Río Cuarto
Terminó el secundario de adulto, se hizo docente y hoy dirige un colegio
Oscar Aluch es el coordinador del Cenma de barrio Las Delicias. Tuvo que dejar el secundario cuando le faltaba un año, para ponerse a trabajar. A los 35 lo terminó, y a los 40 se graduó de profesor
Oscar Aluch tuvo una vida difícil, pero también objetivos claros y tenacidad para perseguirlos más allá de cualquier obstáculo. Después de cuarto año, se vio obligado a dejar el colegio y empezar a trabajar. Lo hizo primero cortando ladrillos, después a bordo de un camión y finalmente, como panadero, encontró el oficio que más tiempo lo acompañaría. Sin embargo, supo que ése no era su lugar en el mundo, y se decidió a estudiar, con hijos y empleo a cuestas, hasta que terminó el secundario de adultos a los 35 años. No conforme con eso, aprovechó el impulso para graduarse de profesor de Matemática en la Universidad Nacional de Río Cuarto, cinco años más tarde. Desde hace cuatro años, coordina el Cenma Remedios de Escalada Anexo Las Delicias, una escuela idéntica a la que él fue como alumno, hace más de 20 años.
El secundario para adultos de barrio Las Delicias cobija un numeroso grupo de alumnos. Todos los días, minutos antes de las 18, las aulas empiezan a poblarse de madres jóvenes, de chicos que hace poco abandonaron los estudios o amas de casa que están saldando una materia pendiente en su vida.
Oscar, que hoy tiene 55, es el coordinador de ese colegio, pero cuando es necesario ejerce de padre de los alumnos; los incentiva para que no falten, evita que se vayan de clases o les presta oídos si tienen problemas. Está convencido de que hay que mostrarles con ejemplos en carne y hueso cómo el esfuerzo y la dedicación al estudio pueden cambiarles la vida a las personas.
Sin embargo, a pesar de que tiene mucho de superación, muestra algunos pruritos a la hora de contar su historia. “No quiero ser yo el que salga adelante; lo mío ponelo abajo. Yo quiero que hables de Susana”, dice. Se refiere a Susana Gaitán, una mujer de 59 años, de buen desempeño escolar y conducta intachable, que hizo el primario y está a punto de terminar el secundario en el Cenma de Las Delicias. Pero ése es otro asunto.
Adiós a las aulas
En el colegio Leopoldo Lugones, donde funciona el secundario -y un primario- para adultos, los cerámicos partidos crujen a cada paso hasta llegar al aula donde Aluch se sentará a contestar preguntas. La sala tiene olor al humo impregnado en la ropa de los alumnos, pero pronto se volverá imperceptible.
La historia de Oscar Aluch tiene un comienzo por de más común. Cuando era adolescente, y le faltaba un año para terminar el secundario, sus padres no lo pudieron bancar más, y tuvo que salir a trabajar.
“Yo vivía en Montecristo, pero me mandaban a estudiar a Córdoba. Pude hacer hasta cuarto año, pero después tuve que laburar: primero en un cortadero de ladrillos, después como camionero y luego panadero en la ciudad de Córdoba”, recuerda.
Estuvo en eso casi dos años, hasta que, a los 26 años, se mudó a Río Cuarto en busca de un destino mejor. Fue empleado de una tradicional panadería de la ciudad, barriendo la vereda y haciendo tareas varias, hasta que encaró el reparto de pan por su cuenta. Tiempo después, con su hermana, armaron su propia panadería.
“Ahí empecé a pensar que tenía que seguir estudiando. Estuve casi 16 años sin estudiar, pero cada dos o tres meses tenía un sueño recurrente; que estaba en el aula estudiando. Era algo que me faltaba. Por eso, empecé el secundario de noche, en el Ipem 128, que hoy es el Cenma Remedios de Escalada (del cual depende el anexo Las Delicias)”, comenta.
También recuerda que, desde aquel momento, nunca más se soñó a sí mismo dentro de un aula. “Se ve que era algo que me faltaba”, razona.
¿Era una necesidad?
Claro. Eso me motivaba a continuar con los estudios. Y lo hice, al punto de que fui abanderado. En el mismo año en que terminaba el nocturno, me fui a inscribir en la Universidad, en la carrera de profesorado de Matemática, y la terminé.
Debut en la Universidad
¿Qué vino después?
Fui profesor de la Universidad, como pasante, y di clases durante dos años. Mientras tanto, empecé a dar clases en el nocturno para adultos, que era mi sueño. Así logré dar clases en el Cenma Remedios de Escalada, que funciona en el Colegio Normal, donde terminé el secundario. Hace tiempo que soy coordinador del Cenma Remedios de Escalada Anexo Las Delicias, pero el año pasado se abrió un concurso y gané como director del secundario para adultos, el de la Mariquita Sánchez de Thompson.
¿Cuánto tiempo hace que está a cargo del Cenma Anexo Las Delicias?
Hace 4 años, por acuerdo del inspector y la directora.
Parece que siempre tuvo que pelear por una segunda oportunidad.
No es fácil. Cuando dejé de estudiar, lo primero que hice fue trabajar en un cortadero de ladrillos. Así me casé y tuve dos hijos, y después trabajé de chofer de camiones, pero siempre tuve en claro que ese no era mi mundo, que yo no pertenecía a ese lugar. Yo mismo me decía a mí que me tenía que superar. ¡Soñaba con tener un kiosco para salir de ahí! Pero después se me dieron algunas cosas y me decidí a estudiar. Cuando fui por primera vez a la Universidad, empecé a mirar para todos lados, y me pregunté “¿qué hago acá?" Me dije a mí mismo que me iba a poner a prueba con una materia, durante un cuatrimestre: si la aprobaba seguía y si no, dejaba de estudiar. Tuve la suerte de que me fue bien, y fue un empujón muy grande.
Muchos chicos sienten que la Universidad no es para ellos, se frustran y abandonan. ¿Cómo se puede evitar eso?
Creo que pasa por los docentes y los directivos a cargo de la institución. Es necesario que les bajen el mensaje a los chicos de que sí pueden estudiar y progresar, con sacrificio y esfuerzo. Además, tenemos una Universidad gratuita y el Boleto Educativo, por ejemplo. Cuando yo estudiaba, me tenía que ir en bicicleta desde el barrio Fénix, porque no me alcanzaba la plata para ir en colectivo.
En su caso, ¿tuvo esa contención de parte de los docentes?
No. Pero yo estaba muy convencido de que me quería superar. Y el secundario para adultos me dio una posibilidad muy grande. Ahí me di cuenta de que sí podía al menos inscribirme en la Universidad, y que podía probar con una carrera para ver cómo me iba, ya que hacía mucho que no estudiaba. El secundario me incentivó para eso. Los docentes estaban muy contentos con que yo estudiara una carrera universitaria. Hay que tener en cuenta que, 20 años atrás, esta cultura de motivar a los chicos para que hagan un estudio superior no estaba tan instalada.
Leonardo Brochero
El secundario para adultos de barrio Las Delicias cobija un numeroso grupo de alumnos. Todos los días, minutos antes de las 18, las aulas empiezan a poblarse de madres jóvenes, de chicos que hace poco abandonaron los estudios o amas de casa que están saldando una materia pendiente en su vida.
Oscar, que hoy tiene 55, es el coordinador de ese colegio, pero cuando es necesario ejerce de padre de los alumnos; los incentiva para que no falten, evita que se vayan de clases o les presta oídos si tienen problemas. Está convencido de que hay que mostrarles con ejemplos en carne y hueso cómo el esfuerzo y la dedicación al estudio pueden cambiarles la vida a las personas.
Sin embargo, a pesar de que tiene mucho de superación, muestra algunos pruritos a la hora de contar su historia. “No quiero ser yo el que salga adelante; lo mío ponelo abajo. Yo quiero que hables de Susana”, dice. Se refiere a Susana Gaitán, una mujer de 59 años, de buen desempeño escolar y conducta intachable, que hizo el primario y está a punto de terminar el secundario en el Cenma de Las Delicias. Pero ése es otro asunto.
Adiós a las aulas
En el colegio Leopoldo Lugones, donde funciona el secundario -y un primario- para adultos, los cerámicos partidos crujen a cada paso hasta llegar al aula donde Aluch se sentará a contestar preguntas. La sala tiene olor al humo impregnado en la ropa de los alumnos, pero pronto se volverá imperceptible.
La historia de Oscar Aluch tiene un comienzo por de más común. Cuando era adolescente, y le faltaba un año para terminar el secundario, sus padres no lo pudieron bancar más, y tuvo que salir a trabajar.
“Yo vivía en Montecristo, pero me mandaban a estudiar a Córdoba. Pude hacer hasta cuarto año, pero después tuve que laburar: primero en un cortadero de ladrillos, después como camionero y luego panadero en la ciudad de Córdoba”, recuerda.
Estuvo en eso casi dos años, hasta que, a los 26 años, se mudó a Río Cuarto en busca de un destino mejor. Fue empleado de una tradicional panadería de la ciudad, barriendo la vereda y haciendo tareas varias, hasta que encaró el reparto de pan por su cuenta. Tiempo después, con su hermana, armaron su propia panadería.
“Ahí empecé a pensar que tenía que seguir estudiando. Estuve casi 16 años sin estudiar, pero cada dos o tres meses tenía un sueño recurrente; que estaba en el aula estudiando. Era algo que me faltaba. Por eso, empecé el secundario de noche, en el Ipem 128, que hoy es el Cenma Remedios de Escalada (del cual depende el anexo Las Delicias)”, comenta.
También recuerda que, desde aquel momento, nunca más se soñó a sí mismo dentro de un aula. “Se ve que era algo que me faltaba”, razona.
¿Era una necesidad?
Claro. Eso me motivaba a continuar con los estudios. Y lo hice, al punto de que fui abanderado. En el mismo año en que terminaba el nocturno, me fui a inscribir en la Universidad, en la carrera de profesorado de Matemática, y la terminé.
Debut en la Universidad
¿Qué vino después?
Fui profesor de la Universidad, como pasante, y di clases durante dos años. Mientras tanto, empecé a dar clases en el nocturno para adultos, que era mi sueño. Así logré dar clases en el Cenma Remedios de Escalada, que funciona en el Colegio Normal, donde terminé el secundario. Hace tiempo que soy coordinador del Cenma Remedios de Escalada Anexo Las Delicias, pero el año pasado se abrió un concurso y gané como director del secundario para adultos, el de la Mariquita Sánchez de Thompson.
¿Cuánto tiempo hace que está a cargo del Cenma Anexo Las Delicias?
Hace 4 años, por acuerdo del inspector y la directora.
Parece que siempre tuvo que pelear por una segunda oportunidad.
No es fácil. Cuando dejé de estudiar, lo primero que hice fue trabajar en un cortadero de ladrillos. Así me casé y tuve dos hijos, y después trabajé de chofer de camiones, pero siempre tuve en claro que ese no era mi mundo, que yo no pertenecía a ese lugar. Yo mismo me decía a mí que me tenía que superar. ¡Soñaba con tener un kiosco para salir de ahí! Pero después se me dieron algunas cosas y me decidí a estudiar. Cuando fui por primera vez a la Universidad, empecé a mirar para todos lados, y me pregunté “¿qué hago acá?" Me dije a mí mismo que me iba a poner a prueba con una materia, durante un cuatrimestre: si la aprobaba seguía y si no, dejaba de estudiar. Tuve la suerte de que me fue bien, y fue un empujón muy grande.
Muchos chicos sienten que la Universidad no es para ellos, se frustran y abandonan. ¿Cómo se puede evitar eso?
Creo que pasa por los docentes y los directivos a cargo de la institución. Es necesario que les bajen el mensaje a los chicos de que sí pueden estudiar y progresar, con sacrificio y esfuerzo. Además, tenemos una Universidad gratuita y el Boleto Educativo, por ejemplo. Cuando yo estudiaba, me tenía que ir en bicicleta desde el barrio Fénix, porque no me alcanzaba la plata para ir en colectivo.
En su caso, ¿tuvo esa contención de parte de los docentes?
No. Pero yo estaba muy convencido de que me quería superar. Y el secundario para adultos me dio una posibilidad muy grande. Ahí me di cuenta de que sí podía al menos inscribirme en la Universidad, y que podía probar con una carrera para ver cómo me iba, ya que hacía mucho que no estudiaba. El secundario me incentivó para eso. Los docentes estaban muy contentos con que yo estudiara una carrera universitaria. Hay que tener en cuenta que, 20 años atrás, esta cultura de motivar a los chicos para que hagan un estudio superior no estaba tan instalada.
Leonardo Brochero