive allá. Y antes de venir a Argentina viví en Brasil. En general, las familias senegalesas se van a los países más cercanos de la misma comunidad donde no se necesite visa, donde puedan ir en tren o en auto. Pero muchos vienen a América Latina. Antes de llegar a Argentina pasan por Brasil, porque ese país está abierto para nosotros. Y a Ecuador y Bolivia también van.

Pero ahora el gobierno de Senegal cambió y es más “occidental”, está sirviendo más a Francia y eso genera que tengamos menos contacto con América Latina.

- ¿Por qué vos y muchos otros eligieron Argentina?

- Argentina está en el Grupo de los Veinte, y eso hace pensar que es uno de los mejores países para emigrar. Cuando llegué, la situación me gustó y sabía que antes había venido gente de Europa como inmigrante. Muchos eligen otros países, pero lo importante es cómo quieres vivir.

Mi hermana, mi mamá y mi papá viven en Estados Unidos. Ellos me dicen que allá tienen todo, pero no están tranquilos. Hay gente que le gusta porque allá tienen plata, pero a mí me gusta un país donde se puede estar tranquilo, progresar y poder andar sin que nadie te moleste. En Estados Unidos hay mucha violencia, la gente está paranoica.

- ¿Por qué venden relojes y bijouterie?

- Es mercadería barata, que nos permite trabajar desde el primer día. Además, tiene alta demanda en la vía pública, es liviana para cargar y en caso de decomiso, la pérdida no es tan grande.

Casi la totalidad de los senegaleses que viven en la provincia de Córdoba son hombres de entre 18 y 35 años; practican la religión musulmana (concurren a mezquitas o se reúnen en casas particulares); hablan francés y apenas unas pocas palabras de español y se dedican a la venta ambulante de joyas de fantasía, anteojos y bijouterie.

En los últimos tiempos, y una vez regularizada su situación migratoria, algunos comenzaron a abrir sus propios negocios. Cada vez se ven más comercios de senegaleses en galerías o en las principales calles del casco céntrico.

Los últimos viernes de cada mes, la terminal de ómnibus se llena con decenas de senegaleses que se embarcan en viajes de compras.

En general, trabajan de lunes a domingo desde muy temprano y hasta la noche. En algunos casos, comparten puestos callejeros con otros inmigrantes, como los haitianos. En ocasiones, unos y otros, son expulsados por los inspectores municipales o la Policía.

Asimismo, se emplean en comercios, bares, restaurantes, hoteles o como instructores de danzas africanas y percusión. No obstante, la mayoría reconoce que prefiere trabajar por cuenta propia porque, dicen, les gusta la independencia. 

- ¿Cómo es tu vida en Argentina?

- Antes de venir no sabía mucho. Pero no fue un problema. No me podía comunicar, pero sabía mirar. No sólo se puede comunicar con la lengua sino con las manos, con la mirada. Hay otras formas de comunicarse -responde Abodubu o Emilio.

- ¿Y cómo se toma la decisión de salir de Senegal y cruzar el océano?

-La gente de otros países que están en guerra civil no puede salir, no tiene la posibilidad. Quienes podemos salir vivimos en una situación más estable, sabemos bien cómo funciona el mundo. Mi país no está tan mal, pero yo quiero una vida mejor para mí y para mis hijos.

-Llegan muchos hombres. ¿Vienen también mujeres senegalesas?

- Sí. Pero como no está bien venir si no hay una situación estable, primero vienen los hombres, buscan un trabajo, una casa y entonces después vienen las esposas y los hijos.

-¿Ustedes mandan dinero allá para sus familias?

-Sí. En Senegal podés alquilar una casa muy buena por U$S 120. Si envías U$S 1.000 se puede vivir muy bien. Además, es mi obligación. Tengo una mujer e hijos. Hago el  sacrificio y no es para mí solo. Inmigrar es un mal necesario, no lo hacemos por capricho, como nos dicen algunos argentinos.

-¿Y tienen algún tipo de organización propia?

- Sí. Yo soy dirigente de la comunidad senegalesa acá, desde hace un año nos estamos organizando. Pero es difícil porque se necesita un abogado y tener una asociación legal.

Desde nuestra organización ayudamos a todos los que llegan. Si una persona llega hoy no viene con plata ni con trabajo y por eso es nuestra obligación asistirlo.

-¿Qué problemas de tipo legal tienen?

- Por el momento no tenemos muchos problemas con el Estado nacional. El sistema que tenemos para regularizar la situación es simple. Tenemos otros problemas. Por ejemplo, si quiero una habitación puede ser que tenga la plata, pero no puedo acceder porque no tengo garantía y no la puedo conseguir. Lo mismo si queremos juntarnos para tener un local, no podemos alquilarlo legalmente. Ése es un problema.

-¿Cómo está la situación laboral para ustedes?

- Ahora está un poco complicado con este gobierno, porque nos quieren sacar sí o sí de la calle. Pero nosotros no queremos trabajar más en la calle, esa es la verdad. Lo que pasa es que algunos senegaleses buscan trabajo en empresas o que los emplee algún conocido, pero trabajar así es igual que trabajar en la calle, ya que si una persona me quiere tomar para trabajar no me va a dar obra social ni nada. Trabajar en la calle tal vez es mejor que eso, porque soy monotributista y tengo obra social.

- ¿Todos son monotributistas?

- No, claro que no. Sólo los que llegamos antes de 2013, porque había un programa para legalizar a todos los que veníamos de Senegal. Los que llegamos antes de 2013 tenemos DNI, pagamos a la Afip. Pero quienes vinieron luego están mucho más complicados. Hoy tenemos eso y lo queremos cuidar.

- ¿Todos los jóvenes senegaleses piensan en emigrar?

- No es que estamos pensando en emigrar. Es que no hay muchas posibilidades. Mis hijos siempre están pensando qué día los voy a traer. Pero yo nunca dejo de pensar en volver a mi país. Seguro lo haré si algún día mi situación es favorable.

Como dice Abodubu, la situación para ellos es complicada, ya que muchos no tienen siquiera el permiso transitorio, por haber ingresado al país por Brasil u otros países limítrofes.

“Tenemos tierra y recursos, pero nos sobra pobreza”, resalta. Abodubu no tiene estudios primarios. Sólo pasó por la escuela islámica de su ciudad, como parte de la participación familiar en la vida religiosa. Su análisis de la realidad senegalesa y mundial es por demás lúcido. La experiencia de vida fue, sin dudas, una escuela en sí misma.

“En esta provincia, se calcula que hay unos 200 senegaleses; la mayoría se concentra en la Capital”, aporta Aboudubu.

En el país, son alrededor de tres mil los inmigrantes provenientes de esa excolonia francesa, según información oficial de la Comisión Nacional para los Refugiados (Co.Na.Re). Y en Río Cuarto son 35 los senegaleses que vinieron en busca de una nueva vida, según datos de la Defensoría del Pueblo.

“En general, la situación de los senegaleses aquí es aceptable, aunque siempre puede haber casos de vulneración de derechos, como los que suelen suceder con allanamientos a domicilios, secuestro de mercadería o la violencia en la calle. Por eso tenemos que luchar para que la cosa cambie y poder proteger a los chicos desde un principio”, asegura el senegalés Abodubu en un dificultoso español. Cuando dice “chicos”, está hablando de gente como él, hombres y mujeres curtidos por la vida que se arriesgan apenas con lo que llevan puesto, desde el lejano continente africano.



Milagros Cristofolini.  Especial para Puntal 

Estudiante de Ciencias de la Comunicación de la UNRC