“Para saber cómo es la soledad/ tendrás que ver que a tu lado no está, quien nunca a ti te dejaba pensar/ en donde estaba el bien, en donde la maldad. ” (“Tema de Pototo”. Luis Alberto Spinetta)
Es cierto que, por distintos motivos, varios de ellos decididamente espúreos, mucho se ha dicho sobre el argumento que está en la base de “Soledad”, debut en el largometraje de Agustina Macri, quien también escribió el guion. Realizado a partir del libro “Amor y anarquía: la vida urgente de Soledad Rosas” que Martín Caparrós escribió luego de una profusa investigación de un hecho real sucedido a finales de la década del ’90 del siglo pasado, el film lograr sintetizar la perspectiva de ese relato original, que se desarrolla a caballo entre la crónica periodística y el relato novelesco.
Sin embargo, por encima de todo lo que se ha dicho previamente al estreno, bien se puede llegar a él, a éste film que se exhibe actualmente en la ciudad como en prácticamente todo el país, ignorando absolutamente todo ese antecedente. Más aún, convendría hacerlo, para estar despejado de la morralla pre-conceptual que le puede brotar como excrecencia, ya sea del lado de la ideología que impulsa la conducta vital que se narra, como del lado de las otras varias otras zarandajas ligadas al apellido de la directora, que conviene ignorar.
Sin contar demasiado (pensando en aquellos que todavía no sepan nada de la historia del film, aunque no necesariamente contar finales significa arruinarlo todo, y menos en este caso, que empieza por el final), vale resumir la historia: cuenta la vida, trágica, de una joven argentina de clase media que en Italia, donde había viajado luego de recibirse en una carrera universitaria, se vio seducida, a través de una relación amorosa, con la rebelión anti-sistema representada por el anarquismo que florecía en aquel país de la mano del movimiento “okupas”.
Es interesante, detener la mirada en la decisión de Macri de empezar por el final, y especialmente auscultar el modo en el que lo cuenta: sencillamente, las cenizas de Soledad vuelan, arrojadas al mar, mientras un grupo las despide entre lágrimas que apenas se registran: corte. Lo que sigue es una narración que remite al pasado de esa escena inicial, elaborando un relato que evita la cronología, que se revuelve sobre sí mismo sin subrayar épocas ni argumentos: se trata aquí de registrar la evolución vital de Soledad desde una pura emocionalidad.
Elección
Que Macri no se revuelva en el subrayado de los motivos racionales, que desde luego son concomitantes con esa emoción, no debería verse como un problema, sino como el resultado de una decisión. Y como tal, no importa, mejor dicho no debería importar, lo que se piense de ella, de la decisión, desde afuera: aunque no se esté de acuerdo con esa elección, legítimamente desde luego, frente a una creación artística lo importante es tratar de elucidar la efectividad del método que ha elegido para hacerlo, para desarrollar esa perspectiva que ha elegido, que le interesa.
Macri, ayudada sólidamente por la interpretación que hace Vera Spinetta de ese cimbronazo emocional que sacude a Soledad, en una evolución de personalidad compleja y violenta en términos del tiempo en el que se consuma, decide expresar esencialmente la fuerza visceral que se enciende en la muchacha: y lo hace detallando con fruición los modos que visibilizan ese volcán que se enciende en el interior de la joven cuando se descubre unida a un colectivo que arrasa con la muralla cultural que la ha formado y contenido. No juzga: ni enaltece, ni condena sus motivos: los registra. Y muy bien por cierto.
Despuntando un estilo clásico, y considerando siempre la existencia del fuera de campo (vale para comprobarlo, para sentirlo casi, el inicio de la narración antes referido pero también, y singularmente, la escena en la que recibe la noticia de la muerte del joven que, al enamorarla, la ingresó a ese nuevo mundo, derribando por ambos lados el muro de su pasado), la directora hace de la contención una virtud, guardándose todo desborde en torno a lo terriblemente doloroso del asunto, para dejar que ese dolor fluya desde el sentido pudoroso que elija para su puesta en escena.
La decisión de una perspectiva y la efectividad notoria del modo que elige para desarrollarla, obliga al elogio, y acaso debería obligar incluso a aquellos a los que les escueza la falta de desarrollo de las motivaciones ideológicas. Y además corre, acaso debería correr, la mirada acerca del tema de “Soledad”, el film que vemos. Que no desconoce el combo socio-político en el que se desenvuelve la tragedia (la historia de amor dada en el marco de un anarquismo bullente frente a las tremendas injusticias que abruman a los espíritus sensibles, y el abuso de poder, policial y judicial, que defiende un status-quo) pero que no vibra por ese lado.
Bastaría con detenerse en el tratamiento que Macri hace de los vínculos previos al gran asunto, la etapa italiana, de la historia. De ese tratamiento Soledad, la joven protagonista de la historia, emerge, en pequeños apuntes, como una gran pregunta, una pregunta que se prolonga después de la palabra fin. Sobrenadada de una angustiosa melancolía, la conclusión hacia la inmensidad de un espacio vacío (otro, como el del comienzo) perfila a una mujer rodeada, casi condenada, por su nombre.
Es decir que la película no trata sobre Soledad, la muchacha de carne y hueso que se transforma en protagonista de una tragedia que es mucho más habitual de lo que imaginamos en estos tiempos tan crueles que vivimos, aquí, allá y en todas partes. Trata sobre “la soledad”, la que la muchacha no puede resistir, esa rémora inquebrantable, esa condena de la sociedad humana, de la que no podemos revolvernos, al menos no totalmente, ni gracias al amor, ni gracias a las convicciones políticas, por grandes y loables, y enaltecedores, que ellos sean. Y a la que, trágicamente, estamos condenados.
Ricardo Sánchez
Sin embargo, por encima de todo lo que se ha dicho previamente al estreno, bien se puede llegar a él, a éste film que se exhibe actualmente en la ciudad como en prácticamente todo el país, ignorando absolutamente todo ese antecedente. Más aún, convendría hacerlo, para estar despejado de la morralla pre-conceptual que le puede brotar como excrecencia, ya sea del lado de la ideología que impulsa la conducta vital que se narra, como del lado de las otras varias otras zarandajas ligadas al apellido de la directora, que conviene ignorar.
Sin contar demasiado (pensando en aquellos que todavía no sepan nada de la historia del film, aunque no necesariamente contar finales significa arruinarlo todo, y menos en este caso, que empieza por el final), vale resumir la historia: cuenta la vida, trágica, de una joven argentina de clase media que en Italia, donde había viajado luego de recibirse en una carrera universitaria, se vio seducida, a través de una relación amorosa, con la rebelión anti-sistema representada por el anarquismo que florecía en aquel país de la mano del movimiento “okupas”.
Es interesante, detener la mirada en la decisión de Macri de empezar por el final, y especialmente auscultar el modo en el que lo cuenta: sencillamente, las cenizas de Soledad vuelan, arrojadas al mar, mientras un grupo las despide entre lágrimas que apenas se registran: corte. Lo que sigue es una narración que remite al pasado de esa escena inicial, elaborando un relato que evita la cronología, que se revuelve sobre sí mismo sin subrayar épocas ni argumentos: se trata aquí de registrar la evolución vital de Soledad desde una pura emocionalidad.
Elección
Que Macri no se revuelva en el subrayado de los motivos racionales, que desde luego son concomitantes con esa emoción, no debería verse como un problema, sino como el resultado de una decisión. Y como tal, no importa, mejor dicho no debería importar, lo que se piense de ella, de la decisión, desde afuera: aunque no se esté de acuerdo con esa elección, legítimamente desde luego, frente a una creación artística lo importante es tratar de elucidar la efectividad del método que ha elegido para hacerlo, para desarrollar esa perspectiva que ha elegido, que le interesa.
Despuntando un estilo clásico, y considerando siempre la existencia del fuera de campo (vale para comprobarlo, para sentirlo casi, el inicio de la narración antes referido pero también, y singularmente, la escena en la que recibe la noticia de la muerte del joven que, al enamorarla, la ingresó a ese nuevo mundo, derribando por ambos lados el muro de su pasado), la directora hace de la contención una virtud, guardándose todo desborde en torno a lo terriblemente doloroso del asunto, para dejar que ese dolor fluya desde el sentido pudoroso que elija para su puesta en escena.
La decisión de una perspectiva y la efectividad notoria del modo que elige para desarrollarla, obliga al elogio, y acaso debería obligar incluso a aquellos a los que les escueza la falta de desarrollo de las motivaciones ideológicas. Y además corre, acaso debería correr, la mirada acerca del tema de “Soledad”, el film que vemos. Que no desconoce el combo socio-político en el que se desenvuelve la tragedia (la historia de amor dada en el marco de un anarquismo bullente frente a las tremendas injusticias que abruman a los espíritus sensibles, y el abuso de poder, policial y judicial, que defiende un status-quo) pero que no vibra por ese lado.
Bastaría con detenerse en el tratamiento que Macri hace de los vínculos previos al gran asunto, la etapa italiana, de la historia. De ese tratamiento Soledad, la joven protagonista de la historia, emerge, en pequeños apuntes, como una gran pregunta, una pregunta que se prolonga después de la palabra fin. Sobrenadada de una angustiosa melancolía, la conclusión hacia la inmensidad de un espacio vacío (otro, como el del comienzo) perfila a una mujer rodeada, casi condenada, por su nombre.
Es decir que la película no trata sobre Soledad, la muchacha de carne y hueso que se transforma en protagonista de una tragedia que es mucho más habitual de lo que imaginamos en estos tiempos tan crueles que vivimos, aquí, allá y en todas partes. Trata sobre “la soledad”, la que la muchacha no puede resistir, esa rémora inquebrantable, esa condena de la sociedad humana, de la que no podemos revolvernos, al menos no totalmente, ni gracias al amor, ni gracias a las convicciones políticas, por grandes y loables, y enaltecedores, que ellos sean. Y a la que, trágicamente, estamos condenados.
Ricardo Sánchez

