Con Mozart como estandarte, con su música ocupando el centro durante más de las ¾ partes del programa, y más el aporte destacable de los solistas Alejandra Caffaratti al piano y de Ariel Ruíz Días en saxo, la Orquesta de Cámara Municipal realizó un bello concierto. Confirmando la potenciación de un sonido que en sus primeras épocas denotaba cierta palidez, y asumiendo el desafío con una formación que está muy lejos del ideal de una orquesta de este tipo, cierto es que el organismo ostenta un sonido más untuoso y una seguridad creciente.
En el inicio del programa, la Orquesta presentó el “Concierto para Piano y Orquesta, n23 en La Mayor K 488” que define su perfil emotivo en el primer movimiento cuya frescura está tramada con toques de melancolía, vaivenes que se desarrollarán a lo largo de la pieza. Si el aporte de Caffaratti se mantiene protagónico durante toda la pieza, se luce especialmente en el comienzo del segundo movimiento, más potente, cuando el piano desarrolla de entrada un tema que, entre contrastes, define la dinámica de la obra, y que la pianista perfiló sutilmente.
Ya con su formación base, la interpretación de la “Sinfonía nº 25, en sol menor, K. 183/173dB,”, una de las dos que el genio de Salzburgo escribió en esa tonalidad, mostró la firmeza necesaria para asumir un desarrollo armónico más complejo, con muchos contrapuntos entre cuerdas y vientos. Mozart genera un amplio universo, expuesto entre el segundo movimiento con una deliberada atenuación rítmica, de estructura casi circular, y el final un allegro moderadamente vigoroso, en el que reaparece con fuerza la idea sincopada que sobrenada toda la obra. Dejando de lado a Mozart, el concierto cerró en la “Chacona” de Tomaso Antonio Vitali, una obra bella, trabajosa en su ejecución solista, muy quebrada armónicamente, y que en esta presentación ofrece un juego entre el saxo soprano solista, expresivo en manos de Ariel Ruiz Díaz, y las cuerdas bajas. Con la batuta de Eduardo Lhez marcando un refuerzo de potencia, la obra fue el vigoroso remate de un concierto que mostró a la Orquesta floreciente, cada vez más confiada y expresiva en su sonoridad.
Ricardo Sánchez
Ya con su formación base, la interpretación de la “Sinfonía nº 25, en sol menor, K. 183/173dB,”, una de las dos que el genio de Salzburgo escribió en esa tonalidad, mostró la firmeza necesaria para asumir un desarrollo armónico más complejo, con muchos contrapuntos entre cuerdas y vientos. Mozart genera un amplio universo, expuesto entre el segundo movimiento con una deliberada atenuación rítmica, de estructura casi circular, y el final un allegro moderadamente vigoroso, en el que reaparece con fuerza la idea sincopada que sobrenada toda la obra. Dejando de lado a Mozart, el concierto cerró en la “Chacona” de Tomaso Antonio Vitali, una obra bella, trabajosa en su ejecución solista, muy quebrada armónicamente, y que en esta presentación ofrece un juego entre el saxo soprano solista, expresivo en manos de Ariel Ruiz Díaz, y las cuerdas bajas. Con la batuta de Eduardo Lhez marcando un refuerzo de potencia, la obra fue el vigoroso remate de un concierto que mostró a la Orquesta floreciente, cada vez más confiada y expresiva en su sonoridad.
Ricardo Sánchez

