Dando gas a la moto

Ballet Iberia aprovechó al máximo la participación de músicos invitados en vivo, y protagonizó un espectáculo con su sello y el de Norma Moriones, también genio y figura.
 
Genio y figura, el título del espectáculo que, a confesión de parte, toma como referencia el muy conocido refrán español “genio y figura hasta la sepultura”, que viene a decirse de alguien que permanece de una pieza, cualquiera sea la condición de esa pieza.

La expresión, que resulta ambivalente ya que cuenta tanto para lo bueno como para lo malo, podría interpretarse mejor, en este caso como indicativa de alguien que sabe jugarse el tipo, da darle gas a la moto.

Aplicable en ese sentido, y a la vez, para Ballet Iberia, que asume aquí la actitud de ir hacia un terreno no tan habitual, y también para Norma Moriones, que ella sola todo el símbolo aglutinador que señala el camino.

Precisamente la figura de Norma, sumada al desarrollo escénico con las limitaciones pero también con el garbo que conserva a los 83 años (los estará celebrando por estas horas) resume con todas las letras la intensidad del show.

Ese mostrarse que asumió el ballet en este espectáculo titulado “Genio y figura”, significó precisamente ir un poco más allá de lo habitual para dar cabida a un anhelo de siempre: trabajar en escena con músicos en vivo.

Si, aunque hay en la ciudad excelentes guitarristas, no es posible encontrarlos con ese toque particular que requiere el flamenco, hubo que buscarlo y trabajar con él en una producción no poco esforzada para un elenco aficionado aunque baila como profesional.

Y la visita de Ezequiel García, guitarrista y cantaor además, y de Franco Bianciotto, encargado de los detalles importantes de la  percusión, le agregaron esa tesitura diferente y esa vibración adicional al espectáculo.

Una vibración que, de suyo, todos lo sabemos, tal y como pudo comprobarse en la primera parte, constituye el bagaje esencial del ballet, y de otras formaciones surgidas del eje motor generado por Norma en la Sociedad Española.

Ese segmento resultó un poderoso entrelazado, con el ciclo  “Desde el terruño” y sus coreografías sobre danzas regionales, y “Entre partituras” diseñado en torno a obras clásicas del repertorio español (incluyendo el “Capricho…” de Rimski-Kórsakov).

Esas, las bailarinas en estado puro, es decir dentro del registro en el que habitualmente es posible disfrutar de su formación estilística y de su expresividad, aun en las presentaciones de Academia, insinuaron plenamente lo por venir.

Esto es, la segunda parte, con una riqueza singular, impulsada por la presencia y la entrega de los dos músicos invitados, entre cante y cante, y perfilada definitivamente en la gran capacidad de baile del elenco principal. 

Allí, Georgina Brunetti, Marina Cambría, Lucía Cuesta, Ana Belén Fernández, Maricel Galeazzi, Guadalupe Laje, Karina López, Juan Navarro, Noelia Oyola, Candela Pedreira, Virginia Reiloba, Lucía Tallone y Daniela Valentinuzzi, mostraron su arte a toda potencia. 

Incentivadas por esa “diferencia” frente a la perspectiva habitual de la puesta en escena, bailaron en la explosión de su desgarrada elegancia, la que corresponde a la interpretación de varios palos del flamenco, a cada cual más pregnante.

Como expoliadas en sus naturales condiciones, y con un ajuste no exento nunca de ese “ir pa’lante” que caracteriza al género, aún en su profundo desgarramiento, en su quiebre, en sus vacilaciones emotivas, hicieron en conjunto un trabajo impecable.  

Con Norma en escena en el final, y la siempre constante figura de Claudia Guerrero, quien además hizo lo suyo interpretando “Mantón de Manila” con señalada vis actoral, se redondeó una presentación brillante, digna de esa calidad con la que, siempre, le dan gas a la moto.

R.S.