Opinión |

Una partida de defunción que no debe ser prematura

Aun cuando en un contexto económico plagado de contrariedades pueda aparecer como un asunto menor, la decisión de postergar la fecha de salida de circulación de los billetes de cinco pesos resulta indispensable para evitar lo que podría constituir un obstáculo significativo a un vasto número de transacciones y terminar perjudicando sobre todo a los sectores más vulnerables.

A pocos días de la fecha fijada para la pérdida de poder cancelatorio de los billetes de cinco pesos, el Banco Central de la República Argentina ha resuelto una prórroga de un mes luego de recibir pedidos en ese sentido de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios (CAC) y de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (Came). Aun cuando en un contexto económico plagado de contrariedades pueda aparecer como un asunto menor, la decisión de extender los plazos -que en todo caso habría que ver si es suficiente- aparece como indispensable para evitar lo que podría constituir un obstáculo significativo a un vasto número de transacciones que se dan en el seno de la sociedad y terminar perjudicando sobre todo a los sectores más vulnerables.



Desde luego, la evaluación de que al instrumento de pago en cuestión le ha llegado la hora no merece objeciones en sí misma, en tanto la depreciación del peso ha llevado a que el valor del billete verde que tiene la imagen de José de San Martín en el anverso haya quedado hoy por debajo de los diez centavos de dólar. Inclusive podría decirse que a la ya contemplada, aunque todavía sin fecha, desaparición del papel de diez pesos no debería tardar en sumarse la del de veinte, sobre todo tomando en consideración que no se espera una reducción demasiado sustancial de la inflación en el corto plazo.



Sin embargo, aunque la salida de circulación de un billete de tan escaso valor sea lógica, no parecen haberse contemplado los pasos prácticos necesarios para la materialización de la medida. Así lo sostiene justamente la CAC en la nota enviada al presidente del Banco Central, Miguel Pesce, en la que cita un relevamiento realizado a lo largo del territorio nacional según el cual “muchas entidades socias” de esa asociación de tercer grado  “manifestaron su preocupación por el faltante de monedas de esa denominación”. Del mismo modo, la Came advirtió que los billetes de cinco “aún circulan frecuentemente en el comercio pyme, sobre todo en el interior del país”, lo cual resulta comprobable dado que desde agosto pasado, cuando se estableció el cronograma para su retiro, solamente salió de circulación el diez por ciento del total de los papeles.



Desde luego, como probablemente puede certificar cualquier ciudadano corriente, al menos en el interior del país -se sabe por experiencia que cuando se producen este tipo de reemplazos la preocupación de las autoridades se concentra en proveer al área metropolitana en primer término, y luego a los demás grandes centros urbanos, para relegar a las poblaciones medianas y pequeñas-, no se trata de un problema advertido únicamente por los socios de la Cámara. Las monedas de cinco pesos son por ahora un artículo escaso, podría decirse hasta raro, y era imposible que en el corto tiempo remanente aparecieran las suficientes para cubrir la demanda de piezas de esa denominación que hoy existe en la vida cotidiana. De hecho, da toda la impresión de que la prórroga de un mes bien podría quedarse corta.



En cuanto a la percepción de que los inconvenientes derivados del faltante son menores en relación con las dificultades económicas que atraviesa la población, bien podría decirse que precisamente por eso debería evitársele un incordio adicional, a partir de la aplicación de una medida que nadie puede caracterizar como urgente. Es de esperar que se extienda la vida útil de los billetes de cinco por un tiempo más, al menos hasta tanto quede más allá de toda duda que ya no son necesarios.

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