Opinión | trump | gente | solidaridad

Gente que da lo mejor cuanto más bravas se ponen las cosas

En esta página no nos pasa, porque siempre hemos sido cultores del optimismo y la buena onda, pero hemos escuchado que hay gente propensa al bajoneo que, dicen, no la está pasando bien. Para ellos tenemos algo mucho más importante que los anuncios de que “estamos ganando”, los refuerzos en cash, las bolsas de comida de primera -a juzgar por los precios-, los créditos a tasa cero o las exenciones de impuestos que igual ni soñábamos con pagar. Tenemos la certeza de que de esto vamos a salir, cuando salgamos, siendo mejores. Mejores personas y mejores como especie. Aprovecharemos que el aire está más limpio y los pececitos volvieron a los ríos para no volver a contaminar. Habremos aprendido que nadie se salva solo. Los que la juntaron con pala cuando todo se caía a pedazos -como Netflix, Amazon o los tipos estos que compraron barbijos y alcohol en gel en el momento justo para que después no le faltaran al que estuviera dispuesto a pagarlos como oro- serán los primeros en salir a compartir. No sus ganancias, se entiende, no es gente tan prosaica y materialista, sino su experiencia vital para que sepamos que por mal que nos esté yendo, con esfuerzo y talento -y a veces algo de información privilegiada-, nada es imposible. No queremos ser reiterativos, pero es lo que hay: de esta saldremos más solidarios, más empáticos con el otro, más mejores, bah.

Empecemos por la cumbre: esta misma semana Donald Trump dispuso el cierre total de la inmigración a los Estados Unidos para “proteger a los trabajadores norteamericanos”. Claro, si Estados Unidos es el país con más contagiados -de hecho, con más contagiados que los cinco países que lo siguen en el ranking sumados- podría haber dicho que en realidad está protegiendo a los inmigrantes al impedirles meterse en el lugar más apestado del mundo. Pero en realidad su preocupación es que no compitan por los empleos, después de que se perdieran 22 millones en el último mes y pico. Es la famosa sensibilidad de Donald, exacerbada en este caso porque entre ellos están unas cuantas decenas de miles que echó de sus hoteles, suponemos que porque la crisis les da las mejores oportunidades para que salgan a buscar nuevos horizontes. De todas maneras, los aportes de Trump no se agotaron allí:  más adelante en la semana, sacó a relucir su lado científico y también sugirió tratar el Covid-19 con “inyecciones de desinfectante” o “introduciendo luz solar en el cuerpo”. Claaaaro, tanto joder con que la vacuna tardaría un año, con que no hay tratamientos específicos, con el barbijo, el alcohol en gel y el lavado de manos, con que no van a alcanzar las camas ni los respiradores, al final la solución pasaba por una buena jeringa cargada de lavandina o un vaso lleno de jugo de rayos ultravioletas concentrados. No se entiende por qué los médicos no siguen los consejos científicos de Trump, la pandemia se terminaría mucho más rápido.

En cualquier caso, la solidaridad no tiene un color político particular. Nunca vamos a terminar de agradecerles a los líderes chinos sus esfuerzos para que no nos enteráramos de la existencia del Covid-19 demasiado temprano, cosa de que no nos inquietáramos innecesariamente. Los tipos hasta hicieron desaparecer a los ortivas que en su individualismo exacerbado hacían advertencias alarmistas, sin entender la necesidad de actuar coordinadamente para mantener todo bajo control. También admiramos su escrupulosidad en materia estadística: después de varias semanas y cuando ya habían festejado el final de la epidemia se dieron cuenta de que habían cometido un pequeño error en el conteo y que en realidad tenían un cincuenta por ciento más de muertos de los que venían denunciando. Impresiona el espíritu de colaboración entre Trump y los chinos: cada intervención de una de las partes parece pensada para que la otra dé una imagen más seria.

Otra gran noticia llegada desde el exterior: “Un estudio muestra que la nicotina podría proteger del coronavirus”. Debemos decir que no nos sorprende. Ya hace años aquellos que más saben del tema, es decir las tabacaleras, nos habían presentado un estudio financiado por ellos, de generosos que son nomás, que demostraba que el tabaco curaba el mal de Parkinson. Y decí que la comunidad científica condicionada por intereses espurios los descalificó de inmediato, si no probaban que también es bueno contra el mal aliento, los callos plantales y la depresión que suele agarrarles a los pacientes cuando se les comunica que tienen cáncer de pulmón. No sabemos si estos benefactores de la humanidad volvieron a la carga con su vocación de aportar a la medicina, pero nos imaginamos que con estos resultados promisorios comunicados en Francia estarán dispuestos a reavivar ese espíritu solidario y colaborar desinteresadamente con el financiamiento de esta gran opción terapéutica. Por lo pronto, sin pretender erigirnos en epidemiólogos ni nada semejante, desde aquí estamos en condiciones de asegurar que el aporte del pucho al sistema sanitario en el marco de la pandemia es invalorable: los cadáveres con bronquios taponados de alquitrán y arterias hechas una piltrafa no ocupan camas ni usan esos tan escasos respiradores.

De todas formas, como la solidaridad bien entendida empieza por casa, hablemos de lo que pasa aquí. Todo bárbaro. El jovenzuelo mendocino que violó la cuarentena, salió en el auto de papá y atropelló y mató a dos motociclistas le prometió al juez que ahora sí va a quedarse en casa; la mujer que mordió, rasguñó y les tiró gas pimienta a los policías que trataban de mandarla a la casa descartó que para su próxima batalla en defensa de las libertades constitucionales lleve una 9 milímetros, a lo sumo se conseguirá una táser; los consorcistas que tanto se preocupan por la salud de sus vecinos médicos y enfermeros profundizan sus sofisticadas estrategias de prevención: ahora directamente les avisan que si no se mudan podrían sufrir un desgraciado accidente. Y esos quejosos disconformes porque la cuarentena los agarró en un lugar diferente de su residencia habitual, y dicen no poder volver por más que lo intentan, que aprendan de Marcelo Tinelli, que va y viene sin problemas de su humilde residencia porteña a su casita de Esquel y del avión a la cuatro por cuatro, siempre junto con su familia y cumpliendo escrupulosamente con todas las normas. Sacrificios que realiza sin quejarse, comprometido como está en la lucha contra el hambre. ¿No tendrían que convocarlo también para una mesa en favor de la equidad?

Mientras tanto, y volviendo a la solidaridad entre vecinos, nos ha alegrado la explicación de que en realidad eso de que El Alberto de acá al lado le ha puesto un cerco a su provincia, antojadiza versión emanada de los sofisticados mecanismos de prevención instrumentados allí, como las pilas de tierra amontonada bloqueando los caminos, es una falsedad y un infundio. Ya quedó aclarado que cualquiera es libre de transitar por San Luis, con tal de cumplir con el lógico requisito de guardar catorce días de cuarentena en un coqueto hotel acondicionado para la ocasión al módico precio de tres mil quinientos pesos la noche. Lamentamos no haber podido confirmar la versión de que el hotel puesto a disposición de los visitantes es propiedad del mismísimo Alberto, aunque no nos extrañaría, porque sabemos que pertenece a esa clase de políticos que cuando la Patria les pide un poquito más no le esquivan al bulto y, sobre todo cuando la mano viene complicada, siempre le encuentran la vuelta para sacarles agua a las piedras. Y, sin que esto suponga desconocer los méritos que ostenta en situaciones normales, es en estos momentos complicados cuando se nos presenta con la mejor versión de sí mismo.

FUENTE: Puntal.com.ar