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Tres amigos del sur cordobés recorren el Amazonas en moto

Se trata de Sergio Barra de Del Campillo, José Musso de Río Tercero y Francisco Ceresole de Huinca. Llevan 10 mil kilómetros de trayecto y les restan 5 mil más para finalizar el periplo

Sergio Barra de Del Campillo, José Musso de Río Tercero y Francisco Ceresole de Huinca se conocieron a través de la pasión que comparten: las motos. Los tres decidieron programar un viaje al Amazonas con un recorrido total de más de 15 mil kilómetros de los cuales ya hicieron alrededor de 10 mil y ahora emprenden la vuelta.

Es así que, por varios días, los amigos estuvieron trabajando en diagramar el recorrido para rodear este largo periplo.

Conscientes de que dejaban atrás a sus familias, amigos y hogares para ir detrás de un sueño compartido hacia la inmensidad del Amazonas, la ansiada largada fue el 8 de agosto. Francisco partió de Huinca y, en ruta 35, se encontró con Sergio, en tanto que en Córdoba Capital el equipo se completó con José para rumbear hacia Bolivia.

Los motoqueros narraron que al comenzar a “subir” no se adentraron al Amazonas, pero sí visitaron Venezuela y las Guyanas. José y Sergio ya tenían hábito en este tipo de viajes, en tanto que para Francisco, el más joven de los tres, era su primera experiencia, la que vivió sin mayores inconvenientes hasta un trayecto inhóspito llamado la “carretera fantasma” en Brasil.

“Nos juntamos en Córdoba y empezamos a subir. Pasamos Bolivia, Mato Grosso, Puerto Bello, Humaitá y Manaos. De Humaitá a Manaos son 700 kilómetros de ripio, muy complicado. En Brasil le llaman la carretera fantasma. Los mismos aborígenes nos vendían combustible porque no hay nada. Resulta que ahí, si pinchás una goma, no hay nada. Pudimos hacerlo en el día porque no llovió, sino es imposible por el mal estado del camino”, relata José (61), el más experimentado de los tres.

Los protagonistas de esta aventura señalan que en ocasiones tomaron contacto con los pueblos originarios del Amazonas, conociendo sus culturas y formas de vida muy diferentes a las suyas, ya que sobreviven de la caza y la pesca. Esto fue sorprendente y movilizador en muchos aspectos, coinciden.

25 horas de viaje por

el río Amazonas

Los aventuraros señalan que tuvieron que llevar diversas provisiones porque “no sabes dónde te va a agarrar la noche” y agregan que ya llevan 10 mil kilómetros de viaje. “Ahora estamos volviendo en una balsa, cruzando el río Amazonas que sale de Amapá a Belem. Tenemos 25 horas de viaje acá en el barco”, indican.

Más allá del cansancio lógico y del hecho de que cuerpo que va pasando factura después de tantos kilómetros recorridos, los motociclistas aseguran que el entusiasmo sigue intacto para seguir adelante para cumplir con el objetivo propuesto.

Durante el trayecto, los viajeros visitaron las Guyanas y entraron a Venezuela, Boa Vista, Surinam y Guyana Francesa. “Para pasar a Brasil de ahí fue una aventura, porque estaba la frontera cerrada. Teníamos que esperar tres días para que vaya el ferri y tuvimos que cargar las motos en balsas chicas . Dijimos ‘que sea lo que Dios quiera’ y por suerte pasamos bien y seguimos. Imaginate lo que valen estas motos y veníamos en unas lanchitas que no sabíamos si íbamos a pasar, pero era eso o esperar tres días más a que abrieran la frontera”, recuerdan.

Ahora el equipo está emprendiendo el regreso y todavía le quedan recorrer más de 5000 kilómetros para volver a casa. “Nos queda Uruguay y después regresamos, ocho días más mínimo”, señalan.

Francisco relata que lo que más les llamó la atención fueron los constantes cambios de idioma mientras iban pasando regiones y países, sobre todo en la zona de Guyanas. “Del brasilero al inglés, del inglés al francés y algunos dialectos que no entendemos nada. Pero, gracias Dios, medianamente lo pudimos hacer. La gente nos ayuda mucho en todo sentido, indicando los caminos por donde ir para no tener mayores problemas. Igual nos hicimos entender”, destacan.

Los viajeros coinciden en que la parte negativa de la aventura fue ver condiciones extremas en la cual vive mucha gente. “Vimos mucha pobreza, arroz en todas las comidas, viandas descartables que se volvían a usar. Llevamos carpa, pero no hemos dormido en ellas, pero sí hemos tenido que inflar los colchones para dormir en hoteles que no tenían lugar”.

Sin duda, el trabajo de grupo fue fundamental para sortear las vicisitudes que se iban presentando en un camino muchas veces incierto. Una experiencia transformadora que cobrará aún más notoriedad al recordarla cuando pasen los años.

Ignacio Castro. Redacción Puntal