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La música del cuerpo

“Simbiosis en resonancia” es un interludio poderoso entre teatro y música.

Potente apertura del ciclo Hacia una primavera escénica, que se desarrollará en los próximos días como una convocatoria al público seguidor del género teatral, Simbiosis en resonancia, abrió la expectativa de una programación que se avizora llena de contrastes. 

Realizado en la intersección profunda con la música, esta pieza ejercita, en profundidad intensa, el cruce de lenguajes: aquí el cuerpo de la actriz responde constantemente a los impulsos que sugieren las notaciones, muy diversas, que ejecuta el músico que la acompaña en escena.

Una escena dividida (a la derecha de los espectadores un set electrónico con el músico y sus instrumentos, y tres cuartos hacia el otro sector para los desplazamientos actorales) que se presenta ante el público como espacios esquinados que se interceptan y se influyen.

Esa intersección se produce con una intensidad y profundidad tales que el devenir de la actuación responde, está pautado, por la variación rítmica, que resulta así una especie de convocatoria que el cuerpo se exprese como un instrumento, reservorio de una musicalidad profunda no siempre tan desnuda, tan despojada. 

En esa hibridez poética, el cuerpo de Mariana Santillán, percute como una poderosísima secuencia vibratoria, deconstruyendo lo que “cantan” los instrumentos (secuenciados) a través de los cuales surge la música que interpreta su hermano Francisco Santillán. El resultado es una vinculación íntima, imposible de escindir.

Es decir que, ya que casi no sucede lo verbal, sí existe un diálogo, profundo, estremecido, inescindible, entre el teatro y la música, entre el instrumento actoral y los instrumentos musicales: y se produce en ese entrelazado un proceso vibratorio que, apelando a diferentes resonadores, resuena con una gran potencia. 

Hay una constante y dinámica tensión entre esas formas y en ese punto limítrofe desleído, se produce una construcción de sentido de estructura abierta, que por muchas pistas que siembre en el camino, deberá ser integrada en la profundidad sensorial del espectador, expoliado por múltiples tensiones.

Esfumatura de lo verbal, el desafío perceptivo se conduce por otros carriles aquí: “Simbiosis en resonancia” define en su nombre el modo que utiliza para instaurar el proceso de comunicación. Se trata de trabajar una apelación sensorial directa, que se propone desde el escenario para que se rearme en el espectador.

Términos de la música y del teatro se interceptan e intercalan: tono, color, intensidad, vibrato, pueden estar referidos a la secuencia que plantean uno y otro lenguaje. Y emergen y se expresan a lo largo de la pieza, desde la preparación inicial del cuerpo y los enseres, hasta el despojo realista final, devenido tras un proceso desgarrante.

Hasta llegar allí, han surcado la escena estados muy diversos, episodios sensitivos que permiten que la actriz, en estado de emocionalidad oscilante, hable, cante, se desarme, sueñe, respondiendo-vibrando, con lo que la música despliega en el aire, como un perfume sublimador.

Por eso, en el cierre, esa música se diluye y se podría decir que el músico corta con lo suyo, con su interpelación. Y entonces la actriz se rearma, se sale de sí, se recupera, se desnuda. Y la ritualidad extrema que ha sucedido en la intersección de ambos, lenguajes y artistas, se transforma en vacío.

Ha sido tal la secuencia creada a través de la puesta tensa, en extremo, pautada por Rosario Villarreal para expresar la música del cuerpo, que un cierto modo de angustia se instala en la sala, sacudidos los espectadores por ese interludio poderoso en el que desaparece refugio, en el vecindario del teatro de la crueldad. 

Ricardo Sánchez