Osado, desafiante, estremecedor, rupturista frente a la expectativa que abre un concierto coral al uso, el Coro Polifónico Delfino Quirici dio una nueva muestra de su poderosa versatilidad al presentar un programa conceptual de hondo contenido, sutilmente complementado por varios aspectos formales, y desbordante además de un perfume emocional atinente a la intimidad del grupo.
Rituales, desde su nombre, se define como un concierto dirigido a expresar, a través de la selección de obras corales, la diversidad de actos simbólicos a través de los cuales la criatura humana realiza una exploración de los misterios más insondables de la existencia, tratando de encontrar respuesta a las preguntas que se disparan desde la constancia de su finitud y de su pequeñez en la inmensidad del Cosmos.
Nada más abrirse el telón, los atavíos y el ‘gadget’ a todas luces curioso y sorprendente de los anteojos que completan la presentación de los coreutas, impulsan al espectador a situarse en un lugar diferente: el todo, la música y más los detalles digamos que ornamentales, aunque finalmente no lo serán, imponen una mirada esquinada y perfilan la perspectiva de un concierto que desechará la quietud de las formaciones corales, en un desarrollo que no es nuevo pero que aquí conseguirá su singularidad.
De allí que, circunvalando y envolviendo el desarrollo musical profuso y diverso circulará, por detrás de la masa coral, un continuo de imágenes de contexto, compiladas y urdidas por Lalo Prette, conteniendo abundantes alusiones a exploraciones sensiriales que remiten a ese lugar insondable, una dimensión desconocida, ese otro lugar. Y aún en aquellas secuencias continentes de la corporalidad humana, se expresa, interrogante, el fantasma de la fugacidad de todo, la belleza corporal inclusive.
Tanto es así que también los aportes en solitario de un destacado trio de percusionistas (Julio Escudero, Daniela Gallo y Facundo Morán, que también interactúan con el coro) se dirigen a dar cuenta, desde las formas más primitivas de expresión sonora, de ese ánimo contrastante que une la celebración de la vida con el misterio que la envuelve. Y que entiende lo religioso, que circula en los textos de algunas obras, como un gesto profundo, majestuosamente musical en este caso, dirigido a ligar lo que nos excede con la constancia de nuestro ser en el mundo.
En el marco de ese todo que tiende a desarrollar la pieza “Rituales”, imaginada y dirigida por ese espíritu inquieto, talentoso y sensible que es indudablemente Juan Manuel Brarda, resulta difícil, y se diría que hasta impropio, desgajar ese cúmulo compacto de sentido, para enfocar las partes que lo componen. Y sin embargo, como que también el desarrollo de la obra lo expresa con sus caídas de telón, es difícil no resituar algunos de los grandes momentos que construyen ese potente y por momentos desquiciado concierto que es “Rituales”.
Intensidad profunda
Por caso, la presentación de un fragmento de la cantata secular, “Die erste Walpurgisnacht “ de Felix Mendelssohn, modelada como un espacio singular, con la aparición en el que, desde el primer plano, Vicente Ronza, con su sutileza de costumbre, sitúa la intensidad profunda y evocadora que recorre la obra. Y que, a partir de la sumatoria de las intervenciones solistas de Mauricio Martínez, Federico Bildoza y Silvia Elstein, que tendrá otro protagonismo en la noche) expresa una confrontación con lo sagrado y esa visión de la dualidad que es un signo profundamente atinente al contenido general de este trabajo en el que conviven, se tropiezan y se interrogan, lo oscuro y lo brillante.
Entrelazado con otros grandes momentos, en los que la grandeza de la música se deja abrazar por los detalles contextuales (“Gloria” de la Misa Afro-Brasileira de Pinto Fonseca, “Aglepta” de Arne Melinás, “Raua Needmine” de Veijo Tormis”, “Cuando muere el angelito” de Inchausti y Ferreyra, “La aporrumbeosis” de López Gavilán, adviértase la diversidad de procedencia de la selección y por lo tanto la diversa concepción musical que expresa y cuya interpretación obliga), “Rituales” resulta una transida exploración conceptual que interpela las virtudes del coro, intercalando incluso más de una intervención solista episódica muy bien resuelta.
Definido ya desde las primeras frases de “Stars” de Eriks Esenvalds ( “Y sé que yo me siento honrado de ser testigo de tanta majestad”) este trabajo que expresa a toda potencia la calidad y la capacidad del Delfino Quirici para desarrollar con talento diferentes registros, terminó trayendo a lo más íntimamente terrenal tanta exploración de las grandes preguntas. Al cerrarse sobre sí mismo como un ritual de despedida, dado a modo de abrazo a Silvia Elstein, que deja el Coro jubilándose luego de más de 40 años de formar parte del conjunto, redondeó, como dice el texto del bellísimo bis elegido por Brarda, una noche brillante.
Ricardo Sánchez. Especial para Puntal
Nada más abrirse el telón, los atavíos y el ‘gadget’ a todas luces curioso y sorprendente de los anteojos que completan la presentación de los coreutas, impulsan al espectador a situarse en un lugar diferente: el todo, la música y más los detalles digamos que ornamentales, aunque finalmente no lo serán, imponen una mirada esquinada y perfilan la perspectiva de un concierto que desechará la quietud de las formaciones corales, en un desarrollo que no es nuevo pero que aquí conseguirá su singularidad.
De allí que, circunvalando y envolviendo el desarrollo musical profuso y diverso circulará, por detrás de la masa coral, un continuo de imágenes de contexto, compiladas y urdidas por Lalo Prette, conteniendo abundantes alusiones a exploraciones sensiriales que remiten a ese lugar insondable, una dimensión desconocida, ese otro lugar. Y aún en aquellas secuencias continentes de la corporalidad humana, se expresa, interrogante, el fantasma de la fugacidad de todo, la belleza corporal inclusive.
Tanto es así que también los aportes en solitario de un destacado trio de percusionistas (Julio Escudero, Daniela Gallo y Facundo Morán, que también interactúan con el coro) se dirigen a dar cuenta, desde las formas más primitivas de expresión sonora, de ese ánimo contrastante que une la celebración de la vida con el misterio que la envuelve. Y que entiende lo religioso, que circula en los textos de algunas obras, como un gesto profundo, majestuosamente musical en este caso, dirigido a ligar lo que nos excede con la constancia de nuestro ser en el mundo.
En el marco de ese todo que tiende a desarrollar la pieza “Rituales”, imaginada y dirigida por ese espíritu inquieto, talentoso y sensible que es indudablemente Juan Manuel Brarda, resulta difícil, y se diría que hasta impropio, desgajar ese cúmulo compacto de sentido, para enfocar las partes que lo componen. Y sin embargo, como que también el desarrollo de la obra lo expresa con sus caídas de telón, es difícil no resituar algunos de los grandes momentos que construyen ese potente y por momentos desquiciado concierto que es “Rituales”.
Intensidad profunda
Por caso, la presentación de un fragmento de la cantata secular, “Die erste Walpurgisnacht “ de Felix Mendelssohn, modelada como un espacio singular, con la aparición en el que, desde el primer plano, Vicente Ronza, con su sutileza de costumbre, sitúa la intensidad profunda y evocadora que recorre la obra. Y que, a partir de la sumatoria de las intervenciones solistas de Mauricio Martínez, Federico Bildoza y Silvia Elstein, que tendrá otro protagonismo en la noche) expresa una confrontación con lo sagrado y esa visión de la dualidad que es un signo profundamente atinente al contenido general de este trabajo en el que conviven, se tropiezan y se interrogan, lo oscuro y lo brillante.
Entrelazado con otros grandes momentos, en los que la grandeza de la música se deja abrazar por los detalles contextuales (“Gloria” de la Misa Afro-Brasileira de Pinto Fonseca, “Aglepta” de Arne Melinás, “Raua Needmine” de Veijo Tormis”, “Cuando muere el angelito” de Inchausti y Ferreyra, “La aporrumbeosis” de López Gavilán, adviértase la diversidad de procedencia de la selección y por lo tanto la diversa concepción musical que expresa y cuya interpretación obliga), “Rituales” resulta una transida exploración conceptual que interpela las virtudes del coro, intercalando incluso más de una intervención solista episódica muy bien resuelta.
Definido ya desde las primeras frases de “Stars” de Eriks Esenvalds ( “Y sé que yo me siento honrado de ser testigo de tanta majestad”) este trabajo que expresa a toda potencia la calidad y la capacidad del Delfino Quirici para desarrollar con talento diferentes registros, terminó trayendo a lo más íntimamente terrenal tanta exploración de las grandes preguntas. Al cerrarse sobre sí mismo como un ritual de despedida, dado a modo de abrazo a Silvia Elstein, que deja el Coro jubilándose luego de más de 40 años de formar parte del conjunto, redondeó, como dice el texto del bellísimo bis elegido por Brarda, una noche brillante.
Ricardo Sánchez. Especial para Puntal

