Herencia inconmensurable
Roberto Chavero, el Trío Sachero y el Coro Delfino Quirici reunidos para recordar, con calidez, una obra majestuosa.
Con Roberto “Coya” Chavero en el centro de la escena: el hijo de Atahualpa Yupanqui como un poderoso icono concentrador de significados, rodeado de un excelente guitarrista y del Trío Sachero, y más con la participación episódica pero magnífica del Coro Polifónico Delfino Quierici, Yo tengo tantos hermanos generó una calidez especial, y una expresividad intensa muy a tono con la herencia inconmensuable que es la obra del gran artista de Pergamino.
Perseguir la totalidad de su obra, con la idea de abarcarla y encerrarla en un recital, sería un albur inútil. En todo caso, la selección que hizo “Coya” resultó sensiblemente ajustada porque supo intercalar, con el acento de las voces protagonistas, aquellos temas más conocidos del vastísimo repertorio, con otras menos trajinadas y con algunos breves relatos que sumaron intimidad a la grandez del propósito.
En esos requicios, reductos de una vida compartida con la genialidad, y recogidas con buen gusto y sin impostaciones, le agregaron particularidad a lo que pudo ser nada más que un retablo de esas canciones que forman parte ya, para siempre, del gran patrimonio cultural argentino.
Ese detalle de filiación, le agregó un plus, si es que era necesario, al repaso a mano alzada de una grandiosa creación que, aunque inabarcable, alcanzó una síntesis más que sustantiva.
“Coya” tiene recursos vocales limitados pero conoce los secretos de la expresividad apocada y sutil que requieren las canciones de su padre, y no se privó de habitar aquellas que demuestran la profundidad del conocimiento de Don Ata para tratar las diversas formas del canto popular, desde la zamba hasta el malambo, recogidos en el repertorio.
A su turno, algunas veces compartiendo voces con el propio “Coya”, el Trío Sachero se puso bien a tono con el sentido del homenaje y produjo un acompañamiento sensible y atinado que no abandonó, inteligentemente, cuando fue el turno de sus propias interpretaciones.
El Coro agregó algunos de los trabajos que ya se le conocían de espectáculos propios y, a tono con su calidad de siempre, expresó que en la diversidad de enfoques posibles también radica la riqueza de esa obra. E hizo un aporte poderoso y bello a un espectáculo que lo fue en su totalidad.
R.S.
Perseguir la totalidad de su obra, con la idea de abarcarla y encerrarla en un recital, sería un albur inútil. En todo caso, la selección que hizo “Coya” resultó sensiblemente ajustada porque supo intercalar, con el acento de las voces protagonistas, aquellos temas más conocidos del vastísimo repertorio, con otras menos trajinadas y con algunos breves relatos que sumaron intimidad a la grandez del propósito.
En esos requicios, reductos de una vida compartida con la genialidad, y recogidas con buen gusto y sin impostaciones, le agregaron particularidad a lo que pudo ser nada más que un retablo de esas canciones que forman parte ya, para siempre, del gran patrimonio cultural argentino.
Ese detalle de filiación, le agregó un plus, si es que era necesario, al repaso a mano alzada de una grandiosa creación que, aunque inabarcable, alcanzó una síntesis más que sustantiva.
“Coya” tiene recursos vocales limitados pero conoce los secretos de la expresividad apocada y sutil que requieren las canciones de su padre, y no se privó de habitar aquellas que demuestran la profundidad del conocimiento de Don Ata para tratar las diversas formas del canto popular, desde la zamba hasta el malambo, recogidos en el repertorio.
A su turno, algunas veces compartiendo voces con el propio “Coya”, el Trío Sachero se puso bien a tono con el sentido del homenaje y produjo un acompañamiento sensible y atinado que no abandonó, inteligentemente, cuando fue el turno de sus propias interpretaciones.
El Coro agregó algunos de los trabajos que ya se le conocían de espectáculos propios y, a tono con su calidad de siempre, expresó que en la diversidad de enfoques posibles también radica la riqueza de esa obra. E hizo un aporte poderoso y bello a un espectáculo que lo fue en su totalidad.
R.S.