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Violencia de género: “Hay que salir a tiempo porque la herida es muy grande”

Una mujer rompe el silencio y comparte fragmentos de las situaciones de violencia que atravesó durante los primeros años de su matrimonio a la par de sus hijas. Hoy, se anima a mirar hacia atrás con fortaleza y alza la voz para que no les pase lo mismo a otras mujeres.
 
Malena tenía 20 años de edad y seis meses de casada cuando recibió la primera cachetada. Su marido, un año mayor que ella, había sido su primer novio. “Era muy intenso, cuando se enojaba en el noviazgo, por ejemplo, era de imponerse. Se hacía lo que él quería, pero yo lo naturalizaba, creía que era la personalidad de él, no sabía las consecuencias que podía llegar a tener”, cuenta la mujer que hoy tiene 65 y por primera vez decidió dar a conocer su historia pero preservando su identidad.

-¿Sentiste que había algo que estaba mal en ese momento?

-No me sentí culpable. Sentí como una horrible sorpresa. Era una persona en quien yo confiaba mucho y aparte yo arrastraba también la violencia  de mi papá con mi mamá..., la vivimos, la sufrimos como hijos.  Yo en mi casa había vivido mucha violencia. No quería que me pasara ni pensaba que me iba a pasar. 

-¿Pudiste hablar con alguien sobre ese episodio?

-No le dije a mi mamá, creo que le comenté a alguna amiga.  Aparte no podías decirlo porque te decían que tenías que volver a tu casa, que tenías que callarte. Mi mamá había vivido eso, y mi abuela le había contestado así: ‘Si te casaste ahora te las aguantás, volvé a tu casa con tu marido, tus chicos’. Era una generación muy anterior, con otras ideas.

-¿Tu papá te había pegado ?

-No, a mí no, pero a mis hermanos sí. A uno especialmente le pegaba siempre. 

-Y con tu exmarido, ¿lo hablaste apenas sucedió?

-Sí. Me pidió perdón, me dijo que no iba a volver a pasar. 

-¿Le creíste?

-Sí.

La promesa de no más golpes se quebró al poco tiempo. Antes de que Malena pudiera cerrar las heridas, volvió atravesar otras situaciones violentas. Una de las más fuertes, cuando estaba embarazada de ocho meses, a punto de dar a luz a su primera hija.

-¿Nadie de tu familia se dio cuenta de lo que estabas viviendo?

-Capaz que no querían verlo. Lo miraban mal a él cuando se ponía agresivo. Me trataba mal al frente de mis hermanos. Ellos me decían “es un loco” pero nunca me dijeron “separate”. 

Era un tipo muy carismático, con ideas inteligentes, muy autodidacta y muy bien informado. Encima era elegante, era alto, lindo. Además, en mi familia le tenían cariño al conocerlo de chico. 

-¿Pensaste alejarte de él?

-Yo me había quedado muy marcada por la separación de mis padres, entonces tenía la consigna de ‘nunca me voy a separar, voy a mantener el hogar, con hijos, voy a luchar por eso’ y pensé que era algo casual, que no iba a volver a pasar. 

-¿En qué momento te separás?

-Fijate que lo que rebalsa el vaso es que él conoce a otra chica y se entusiasma con esa relación. No se lo podía catalogar de un tipo mujeriego. Pero se enamora de la chica y se vuelve un pendejo. Ella tenía 18 y él 30. Yo los encontré y le pregunté: ‘¿Vos estás saliendo con esta chica?’ ‘Sí, y estoy bien con ella, y es lo que quiero ahora’, me dijo. Yo le digo ‘bueno, pero no me cagués económicamente a mí ni a las nenas’.

-¿Y pasó?

-Sí, pasó.

Malena y el papá de las hijas siguieron conviviendo un tiempo pero con camas separadas, hasta que surgió otro episodio de violencia muy fuerte. La mujer, que estaba buscando una casa para mudarse con las nenas, tomó sus cosas y se fue.

Contra las hijas

Malena tiene dos hijas de su primer matrimonio, que hoy son mujeres de 41 y 37. Las chicas fueron testigo de los episodios agresivos que se vivían en la casa, e incluso, blancos también de esa violencia. No sólo física sino psicológica: control, exigencia, palabras de menosprecio de su padre hacia ellas.

“Ninguna mujer se merece la violencia bajo ningún punto de vista, y ningún hijo, hija o hije se merece ver eso, porque las mujeres que estamos en esa situación la pasamos mal, pero los hijos que lo ven quedan marcados para siempre”, dice Estrella, una de las hermanas. 

“Cada vez que me preguntaba algo, yo me ponía nerviosa y me hacia pis del miedo. Sabía que siempre iba a ser la respuesta incorrecta”, señala Ana, la mayor. 

“Cuando ella (Ana) tenía 4 años, el papá era de levantarla de una oreja de la mesa. O de ponerla en penitencia dos horas y ella se tenía que quedar parada en un rincón. Todo eso iba acumulándose y era cada vez más fuerte, como el miedo. Fue lo más fuerte que viví en mi vida”, señala Malena. 

-¿El miedo te paraliza?

-Malena: Sí, sí. Te va quitando fuerzas. El miedo que yo sentía era tan grande que creía que éramos las tres iguales. Llegamos a sufrir violencia las tres el mismo día.

-¿Alguna vez lo denunciaste?

-Sí. Una vez que le pegó a Estrella; recuerdo que era verano porque estaba la fiscalía de turno. Fui y la nena no quiso entrar. Yo denuncié pero después me dijeron que no lo encontraron y no pasó más nada.

-¿Era muy exigente como padre? 

-Ana: Conmigo sí. 

-¿Con qué?

-Ana: En el caso del colegio, nunca me pidió un diez, pero no podía llevarme materias. Yo repetí un año, porque fue un año de descontrol con todos los compañeros, y se enfureció. La última vez que me pegó fue cuando dejé la facultad. Yo había dejado Ciencias Políticas, pero seguía yendo. Èl me descubrió. Llego a casa y estaba cocinando, cuando lo voy a saludar me pega con la cuchara de madera. Me baja y me empieza a pegar en el suelo. Me acuerdo que me dejó la cara deforme. Yo estaba de novia ya.

Nadie escapa

Ana empezó terapia psicológica a los 7, y de más grande empezó a militar en el movimiento de mujeres. “Nadie se salva de esto”, afirma. Y narra su experiencia más reciente: “Cuando ya estaba separada y todo de la última pareja que tuve, decido viajar a Las Albahacas a acompañar a mi ex porque había fallecido su papá e iba a pasar solo las fiestas. Fue hace dos años. Cuando llegué, estaban el tío, el hermano, no es que estaba solo. Pasamos toda la noche festejando y ese día me levanto como a las 22, decido ir a buscar algo para tomar. Estábamos en las sierras, todo oscuro. Me quiere acompañar y cuando se para no podía caminar. Le digo que se mire el estado y grita: ‘Ya empezás, feminista de mierda’”. Ana dio detalles de lo que siguió después: empezó a juntar sus cosas para irse del lugar y él la siguió hasta la habitación. Ahí empezó a gritar, simulando que ella le pegaba y soltaba frases como “no me pegues, no me ahorques”. La mujer logra salir del cuarto y él  por detrás. Agarra la llave de la moto y la arroja en la oscuridad. “Me caigo, porque me tropiezo con una piedra, él se me pone encima y me golpea con las dos manos”, revive. Ana quedó con todo el rostro ensangrentado, moretones y por unos días no se pudo colocar el casco de la moto para regresar a la ciudad. “No hice la denuncia. Si hubiese sentido que la violencia iba a seguir, sí la hubiese hecho”, afirma. 

-¿Lo volviste a ver?

-Sí, lo veo, no como pareja. Me hizo muy mal, porque tenés una soberbia de que venís laburando el tema y no te va a pasar a vos, y se te cae la biblioteca encima. 

“Cuando ella vuelve de ese viaje, con la cara partida, yo le digo: ‘¿Cómo puede ser que te pase ahora?’”, cuenta Malena. El hombre estaba en la casa y la mamá le ordenó a su hija: “Que se vaya ya”. 

“Ella (Ana) es más comprensiva de lo que yo creo que tiene que ser”, añade su madre. 

-¿Que le dirías a esa mujer?

-Ana: Yo sinceramente la llevo de los pelos a la Policía. 

-Estamos hechos de contradicciones...

-Ana: La subjetividad siempre te va a superar. 

-¿Qué le dirían a todas esas mujeres que están en situación de violencia?

-Ana: Que pidan ayuda, que no siempre va a salir de donde uno espera. Que se acerquen a las mujeres, a sus pares, porque de las instituciones, ninguna está respondiendo bien por ahora. 

-Malena: Se puede salir, no hay que dejar pasar tanto tiempo porque la herida es muy grande. No existe la magia, si no hay tratamiento de los dos, yo creo que generalmente esto se vuelve a repetir. Perdoná pero separate a tiempo porque si no la herida se te hace carne y es muy difícil curar.  Yo no tenía un mango la primera vez que me pegó y no tenía un mango cuando me fui con mis hijas y salimos adelante lo mismo. La paz no tiene precio. 

-Estrella: El amor no duele ni golpea nunca.

Magdalena Bagliardelli

Redacción Puntal