En busca de las emociones perdidas
Mauricio Dayub habla sobre las caracteristicas especiales de “El equilibrista”, la obra que escribió y protagoniza y que presentará este viernes 4 en el Teatro Municipal.
Este viernes 4 de octubre, y en el marco de la programación del ciclo Mauricio Dayub traerá a la ciudad El Equilibrista, la pieza que interpreta y escribió junto a Patricio Abadi y Mariano Saba.
Se trata de un unipersonal que los antecedentes definen como una interpelación al público por su humanidad y su planteo estético y poético y que ha producido un raro fenómeno de teatro independiente que agota entradas en sus representaciones en diversos escenarios.
En diálogo con Puntal el creador empieza diciendo que “el espectáculo se gestó a partir de la necesidad de resignificar o 'redignificar' mi vocación teatral partiendo de la idea de hacer un trabajo abierto, en el que la historia se completara con la imaginación del espectador”.
Todo un desafío en este tiempo en el que los discursos dominantes y más exitosos en materia de espectáculos, tienden al más puro y craso realismo. Y más aún para un actor que se acostumbró a la repetición de un rol y un texto precisos y cerrados, a través de la participación actoral en el mega-fenómeno “Toc-Toc””.
Punto de partida
“El punto de partida para crear esta obra fue definir que lo que quería presentar sobre el escenario debía ser un teatro en el que el espectador sea parte de la historia y la integre en su cabeza y en su corazón. Si bien lo que cuento inicialmente forma parte de la historia de mi familia, también –por ese mecanismo ligado a la imaginación y a la identificación- se tiende hacia los que la observan”.
Para lograrlo, Dayub hizo un trabajo de aprendizaje: “aprendí a manejar unos 35 y 40 objetos, a tocar el acordeón, a hacer equilibrio casi por encima de la cabeza de los espectadores. Por supuesto, conté con un equipo extraordinario, tanto de mis compañeros de escritura como del director y de los técnicos, y el resultado final me conmueve, porque se parece mucho a lo que me propuse antes, y eso no siempre pasa”, dice.
Hay algo de recuperación de los recuerdos de niñez en la obra “Cuando llegué a ser adulto me di cuenta de que estaba en un problema: no me gusta la vida de los adultos. No me gustan la resignación, los cumplidos, los bancos, ni los remedios. Me gustan la ilusión, la euforia, la expectativa, la posibilidad. En eso ando. Por eso este espectáculo”.
Un espectáculo que trata de evitar lo predigerido: “como no quería mostrar todo en escena sino más bien expoliar la imaginación fue un desafío complejo concretarlo y poder resolverlo bien. Y para eso empecé a trabajar con objetos que fui incorporando. Y en ese sentido quiero mencionar que Alfredo Godoy Wilson que diseñó y construyó varios de los objetos. Y a César Brie cuya dirección potenció el trabajo con los objetos en un proceso que transitamos juntos”.
Y vuelve Dayub al concepto de resignificación de su trabajo: “En el proceso de construir el espectáculo, hice una suerte de resignificación de mi vida, de mi vocación, de tantos años de profesión. Tenía una especie de vacío porque hacía nueve años que hacía el mismo rol en ‘Toc-Toc’. Nunca soñé perpetuarme en un mismo papel. Creo que ningún actor sueña con eso”
Una reacción que también suma otras reflexiones: “Empecé por preguntarme qué teatro quería ver. Hace tiempo que considero que estaba siendo adulterado. Pasa que comenzaron a subir al escenario muchas otras profesiones, que no eran las del actor, específicamente: modelos; `galancitos´ –que fueron muy criticados pero que terminaron siendo los mejores actores argentinos-; periodistas (Lanata, Polino); humoristas de radio –imitadores como Tarico-; quienes contaban chistes y llegaron desde el stand up. También accedieron Felipe Pigna, el historiador; Darío Zeta, el filósofo; y también economistas como Javier Milei y psicólogos como Gabriel Rolón y Pilar Sordo. Y yo quería hacer otra cosa, devolverme a mi origen actoral. Yo no juzgo ni me opongo a eso sino que siento que en ese fenómeno se desdibuja aquel teatro por el que me había apasionado; ese teatro que en su momento me había hecho dejar mi casa; y que tiene relación con esa constancia por la cual desde hace 40 años me levante todas las mañanas buscando escenas. Así me propuse un espectáculo en el cual yo pusiera mi granito de arena en cuanto a lo que yo creo que es el teatro”.
La respuesta
Y con algo de esa necesidad en los demás debe haber conectado a juzgar por la respuesta recibida: “Lo increíble es que cuando empecé con ‘El equilibrista’, que aún no se llamaba así, pensaba que estaba haciendo un espectáculo para mí, para darme un gusto. Y que luego del suceso de Toc-Toc, no estaba mal producir algo sin pensar en clave de éxito o fracaso. Y dije: `voy a hacer lo que a mí me gusta. Quiero morir con las botas puestas´. Y salté. Lo mágico es que lo que pude producir conectó de inmediato con la gente. Y sin proponérmelo lo que quería compartir volvió a ser un éxito”.
Para llegar hasta aquí partió de una definición: “al empezar a escribir El equilibrista partí de esta premisa: ‘si me lo dicen en el escenario, no es teatro. Si me lo muestran, no es teatro. Si me lo cuentan tampoco. Es teatro si me lo hacen imaginar’ Y a partir de allí empecé a trabajar los monólogos tratando de ver cómo los hacía en el escenario para no trasladarlos de forma directa, sino para trasladarlos aludiendo a través del cuerpo, la voz, instrumentos, objetos de utilería, escenografía, vestuario y también de magia y de poesía. Tratando de utilizar todos esos recursos y que a cada espectador le llegue un equilibrista distinto. Que le llegue el equilibrista de su familia, que lo pueda imaginar. No imponerle el mío, sino a través del mío que pasen otras cosas”
Y a partir de allí las conexiones van por el lado de las emociones que son comunes a toda la gente: “percibo que hay una necesidad –compartida con muchos- de no tenerle miedo a la emoción, de conectar con los otros. Es que el mundo se ha transformado en algo muy hipócrita, alejado de lo que necesitamos. Nos vamos acostumbrando a eso y pareciera que no nos damos cuenta de lo que realmente nos hace falta. Esto me hizo pensar que también, en un contexto actual, hay mucho público que quiere verse reflejado y que trata de redefinirse para seguir adelante, como tuve que hacer yo mismo”.
Se trata de un unipersonal que los antecedentes definen como una interpelación al público por su humanidad y su planteo estético y poético y que ha producido un raro fenómeno de teatro independiente que agota entradas en sus representaciones en diversos escenarios.
En diálogo con Puntal el creador empieza diciendo que “el espectáculo se gestó a partir de la necesidad de resignificar o 'redignificar' mi vocación teatral partiendo de la idea de hacer un trabajo abierto, en el que la historia se completara con la imaginación del espectador”.
Todo un desafío en este tiempo en el que los discursos dominantes y más exitosos en materia de espectáculos, tienden al más puro y craso realismo. Y más aún para un actor que se acostumbró a la repetición de un rol y un texto precisos y cerrados, a través de la participación actoral en el mega-fenómeno “Toc-Toc””.
Punto de partida
“El punto de partida para crear esta obra fue definir que lo que quería presentar sobre el escenario debía ser un teatro en el que el espectador sea parte de la historia y la integre en su cabeza y en su corazón. Si bien lo que cuento inicialmente forma parte de la historia de mi familia, también –por ese mecanismo ligado a la imaginación y a la identificación- se tiende hacia los que la observan”.
Para lograrlo, Dayub hizo un trabajo de aprendizaje: “aprendí a manejar unos 35 y 40 objetos, a tocar el acordeón, a hacer equilibrio casi por encima de la cabeza de los espectadores. Por supuesto, conté con un equipo extraordinario, tanto de mis compañeros de escritura como del director y de los técnicos, y el resultado final me conmueve, porque se parece mucho a lo que me propuse antes, y eso no siempre pasa”, dice.
Hay algo de recuperación de los recuerdos de niñez en la obra “Cuando llegué a ser adulto me di cuenta de que estaba en un problema: no me gusta la vida de los adultos. No me gustan la resignación, los cumplidos, los bancos, ni los remedios. Me gustan la ilusión, la euforia, la expectativa, la posibilidad. En eso ando. Por eso este espectáculo”.
Un espectáculo que trata de evitar lo predigerido: “como no quería mostrar todo en escena sino más bien expoliar la imaginación fue un desafío complejo concretarlo y poder resolverlo bien. Y para eso empecé a trabajar con objetos que fui incorporando. Y en ese sentido quiero mencionar que Alfredo Godoy Wilson que diseñó y construyó varios de los objetos. Y a César Brie cuya dirección potenció el trabajo con los objetos en un proceso que transitamos juntos”.
Una reacción que también suma otras reflexiones: “Empecé por preguntarme qué teatro quería ver. Hace tiempo que considero que estaba siendo adulterado. Pasa que comenzaron a subir al escenario muchas otras profesiones, que no eran las del actor, específicamente: modelos; `galancitos´ –que fueron muy criticados pero que terminaron siendo los mejores actores argentinos-; periodistas (Lanata, Polino); humoristas de radio –imitadores como Tarico-; quienes contaban chistes y llegaron desde el stand up. También accedieron Felipe Pigna, el historiador; Darío Zeta, el filósofo; y también economistas como Javier Milei y psicólogos como Gabriel Rolón y Pilar Sordo. Y yo quería hacer otra cosa, devolverme a mi origen actoral. Yo no juzgo ni me opongo a eso sino que siento que en ese fenómeno se desdibuja aquel teatro por el que me había apasionado; ese teatro que en su momento me había hecho dejar mi casa; y que tiene relación con esa constancia por la cual desde hace 40 años me levante todas las mañanas buscando escenas. Así me propuse un espectáculo en el cual yo pusiera mi granito de arena en cuanto a lo que yo creo que es el teatro”.
La respuesta
Y con algo de esa necesidad en los demás debe haber conectado a juzgar por la respuesta recibida: “Lo increíble es que cuando empecé con ‘El equilibrista’, que aún no se llamaba así, pensaba que estaba haciendo un espectáculo para mí, para darme un gusto. Y que luego del suceso de Toc-Toc, no estaba mal producir algo sin pensar en clave de éxito o fracaso. Y dije: `voy a hacer lo que a mí me gusta. Quiero morir con las botas puestas´. Y salté. Lo mágico es que lo que pude producir conectó de inmediato con la gente. Y sin proponérmelo lo que quería compartir volvió a ser un éxito”.
Para llegar hasta aquí partió de una definición: “al empezar a escribir El equilibrista partí de esta premisa: ‘si me lo dicen en el escenario, no es teatro. Si me lo muestran, no es teatro. Si me lo cuentan tampoco. Es teatro si me lo hacen imaginar’ Y a partir de allí empecé a trabajar los monólogos tratando de ver cómo los hacía en el escenario para no trasladarlos de forma directa, sino para trasladarlos aludiendo a través del cuerpo, la voz, instrumentos, objetos de utilería, escenografía, vestuario y también de magia y de poesía. Tratando de utilizar todos esos recursos y que a cada espectador le llegue un equilibrista distinto. Que le llegue el equilibrista de su familia, que lo pueda imaginar. No imponerle el mío, sino a través del mío que pasen otras cosas”
Y a partir de allí las conexiones van por el lado de las emociones que son comunes a toda la gente: “percibo que hay una necesidad –compartida con muchos- de no tenerle miedo a la emoción, de conectar con los otros. Es que el mundo se ha transformado en algo muy hipócrita, alejado de lo que necesitamos. Nos vamos acostumbrando a eso y pareciera que no nos damos cuenta de lo que realmente nos hace falta. Esto me hizo pensar que también, en un contexto actual, hay mucho público que quiere verse reflejado y que trata de redefinirse para seguir adelante, como tuve que hacer yo mismo”.