Susú

El recuerdo de la querida actriz riocuartense.

Susú Abella falleció a los 73 años.

 

Estas líneas que, como lo advertirán, están escritas en una especie de presente continuo, y que pretenden tener la intensidad de un abrazo infinito, ese abrazo que no nos podemos dar ahora por obra y gracia de este virus maldito, van a nombrarla insistentemente por su nombre de fantasía, especie de apocope juguetón que suena como algo muy suyo, muy de ella.

Es que esas dos sílabas, Susú, pronunciadas a repetición y de potente sonoridad, son desde hace mucho una especie de subrayado que salta por encima de las adjetivaciones y se basta y sobra para declararla. No en vano así la llaman casi todos, especialmente algunas actrices de la ciudad que la han elegido como musa inspiradora.

Por eso elegís Susú, aun cuando su apellido tiene una sonoridad adicional que remite, en términos históricos, a la más alta singladura del Estado riocuartense, y a actos oficiales y a saludos protocolares, y a abrazos y a discursos, interminables ambos, que hablaban una y otra vez de dejar un legado “para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos”.

Ese apellido, que desde luego es Abella y que quedará escrito para siempre en la galería de intendentes de la ciudad, suena aún más rutilante para algunos de nosotros porque viene adosado al nombre propio de Susú, Susana claro, actriz incombustible y delirante que tiene la facultad de volver a la niñez cada vez que se lo propone.

Sin embargo, acaso misteriosamente, en la unión de su nombre y apellido, Susana Abella, no cabe lo mismo que cabe en Susú, una mujer que mientras por un lado le pone el oído y el corazón a los dolores de los pibes, por el otro es ella misma una “cachirula” que goza con su apariencia de personaje de historieta.

Vamos, que Susú es una mujer que chifla como un carrero (escucharla silbar es una aventura de regreso a la niñez), que habla como si roncara, que mira entre paréntesis, y merodea todo el día el País de Nunca Jamás, siempre dispuesta a abandonar su pinta de potente intelectual existencialista para vestirse de bruja, acaso como nadie puede hacerlo en esta tierra.

Aunque en los últimos tiempos anda subiéndose a los escenarios de tanto en tanto, acosada por las cosas que nos suceden a todos cuando pasa el tiempo, el halo rutilante de Susú nunca perdió su brillo. Lo saben sus colegas y lo sé yo que la veo, ahora mismo cuajado de lágrimas, sacudiéndose mágicamente entre los días, como una fascinante ‘brubrujita sin escoba’: una criatura bendita que, acaso sin proponérselo, ha cumplido la aspiración de su hermano en eso de dejar un legado: y que será para siempre inolvidable. Repito, Susú, para siempre inolvidable.

Ricardo Sánchez. Especial para Puntal