"Un réquiem alemán": refinada exploración de los sentidos

El Coro Polifónico “Delfino Quirici” con brillantes artistas invitados y bajo la batuta de Mariano Moruja, tradujo magistralmente la impactante y humanista reflexión sobre la muerte que es el núcleo de la obra de Johannes Brahms.
 
En la presentación del concierto que realizó el Coro Polifónico con invitados especiales el pasado domingo, interpretando “Un réquiem alemán” de Johannes Brahms en una edición especial de “Banca al Arte”, se precisó vastamente la condición particular de esa obra que se separa de la concepción habitual, litúrgica, asociada a la misa de difuntos del rito católico.

Remarcarlo, resulta importante para internarse plenamente en ese sentido original, que impone un modo interpretativo para los elencos que asumen el potente desafío que supone una obra estructuralmente compleja, y que exige dotación y singularidad a la entrega de la masa coral, protagonista nuclear de la pieza.

Una exigencia que podría parecer superior a la estructura que posee actualmente el Delfino Quirici (que sigue reclamando por la incorporación de voces y que debió echar mano de coreutas cordobeses para reforzar la planta) pero que a la vez sirve para reafirmar la calidad vocal del conjunto riocuartense.

Su impactante reflexión sobre la muerte, expresada por fuera del contexto religioso, que se expresa desde las primeras notas a través del cautivador breve segmento introductorio, con  los registros graves de las cuerdas, casi imperceptibles al comienzo y de un crescendo delicado, requiere de un trabajo introspectivo singular.

Alternando esa oquedad emocional que sucede a lo largo de los ingentes “pianísimos” que recorren la pieza, el Coro va desarrollando esa reflexión en algún sentido interrogativa, que en cada cambio hacia las secciones “forte”, exigen una corrección de intensidad y de fraseo que forman parte de ese desafío vocal.

Versión Londres

Especialmente agudo en la versión Londres, reducción de la Orquesta para la que originalmente fue escrita, a la interpretación de piano a cuatro manos, realizada por el propio Brahms, lo que significa que está adaptada sin resignar los colores contrastantes que caracterizan y enfatizan el poder sensibilizador  de la obra.

De modo tal que el piano se interrelaciona constantemente con la masa coral, en esa secuencia de transiciones temporales, cargada de sutiles detalles, que exige delicadeza para empastar en un todo ese desarrollo tímbrico complejo y detallista.

Interceptada la prestación coral por los segmentos solistas, resultó impactante la intervención de Federico Bildoza, con excelente colocación para interpretar la parte de barítono, y de la impecable Laura Rizzo, de impresionante pureza y un timbre adaptado impecablemente a la exigencia dramática del asunto.

El lucimiento especial del coro en el segmento inicial “Selig sin die da Leid tragen” desde el estupendo redondeando en pianísimo que abre la obra y que replica en el cierre, en los que brillan los detalles pianísticos impecablemente interpretados po Irene Amerio y Vicente Ronza, impregnó de hondura su sentido  humanístico.

Ese arco entre apertura y cierre impresionantemente sigilosos, enmarca un recorrido muy exigente en la interrelación vocal con los pasajes imperiosos, con fugados y fortísimos que expresan esa contrastante sensación de la criatura humana que mira desde la constancia vital el interrogativo abismo ante la muerte.

Mariano Moruja hizo una lectura contundente de ese contraste, de esa sensación abisal que no abandona, sin embargo, la perspectiva de quien se afirma en el acto de vivir: contraste que  requiere de un trabajo de gradación de dinámicas, manejada magistralmente desde su batuta, y fundamental para transmitir el calado de la pieza.

La conjunción de esos elementos, dio como resultado uno de esos momentos musicales nada frecuentes entre nosotros, refinada exploración de los sentidos que se llevó merecidamente una de esas ovaciones no tan habituales por aquí, tributo a sala llena de un público atrapada y conmovido.

Ricardo Sánchez