Cada jardinero trabaja su material a su forma. En la construcción de un jardín, los materiales principales son, obviamente, las plantas. Este componente vivo se mueve y se transforma, y necesita de cuidados específicos según la especie. Yo tengo mis caballitos de batalla, e incorporo cada vez más nativas en los diseños.
Para una cortina de mediana altura, puedo pensar en el Tala (Celtis tala), que posee la generosa cualidad de crecer relativamente rápido y llegar a medir unos 8 metros o más. Me gusta combinarlo con Moradillo (Schinus fasciculatus) ya que estos mantienen su follaje todo el año y tienen el tronco vestido, lo que les da la ventaja de cubrir bien hasta abajo.
También se comportan muy bien con la poda, generando buenos rebrotes que contribuyen a un mayor cerramiento donde es necesario. El Moradillo es el reemplazante natural del Crataegus (Pyracantha sp.) que es muy utilizado por poseer espinas, pero tiene la triste cualidad de ser invasivo provocando serios problemas a los ambientes naturales y productivos.
En lo arbustivo, muchas plantas de nuestro monte pueden usarse con buenos resultados de velocidad de crecimiento y buena cobertura.
El Tumiñico (Lycium cestroides), el Durazno de campo (Kageneckia lanceolata), la Chilca blanca (Baccharis dracunculidoria), la Jarilla (Larrea divaricata). Todas especies nativas arbustivas de rápido crecimiento, con flores atractivas y buena cobertura. Excelentes cualidades para cerco vivo.
Las cortinas y cercos contribuyen a generar el ambiente adecuado para el cultivo de especies de jardín o huerto. Asisten en la construcción del microclima deseable para que nuestras plantas crezcan sanas y fuertes, protegiéndolas de los vientos más intensos, los fríos más extremos. Atemperan el ecosistema jardín y también nos brindan una protección en el uso con fines recreativos.
Que el viento no nos detenga. En estas tierras pobladas desde hace siglos, el clima es un componente esencial del paisaje. No luchemos tanto contra él, incorporémoslo a nuestra vida con dicha ya que nos da la increíble oportunidad de limpiar nuestra mente. Aprendamos de la tierra que generó el abrigo perfecto, resistente y forjador para que todos los seres vivos que en ella habitan podamos desarrollar nuestra vida en equilibrio y cooperación. Nuestros jardines son parte de ese ambiente.
El viento antiguo
Es otra vez agosto en la “tierra de los comechingones”. Todavía recuerdo bien el agosto en que puse el pie en Río Cuarto. Tierna, venía de Buenos Aires con mi bolso y mis ilusiones. La vida de adulta comenzaba en esta región desconocida.
El viento me recibió con su potencia del norte, caluroso y seco. Brindaba mi cuerpo a la ventisca para que limpiara los miedos y me llenara de fuerza. Con el tiempo me fui dando cuenta de lo importante que era el viento en esta zona, por momentos tan agotador.
Sigo acordándome de ese primer encuentro y todavía disfruto de la energía que nos regala. Me lleva por un segundo a la mujer que fui recién llegada a Río Cuarto, me devuelve a la raíz profunda y bien extendida.
Al poco tiempo de llegar comencé a trabajar como jardinera, aprendiendo las formas del lugar. Me encontré con miles de plantas a las que no les había puesto nunca nombre. Me acuerdo que llevaba una libreta a todos lados, en donde anotaba los nombres que iba aprendiendo con una pequeña descripción o comentario para acordarme a cual me refería. Las anotaciones eran algo así como “yuyito bajo que estaba en la esquina del departamento; flores azules”, con su nombre científico y común al lado.
Eso era suficiente en ese tiempo para conectar los hilos mentales y recordar la planta en cuestión. Así fui armando mi mapa cerebral de cómo hacer jardinería en estos lares. Incorporé el paisaje y el clima al tiempo que me fui haciendo a la ciudad. Me bastó una tormenta de verano para saber que debía cuidarme de las nubes azul verdosas cuando vienen del sur. Mi pelo, que en Buenos Aires se comportaba como un remolino en plena tormenta, se volvió lacio, y aprendí a moverme siempre con una crema de cacao en los bolsillos. Las lluvias de verano son cortas y enérgicas, las de invierno largas y suaves. La sequía puede prolongarse caprichosa.
Y el viento. Éste se anuncia con la llegada de la primavera. Algunas mañanas son apacibles de brisas frescas, y uno se ilusiona con una tarde soleada en el jardín. Pero cerca del mediodía puede empezar a soplar, inicia suave y se va escalonando hasta expresar toda su fuerza. Si sigue durante la noche podemos estar seguros de que nos esperan varios días de fuertes vientos, polvo en el aire y calor.
Todo eso fui incorporando hasta que se transformó en algo obvio, en parte de la mujer que soy hoy casi veinte años después.
Y en ese escenario aprendí. Fue plantar un jardín y que venga una pedrada, o el viento seco y sofocante del norte dejando los vegetales marchitos. Asimilé en poco tiempo que ante todo necesitaba generar una buena protección.
Después vendría el jardín. La sombra se convirtió en uno de los más grandes valores, al igual que un buen cerco verde de árboles o arbustos. Las plantas nativas se volvieron la costumbre y obsesión, ya que me pareció casi desde el principio, tan necesario, adaptarnos al entorno y no, el entorno a nosotros.
Por ing. agr. Ana Lund Petersen
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