Un crimen atroz, un mar de dudas y una condena que arde
Desde las 19, convocaron a una manifestación para protestar por el fallo que le aplicó 15 años de cárcel a Sergio Medina. Paso a paso, cómo se fue gestando una controvertida decisión judicial. El gran interrogante: ¿en qué se basó el tribunal para culparlo?
-¡Es una estatua! Este hombre es una estatua. No se mueve, no habla. Pero no se confundan: que esté sentado acá alguien acusado de un crimen no significa que sea el asesino.
La descripción de Carlos Hairabedian, la larga noche del viernes último, se dirigía especialmente a los jurados populares. A ellos buscaba persuadir, a ellos apuntaba cuando una y otra vez machacaba: “No hay que confundir la creencia con la verdad. Hoy ustedes son una especie de divinidad porque van a decidir sobre la vida de una persona. En el rol que ustedes tienen no pueden decir “yo creo”, sino que deben demostrar con pruebas su decisión, y acá no las hay”.
Los 12 sentados en las dos hileras de butacas del tribunal lo seguían arrobados. El histrionismo del hombre de 85 años y vestimenta llamativa, combinados con sus vastos recursos idiomáticos, mantenían la atención del jurado.
“Los tiene en el bolsillo”, era la percepción general.
Después del exhaustivo alegato del fiscal de Cámara que acabó admitiendo no tener pruebas ni indicios para pedir una condena, y transcurrido el tenso alegato del querellante que no logró fluidez discursiva ni agregó elementos que complicaran al acusado, la animada exposición del veterano defensor cordobés se centró en remarcar que la ley es clara: si hay duda, si no hay elementos probatorios, entonces no hay certeza ni hay posibilidad alguna de que alguien sea condenado.
Aun así, la maratónica noche del viernes tenía reservada una última sorpresa: los ocho jurados populares y los dos jueces técnicos habilitados para votar coincidieron en que “esa estatua”, ese hombre incapaz de dejar traslucir amor u odio, fue el que el 9 de mayo de 2017 entró al negocio de ropas Mil Sol y descargó 33 puntazos con un cuchillo monofilo sobre el cuerpo de Claudia Muñoz, hasta que uno de esos ataques alcanzó la zona abdominal de la mujer y le dio muerte.
El controvertido fallo abrió el interrogante que recién empezará a despejarse el 9 de marzo, cuando la Cámara Primera del Crimen haga públicos sus fundamentos: ¿En qué prueba se basó el jurado popular en bloque y los jueces Natacha García y Daniel Vaudagna para inclinarse unánimemente por la condena por homicidio simple?
Y una pregunta adicional. Si la conclusión fue que Medina y no otro era el asesino, ¿con qué argumentos el tribunal desbarató los agravantes por femicidio y ensañamiento con que la causa llegó a juicio? ¿Treinta y tres embates a repetición con un cuchillo y hacia una mujer indefensa no constituyen ningún agravante?
Este cronista y el resto de los colegas que siguieron de punta a punta las cuatro maratónicas jornadas de la audiencia que se celebró en un auditorio colmado, coincidieron en la orfandad probatoria.
Más allá de las percepciones subjetivas, de las frases que cualquiera puede encontrar en las redes sociales (“estoy convencido de que lo hizo”, “tiene todo el aspecto de ser un asesino” o todo lo contrario, “no mata una mosca”, o “buscaron un perejil”); más allá de eso, el juicio oral y público no agregó un solo elemento al cuadro probatorio que enhebró el fiscal de Instrucción Fernando Moine para detener y luego enviar a juicio a Sergio Medina.
Lo admitió cabalmente Julio Rivero en su alegato. El funcionario judicial más interesado en recoger material de prueba para fundamentar un pedido de condena se topó con una muralla que le impidió siquiera bosquejar el plan asesino del hombre que tenía sentado en el banquillo de los acusados.
“No tengo pruebas, ni siquiera indicios que me lleven a acusar a este hombre”, aceptó.
Lo que siguió después de su alegato fue un gesto que resultó muy elogiado por el propio abogado defensor. (“En los años que llevo en la Justicia nunca vi que alguien tuviera este gesto heroico de hablarle cara a cara al público”, destacó Hairabedian).
Rivero abandonó su silla, se plantó frente al auditorio y defendió la investigación inicial. Dijo que el tipo de pruebas que reunió Moine lo habilitaban a llevar a juicio al acusado, pero aclaró que en el proceso oral se necesitan argumentos más concluyentes para decidir una condena; “ser fiscales no nos puede transformar en acusadores a ultranza”, remarcó mirando hacia una primera fila de butacas poblada por trabajadores de las distintas fiscalías.
A continuación dijo algo más: apuntando con la mirada hacia el flanco donde estaban los deudos, recordó el testimonio que en esos días dio una de las hermanas de la víctima, Carmen Muñoz, y se detuvo en una frase: cuando hacía de comer y se cortaba un dedo, Carmen decía "a la mierda, cómo arde", y se le venía la imagen de su hermana”, contó Rivero y remató: “Con este pedido absolutorio y teniendo la íntima convicción de quién es el asesino, esta decisión me arde en el alma".
Esa contundente expresión del fiscal tuvo un efecto inmediato y, acaso, un efecto bumeran.
El efecto inmediato fue la descompensación de la persona aludida por el fiscal, Carmen Muñoz, quien se encontraba entre el público y tras escuchar esas palabras entró en una crisis de llanto. Como no podían calmarla, intentó retirarse por sus medios, pero debieron sostenerla entre varios y se desvaneció en la puerta de la sala.
El efecto bumeran acaso se dio en los miembros del jurado popular: después de un valiente y pedagógico alegato que se centró en explicar qué tipo de pruebas se necesitan para condenar y, por qué en el caso puntal renunciaba a acusar, el cierre dejó flotando la idea de que, pese a todo, para Rivero el asesino no era otro que el hombre apocado de 49 años que tenía enfrente.
De ahí a interpretar que en los dos años y diez meses desde la muerte de Claudia Muñoz se reunieron pruebas suficientes para condenar al sospechoso había un largo y espinoso trecho.
Sin embargo, lo menos probable, lo que después de los tres alegatos parecía impensado, sucedió: en un mar de dudas emergió la condena unánime.
¿Qué pasó en esas cuatro horas de debate?, ¿que fue lo que convenció a 8 ciudadanos sin conocimientos en leyes y a dos jueces técnicos para dictar una condena que arde?