Cuando daba la impresión de que la negativa de Donald Trump a reconocer su derrota electoral ya constituía un final digno de una Presidencia caracterizada por el desprecio a las normas y la obsesión por modelar la realidad de acuerdo con sus deseos, la ocupación del edificio donde funciona el Poder Legislativo de los Estados Unidos por parte de una horda de fanáticos instigados por él ha presentado al mundo un cuadro de caos inédito para la que sigue siendo la primera potencia mundial. Ni siquiera desde el reconocimiento de una extrema ineptitud intelectual y moral para desempeñar el papel en el que lo colocó el pueblo norteamericano, una obviedad para cualquier observador medianamente atento desde 2016, era posible imaginar un desenlace tan costoso en términos de prestigio y autoridad para un país que aun con sus claroscuros y profundas contradicciones siempre pudo exhibir sus credenciales democráticas con orgullo y convicción.
El rechazo de Trump a los resultados de la elección de noviembre y sus denuncias de un fraude gigantesco, basadas exclusivamente en su palabra y sin el menor sustento en pruebas materiales concretas, no alumbraron otra cosa que una sucesión de presentaciones judiciales infructuosas e intentos irregulares de presionar a funcionarios públicos electos o no para que violaran la ley en su beneficio. Sus posibilidades de prosperar siempre aparecieron como tan utópicas que la especulación general fue que el presidente no procuraba en realidad permanecer en el poder, sino retirarse como víctima y no como perdedor.
Sucesos como los del miércoles, sin embargo, han llevado a revisar esa hipótesis a partir de su interpretación como una variante de “autogolpe” de Estado, al estilo de los que suelen ensayarse en democracias menos consolidadas. La dolida reacción de algunas figuras prominentes que lamentaron que Trump pusiera a los Estados Unidos a la altura de una “república bananera” -utilizada entre otros por el expresidente George W. Bush- se suma a la calificación de lo ocurrido como un acto de “terrorismo doméstico” para alejar definitivamente la imagen de la conducta del mandatario saliente como una mera estrategia para mantener protagonismo en la escena política una vez fuera de la Casa Rosada.
Aun cuando en las horas posteriores al desquicio en el Capitolio el mensaje de Trump sugiere, si no la aceptación de la derrota, al menos cierta resignación, subsiste inevitablemente una fuerte sensación de desasosiego a partir de la realidad de que seguirá ocupando la Presidencia de los Estados Unidos durante casi dos semanas, lo que implica, por citar el ejemplo más crítico, el acceso a los códigos para el lanzamiento de armas nucleares. Puede parecer demasiado, pero si hay algo que han enseñado estos cuatro años -y sobre todo el episodio del miércoles- es que tratándose de él incluso los temores que se presentan como exagerados quizá no lo sean tanto.
Y en el largo plazo, aun si el alivio por el alejamiento de Trump llega sin más sobresaltos, queda un legado penoso expresado en los más de setenta millones de votos que recibió, así como en las encuestas según las cuales más de un tercio de los norteamericanos concede credibilidad a sus desilvanadas denuncias de fraude. Y una sociedad cuyas profundas divisiones no fueron provocadas por su espectacular irrupción en la escena política, sino que por el contrario volvieron posible este despliegue de irracionalidad y demagogia que no sólo en este rincón del mundo encuentra un ambiente propicio para crecer y desarrollarse.

