Miguel
En medio de esta película de terror que se rueda en locaciones seleccionadas a escala planetaria, y con la muerte cebada en su tarea incorruptible, gozosa de multiplicar su tétrica misión eternamente inacabada, incluso aquí y ahora, con la que nos está cayendo, parece mentira tener que pedirle una vez más al corazón que resista todo lo que sea posible.
La última noticia que tuvimos de Miguel Ángel Velázquez, la última antes del rayo incesante que acaba de anunciarnos su muerte, prometía su voz como una de las atracciones del Otoño Polifónico: se subiría a escena con su experiencia de años para cantar en homenaje a Alfredo Dilena, trenzados ambos, de tú a tú, en la mágica cadencia del 2x4: como tantas otras cosas, no pudo ser.
Velázquez, Miguel Ángel, nacido entre nosotros en 29 de junio del año del señor de 1958, empezó a cantar cuando otros chicos hojeaban el UPA, pero se hizo vastamente conocido el día en que, sin cumplir todavía los 21 años y vistiendo traje de colimba, Silvio Soldán, sin repetir y sin soplar, le levantó el brazo izquierdo consagrándolo ganador del certamen para Jóvenes Valores de su programa tanguero.
A partir de entonces, aunque bien pudo figurar, y figuró, con calificaciones muy altas, como cultor de otros géneros (hay que incluir en ese trayecto las vastas incursiones que realizó junto al Negro Granado en los más diversos escenarios: era una aventura escucharlos contar lo que vivieron juntos al otro lado del mundo, en Noruega por ejemplo), el tango se le vino encima.
De hecho hasta no hace más que una decena de semanas, se encargó de refrescarnos la memoria en las noches veraniegas del Andino, encaramado en su figura escénica trabajada e imponente, abriendo la carpeta en la página de los “yeites” que son imprescindibles para “tanguear”, con su modo de inflar el pecho en el fraseo, y ese ego rutilante, tan suyo, tan de artista (el artista que no agita su ego no mueve el avispero) que hasta salía en las fotos.
En el otoño de su brillante carrera, una de las más dilatadas y expansivas de cuantos artistas ha dado la ciudad, tuvimos la suerte de que Velázquez, Miguel Ángel, hubiese encontrado de nuevo aquí, entre nosotros, un rincón donde seguir diciendo presente, poniendo su talento al servicio de un género que alguna vez lo elevó a las marquesinas de Broadway, nada menos.
Volver
De retorno a su lugar, el rincón desde el que se catapultó hacia esos escenarios con los que sueña cualquier cacatúa, y sin renunciar a su mentada personalidad dada a mostrarse constantemente insatisfecha, bastaba con escucharlo cantar “Volver” para sentir que levitábamos como una nube sentimental y estábamos más livianos, un poco mejor preparados para lo que vendrá.
Se me ocurre que es lo que debemos agradecerle a nuestro “Miguelón” tanguero, ahora que ha decidido unirse en el recuerdo a su querido Negro Granado, agrietando ese agujero negro que se abre cuando nos deja un artista. El tiempo es un canalla, Miguel, lo sabemos. Pero, como que nos has dejado tu música, tu bella música, confiemos en Borges: “solo una cosa no hay, es el olvido”.
Ricardo Sánchez
Especial para Puntal