Por Mateo Formia
“La única unidad digna de fe es la unidad que existe en la diversidad y en la contradicción de sus partes”, dice Eduardo Galeano. Los tatuajes boyaron por mares y océanos, deambularon por callejones oscuros, se perdieron por años en el encierro de pabellones lúgubres, donde la vida es más muerte que vida. El humano agoniza y hasta muere por el sentido, corre hacia los límites de su propia existencia para encontrarlo y significar lo que hace, piensa y siente. El tatuaje no es más que la revelación de ese espíritu: viviente y atado a la “libertad” (contradictorio, ¿no?). La sociedad es la arquitecta de conciencias e inconsciencias colectivas. De esas estructuras invisibles, hechas de materia escurridiza dispersa en el éter, más grande que nuestra propia voluntad, pero, de alguna manera, sensible a ella. Determinados y determinantes. Estas estructuras son las referencias a partir de las cuales las personas emergen en sujetos únicos e irrepetibles. Bah, hasta ahí no más. @Alwaysametattoo es una página de Instagram que expone diseños de tatuajes repetidos. Todos igualitos, con un nivel de variabilidad escaso, pobre. “Good or bad tattoist, but not very original”, dicta la descripción de su perfil. Rosas en las manos, leones en la espalda, plumas e infinitos en los antebrazos. Ah y los símbolos nórdicos nunca faltan (gracias Netflix y Ragnar Lothbrok). Al parecer, es lo que garpa hoy en día. Es lo que hace sentir a las personas pertenecientes a un mundo en donde importa más lo cliché, lo estándar, lo rápido. Y si se sigue reproduciendo esta filosofía simplista del tatuaje y del arte en general, los procesos artísticos inherentemente originales van a quedar cada vez más relegados a un segundo plano. Y con ella, la cultura creativa.
Lo quiero ya y como sea
No resulta sorprendente vivir en una sociedad de consumo. Sociedad anexadora de múltiples territorios bajo un denominador común: el consumo. Pero, simultáneamente, hay un doble movimiento en todo esto. Al mismo tiempo que se da esa no - sorpresa de nuestra convivencia permanente con el ambicioso consumo, aparece inevitablemente la naturalización de esta condición. Las lógicas aceleradísimas de un mercado capitalista que demanda cada vez más consumo en el menor tiempo posible, arrollan en mente… y cuerpo. Lógicas que acrecientan necesidades superfluas, construidas desde el capricho capitalista. Para la propia supervivencia del sistema, que no necesariamente tiene que ser la del ser humano. Entonces el consumo aparece con un apetito voraz, saca placer de sí mismo, aunque no haya una consecuencia sustancial del mero hecho de consumir. Ahora, ¿qué pasa cuando la huella de ese consumo vacío se perpetúa más allá del mundo colectivo de las ideas? ¿Cuando deja de ser una abstracción y se materializa en el cuerpo? ¿Qué pasa cuando alguien se tatúa por el solo hecho de tatuarse?
El tatuaje, históricamente forma parte de las expresiones más individuales, personales e íntimas del humano. La tinta que se imprime en la piel es el resultado y evidencia de un ser singularizado. Pero, otra vez aparecen las lógicas consumistas, donde los singular es sinónimo de trabas en la producción. Es más tiempo invertido. La singularidad se cosifica, se hace adaptable a la norma. Según la psicóloga uruguaya Gabriela Abbadie, en su trabajo final de grado: “Hoy quien se tatúa se diferencia, ya no para ser uno más, sino para ser uno menos”. Esta es la concepción que maneja la psicología en torno a los significados de tatuarse en la actualidad. Sin embargo, los profesionales del área no desatienden los condicionantes estructurales propios de vivir en sociedad y dentro de una cultura. En esta misma línea, Abbadie aclara que el tatuaje es un espacio de territorialización, de apropiación. “Tiene que ver más con el tener que con el ser”, aclara y continúa “Ésta práctica hoy constituye a la vez una identidad individual, pero configurando valores colectivos”.
Pertenecemos, nos identificamos, pero al mismo tiempo, somos únicos y queremos demostrarlo… por cuotas. Esta diferenciación intencionada o inconsciente en los tatuajes, cuesta verla. El problema de que la gente se tatúe las mismas cosas, sin una impronta personal, es una expresión de un fenómeno más grande. Producir, vender, sacar ganancia, comprar, tener, desechar; es el ritual que venera al consumo. El observador desde las alturas, pendiente de que todos le respondamos según sus dictados: consumir, consumir, consumir. Ahora, no mañana, y que sea lo más eficiente que se pueda. Los atrapasueños, las brújulas, las “resiliencia” o “familia” en lettering minimalistas; funcionan bien, son estéticos (cuestionable), no conllevan grandes problemas a la hora de decidir el tatuaje porque están dentro de los parámetros esperables. Forman parte de las recetas aceptadas que se repiten y se repiten y se repiten. No le vuelan la cabeza a nadie: “Está piola el tattoo”, como mucho, pero hasta ahí. Son funcionales a las consignas del consumo, que en la misma jugada encierran el vuelo creativo, inspirador y emocionante que el verdadero arte es capaz de crear en la piel.
Miércoles atípico. Son las 8 horas de una mañana extrañamente soleada en Zipaquirá (Cundinamarca, Colombia). Ni nubes, ni viento. Es uno de esos días evocadores de remeras mangas cortas y mochilas livianas. Sin el peso del abrigo infaltable ante el presagio de la fresca noche. El departamento de Cundinamarca en Colombia tiene esa intermitencia propia de los sectores tropicales. Lluvia, apertura de paraguas, escampe, cierre de paraguas y sol. Ciclo que se repite habitualmente por estas tierras.
Bogotá, Bogotá, Bogotá, al Portal de Bogotá, Bogotá, el trino del ayudante del bondi anuncia el destino del vehículo. Más o menos hay una hora de viaje a la capital colombiana. Todos están apretados (no entra ni un alma más) y con calor, tratando de que el sueño no gane la batalla. La buseta, como le dicen a los colectivos de tamaño reducido, inicia el viaje.
“Ey parce, ¿Cómo estás? ven, siéntate”, en un tono cordial y amigable Aaron trata a todos sus clientes como panas de toda la vida. Aaron Zaghab es tatuador hace 10 años. Desde hace tiempo se dedica a llevar su mano artística por diferentes países del mundo, sobre todo por Latinoamérica. Nació en Venezuela, trabajó y vivió en Chile y, actualmente, está radicado en Bogotá, junto con su esposa e hija.
Invita a pasar a su estudio, un cuarto de cuatro por cuatro metros de paredes blancas con manchas de puro negro estilo trash: La marca personal del artista. De fondo un rap, trap o hip hop que ambientan el ritual creativo y que distiende los nervios de los que reciben la tinta en la piel. El ambiente resulta ser de una importancia significativa, tanto para tatuador como para tatuado. Los trabajos que Aaron realiza pueden durar muchas horas. “Un blackout de un antebrazo se hace en cinco horas más o menos”, informa el tatuador.
En su perfil de Instagram se presenta como Dedicado 100% al Blackout & Heavy Blackwork. “Pasé por muchos estilos de tatuaje: tradicional, neotradicional y realismo”, expresa Aaron. El experimentado tatuador se autodefine como una persona que se aburre de hacer siempre lo mismo, de permanecer dentro de las estructuras que demandan ciertos estilos de tattoo. “Los tatuajes que hacía antes tenían muchas reglas y parámetros, además no quería hacer cosas repetitivas como un león, una rosa o un rostro”, declara el artista y continúa: “El estilo que manejo ahora es 100 por ciento freehand, pues así vas a tener un tatuaje único que no vas a encontrar en ninguna parte, ni se lo vas a ver a otra persona ya copiado”.

