¿Cómo se construye el entorno inmediato?
Cada día despertamos para mirar por una ventana. Sea lo que sea que hay del otro lado, es nuestro paisaje cotidiano. Nos acompaña en felicidades y tristezas, en abrazos y encuentros, en las largas cavilaciones del desayuno o de la tardecita cuando terminamos el día. Forma parte invisible de nuestras vidas, es esa parte que percibimos, pero no pensamos, que está siempre en las sombras de nuestra existencia. ¿Y si nos pusiéramos a pensarla?
Desde que comenzamos a percibir el entorno lo caracterizamos. Por actitudes y comentarios de nuestros adultos referentes, por nuestras percepciones propias, vamos generando dentro de nosotros una escala de valor.
“No toques eso que es sucio”; “salgamos de acá que es peligroso”; “caminá por la sombra que está más fresco”.
Así, vamos construyendo el paisaje que nos rodea. Con el tiempo se van generando mapas mentales donde ubicamos los lugares lindos y seguros, y aquellos donde no debemos meternos. No lo racionalizamos más, no lo cuestionamos, las cosas simplemente son de esa manera.
El año pasado, la pandemia nos impuso esos paisajes cotidianos: 24 horas mirando por la misma ventana.
Tuvimos más tiempo también para observar el entorno, es decir, aquel tiempo que le quitamos a llevar niños a la escuela, a salir con amigos, a ir al gimnasio. Esa combinación hizo que muchos de nosotros nos pusiéramos a pensar nuestros entornos diarios y eso llevó a que hubiera una gran demanda de todos los servicios vinculados al interiorismo y exteriorismo.
¿Cómo construimos ese paisaje cotidiano?
Ahora que pudimos salir más y deambular, aún fuera de la ciudad, de a poco fuimos ampliando nuevamente la gama de paisajes que nos acompañaron siempre, incluso algunos nuevos. En ese andar por el territorio, nuestra mente sin pedir permiso va poniendo los componentes del paisaje en celdas rotuladas con anterioridad.
Qué bonito aquello, que bueno esto otro, que feo, aquí no me gusta estar. Con frecuencia también sucede que algunos aspectos del paisaje ni siquiera los miramos, por encontrarse fuera de nuestras valoraciones o campos conocidos.
Todas aquellas observaciones las hacemos en forma inconsciente, por lo que muchas veces nos perdemos de ver cosas que suceden a nuestro alrededor, en algunos casos, justo delante de nuestras narices, por encontrarse fuera de lo que consideramos posible.
En mi tarea como diseñadora de paisajes, esa construcción interna del espacio es algo que siempre tengo que tener en cuenta. Cuando uno diseña para otro es inevitable poner en el trabajo nuestras propias valoraciones, pero a la vez es muy importante poder aprender a percibir las valoraciones del dueño del jardín, sino difícilmente podamos llegar a que le guste el producto del diseño.
Cuando trabajamos pensando en los paisajes ampliados, una plaza, una ciudad, el territorio, se vuelve aún más compleja la tarea, ya que se deben conciliar las escalas de valor de toda una comunidad, que fue educada en vivencias diversas.
En este punto es que surgen grandes problemas de intereses entre gobiernos y sociedades, ya que las inclinaciones y valoraciones de las partes pocas veces van paralelas. Muchos estudiosos se dedican a esta problemática, generando sistemas de valoración de diversos tipos para comprender a qué le presta atención la población y poder tomar medidas públicas acordes a esas apreciaciones del territorio. La dificultad se profundiza cuando analizamos los usos que le damos a la tierra, ya que éstos afectan en forma directa al paisaje y a la vida de las personas que lo habitan.
Observar el paisaje y construirlo en nuestra mente con una mirada crítica puede invitarnos a comprender mejor las cosas que no nos gustan de él, y que en consecuencia nos gustaría modificar o que fueran diferentes.
Cuando empecé el camino de la jardinería, una vez salida de la facultad y recién mudada a la provincia de Córdoba, comencé a viajar por la provincia conociendo sus sierras y pueblos, su gente. En ese tiempo, joven porteña criada en los suburbios de la madre de las urbes, con todo un sistema de valoración establecido, graduada en un colegio inglés, estudiante de la universidad pública y miembro de una familia de clase media, llegar a Río Cuarto implicó reaprender a mirar. Exploré con ojos de extranjera la ciudad que hoy ya es mía. No tenía juicios anteriores y traté de mantenerme inmune a los comentarios de la gente que fui conociendo. Así, fui construyendo el mapa mental de la ciudad y con la conciencia de no cerrarme a esa construcción porque eso sería bloquear la entrada de nuevas oportunidades.
También me pasó que algunas cosas que miraba sin entender, fueron cambiando de forma a medida que aprendí más sobre las mismas. Un ejemplo de eso fueron las plantas de jardín. Al comenzar a trabajar en jardinería no diferenciaba entre una especie y otra, eran todas plantas. De a poco les fui poniendo nombres y con eso se fue transformando el paisaje, ya no eran árboles en general, eran fresnos, álamos, olmos, entre otros.
Por ing. agr. Ana Lund Petersen
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