Dos a quererse

Sergio Korn y Marcelo Frankel logran una conjunción que va más allá de lo formal, y consiguen internarse en el corazón de los temas del exquisito repertorio que interpretan.
 
A pocos días de re-afincarse en su Río Cuarto natal, Sergio Korn manifestaba su deseo de afrontar algunos proyectos musicales que tenían como eje trabajar junto a Marcelo Frankel: evidentemente traía la convicción, fina y certera a juzgar por los resultados, que esa conjunción sería central en su ‘operación retorno’.

A saber si será definitivo este volver de un andariego cantor como Sergio: lo que sí sabemos, a tenor de lo escuchado en el interior de la programación de esta semana de vacaciones, es que no estaba desacertado al apuntar hacia el notable percusionista como su punto de apoyo, su compañero de fórmula. 

En cualquier caso, también desde fuera hubiese sido dable conjeturar, antes de conocer los destacados destellos musicales que acaban de desplegar por estos días, que Sergio y Marcelo eran dos a quererse si se trata de confundir sus respectivas individualidades en una materia proyectiva desde el vientre de la música popular. 

Los ejemplos están a la vista  (“El reino del revés”, en torno a la magistral obra de María Elena Walsh y “Te doy una canción” con un repertorio basado en la llamada “canción de autor” iberoamericana)  y, dada su calidad, deberían asegurarle cierta continuidad de trabajo si las circunstancias, en varios aspectos, fueran otras. 

En cualquier caso, y más allá de que se den las oportunidades para esa continuidad, lo cierto es que la amalgama de sentido a través de la cual Sergio y Marcelo asientan su trabajo, permite (permitió) disfrutar de (dos) excelentes muestras de sensibilidad interpretativa puesta al servicio de un modelo de arte que disfruta de la intimidad. 

En el muestrario recatado de la inmensa obra de María Elena (tratándose de música para chicos no hace falta el apellido para saber de quién se trata),  no hizo falta mucho más que esa conjunción musical (apenas alguna ilustración con imágenes proyectadas que podría no haber estado) para demostrar la delicadeza con que traman el asunto. 

Y si de las interpretaciones de esas canciones se hace difícil elegir algo sobresaliente, lo mismo ocurre con ese retablo finalmente selectivo atinente a la canción de autor, una selección que cualquiera suscribiría aun cuando el vademécum musical sea allí todavía más amplio y de sustantiva diversidad. 

A ver: “Sin tu latido”, de Aute con preeminencia de voz y guitarra, “Será que la canción llegó hasta el sol”, cálida versión de Spinetta, un enganchado de Drexler, “Oración del remanso”, el “hit” de la gran obra de Fandermole, y un Joao Gilberto, y algo de Gieco, y Chabuca, y así sucesivamente. 

Cada obra con un tratamiento en el que la sencillez no desconoce los toques de sutileza, con la voz al frente, matizada por un tratamiento de la guitarra que Korn ha sabido pulir, y el sustento de esa sabiduría calma con la que Frankel va dándole cuerpo a ese formato pequeño que se engrandece a medida que tocan.

Destinados a abrazarse musicalmente, los dos se bastan para desollar cada canción y penetrar a su intimidad, sacando a relucir la intensidad emocional y expresiva que las constituye: y eso nada más que con el recurso de fundir su calidad individual en una amalgama exquisita, señal de identidad de dos músicos evidentemente nacidos para quererse.

NOTA: El título juega con el de una vieja telenovela de Alberto Migré en la que, por mucho que sus historias se derivaran en situaciones diferentes, los personajes, interpretados por Nora Cárpena y Claudio García Satur, estaban destinados a encontrarse, como le sucede a la condición musical de alto vuelo de Sergio Korn y Marcelo Frankel.

Ricardo Sánchez