Liliana Herrero: crece desde el pie

La cantora entrerriana, magníficamente acompañada, mostró una vez más esa capacidad para hacer suya cada canción, reinventarla y hacerla parte de su concepción del hecho artístico.
 
“Crece desde el pie, musiquita, crece desde el pie. Crecen los mejores amores, crecen desde el pie. Cantan para usted los cantores, crecen desde el pie”

 (“Crece desde el pie”. Alfredo Zitarrosa)


Un desprevenido que entra de pronto a un recital de Liliana Herrero puede sentir una sensación acusada de estar frente a una impostura: la gestualidad desbordada, la forma de implicarse, corporalmente, de la intérprete entrerriana, podrían parecerle una exasperación de las formas.

Pero si ese mismo desprevenido espectador está dispuesto a no dejarse llevar por las primeras impresiones, terminará, casi seguramente y a poco de ver y escuchar, pegado a esa expresividad envolvente que está muy lejos de ser un gesto exterior sino todo lo contrario: el reflejo de una profundísima interpelación a la esencia de cada pieza.

Hay un halo de sensibilidad tan imponente que se despide en torno al modo en el que canta, con todo el cuerpo, Liliana Herrero, que da cuenta de su empatía profunda con la fragilidad de las almas, entendiendo el canto como la expresión del continente humano tan inestable, que en lo más profundo nos iguala.

Para trabajar esa expresividad canción por canción, y allí está el detalle preciso para hacernos comprender que no se trata de una gestualidad estudiada, la cantora cuenta con un marco musical impecable y muy creativo, que también atiende a las necesidades de recubrir la arriesgada y magistral tensión armónica que genera ese modo de cantar.

Tres maravillas

La lista de hallazgos del repertorio sería interminable: quedémonos con tres maravillas: “Sonko querido”, derrumbando la contundencia de la chacarera, “Ay soledad”, desgarradora visita al desgarrador tema de Chacho Müller y la magistral, se diría que definitiva versión de “Pastor de nubes”, expresiones de cómo ella concentra el nacimiento de la palabra y la música en unión indestructible.

Cuando ella misma dice que elige para ese repertorio los temas que la interpelan está diciendo que, además de cantarlos desde la raíz, los incluye en un universo que va más allá de cada canción y que se integra, con la fuerza de un nudo gordiano, a una concepción global, previa e innegociable, del hecho artístico.

Los que la conocen, la han escuchado, saben que Liliana Herrero quiebra las secuencias rítmicas, se atreve al falsete con tono bagualero allí donde no se lo espera, amplía silencios o se suspende donde no los hay. Y se yergue con esa canción suya (aunque no las haya escrito, lo son una vez que las canta) haciéndola crecer desde el pie, poderosa e indetenible, como los mejores amores, como la revolución, y como la musiquita, que dice Zitarrosa.

Ricardo Sánchez