Río Cuarto
Vivir a la intemperie: la historia detrás de los que duermen en la calle
Sergio tiene 48 años y hace 5 que se quedó sin casa. Cada noche, deambula por distintos refugios para descansar. Una vida marcada por las necesidades, la cárcel y la violencia, pero también por la solidaridad de la gente
El invierno no está lejos y los fríos se convierten en cosa de todos los días. O de las noches. Con cinco años durmiendo en la calle, Sergio Herrera (48) lo sabe bien, pero no logra visualizar ninguna alternativa. Nada que lo saque de la intemperie en el corto plazo. La suya es una historia compleja, en la que las necesidades son tan grandes que parecen determinar del todo sus elecciones personales. En la ciudad, según información recabada por este diario, hay al menos otras diez personas en la misma situación. Esos casos plantean un delicado problema para las autoridades, quienes sostienen que viven en la calle por propia voluntad.
Son alrededor de las 9 de la mañana y Sergio sigue recostado en el ingreso abierto de un edificio, aprovechando el reparo de la llovizna, que sólo se ha visto interrumpida por algunos minutos la última semana. La noche fue larga: la pasó cuidando los autos de la calle Alvear, pero también lidiando con los “borrachos” que salían de los boliches, con los que terminó peleando.
“Vivo en la calle y duermo en la puerta del colegio o de la Iglesia. Mucha gente me ayuda, pero yo no tengo casa. No tengo nada. Ahora estoy durmiendo en la entrada de un edificio. Hace 5 años que estoy viviendo en la calle”, relató el hombre.
De profesión, “trapito”
Se gana la vida cuidando o lavando autos: es lo que se conoce como “trapito”. Pero durante la semana pasada se dedicó casi exclusivamente a la custodia de los coches, ya que la lluvia conspiró contra su otra actividad.
“Necesito un hogar, un lugar donde dormir calentito. He hablado con mucha gente, pero todos me dicen que me van a ayudar y al final se van. Ninguno me ha ayudado de verdad. No sé por qué. Me dicen que me van a venir a buscar, pero eso nunca pasa”, confiesa Sergio.
Varias veces durante el diálogo vuelve a enunciar esa necesidad imperiosa, la de tener un techo bajo el que dormir. Parece que es un pensamiento recurrente. El resto de sus compañeros, los “trapitos” de Tribunales, tienen hogar.
“Ya estoy cansado de vivir en la calle”, dirá una y otra vez.
“Yo recibo las cobijas y la ropa que me da la gente, porque son muchos los que me ayudan. Hay otros que me traen té, azúcar o comida. Pero lo que quiero es dormir calentito en una casa”, anhela el hombre.
Hace 30 años que está en Río Cuarto y sabe lo que es tener un hogar. Pero también sabe lo que es vivir preso, por haber cometido un delito grave.
La vida en la cárcel
“Robé y por eso cumplí 15 años en la cárcel de Caseros, en Buenos Aires. Yo me equivoqué, pero ahora no toco más nada que no sea mío, ni le falto el respeto a nadie”, confiesa.
Lo pasó mal cuando estuvo privado de la libertad. Tenía que pelear todo el tiempo: por un colchón, por una cobija, por todo.
Hoy, dice que lleva una vida dentro de la ley. “Por eso no le toco más nada a nadie. Si se te perdió el celular, yo te lo devuelvo, si se te pierde plata, te la devuelvo”, dice.
“Lo que sí me jode es la Policía, porque siempre nos hacen problemas. Te maltratan y a veces te llevan demorado por nueve o diez horas. Y vos no les podés decir nada”, comenta el hombre, con tono de resignación.
Tampoco tiene mejor suerte con los habitúes de la noche de Río Cuarto, y a menudo tiene enfrentamientos con ellos. “Anoche estaba durmiendo acá, y me pegaron entre tres personas, me pegaron una paliza bárbara. Por eso tuve que pelear. Acá te agarran de gil, porque se aprovechan de que son muchos y te pegan porque sí”, asegura.
En el mundo de Sergio no abundan las opciones. Sobre todo, después de una complicada historia familiar.
“No me imagino cómo puedo salir de la calle, por eso me parece que voy a morir acá como mi papá. Creo que muero acá. No me importa nada”, admite.
La solidaridad
La otra cara de la moneda es la solidaridad de los vecinos de la ciudad. “La gente que viene acá y yo le cuido el auto me paga con ropa o con comida. La gente de los bares de por acá, que me conoce, me ayuda con la comida. Puede ser una factura, puede ser una galletita, una pizza o lo que sea”, concluye.
Son alrededor de las 9 de la mañana y Sergio sigue recostado en el ingreso abierto de un edificio, aprovechando el reparo de la llovizna, que sólo se ha visto interrumpida por algunos minutos la última semana. La noche fue larga: la pasó cuidando los autos de la calle Alvear, pero también lidiando con los “borrachos” que salían de los boliches, con los que terminó peleando.
“Vivo en la calle y duermo en la puerta del colegio o de la Iglesia. Mucha gente me ayuda, pero yo no tengo casa. No tengo nada. Ahora estoy durmiendo en la entrada de un edificio. Hace 5 años que estoy viviendo en la calle”, relató el hombre.
De profesión, “trapito”
Se gana la vida cuidando o lavando autos: es lo que se conoce como “trapito”. Pero durante la semana pasada se dedicó casi exclusivamente a la custodia de los coches, ya que la lluvia conspiró contra su otra actividad.
“Necesito un hogar, un lugar donde dormir calentito. He hablado con mucha gente, pero todos me dicen que me van a ayudar y al final se van. Ninguno me ha ayudado de verdad. No sé por qué. Me dicen que me van a venir a buscar, pero eso nunca pasa”, confiesa Sergio.
Varias veces durante el diálogo vuelve a enunciar esa necesidad imperiosa, la de tener un techo bajo el que dormir. Parece que es un pensamiento recurrente. El resto de sus compañeros, los “trapitos” de Tribunales, tienen hogar.
“Ya estoy cansado de vivir en la calle”, dirá una y otra vez.
“Yo recibo las cobijas y la ropa que me da la gente, porque son muchos los que me ayudan. Hay otros que me traen té, azúcar o comida. Pero lo que quiero es dormir calentito en una casa”, anhela el hombre.
Hace 30 años que está en Río Cuarto y sabe lo que es tener un hogar. Pero también sabe lo que es vivir preso, por haber cometido un delito grave.
La vida en la cárcel
“Robé y por eso cumplí 15 años en la cárcel de Caseros, en Buenos Aires. Yo me equivoqué, pero ahora no toco más nada que no sea mío, ni le falto el respeto a nadie”, confiesa.
Lo pasó mal cuando estuvo privado de la libertad. Tenía que pelear todo el tiempo: por un colchón, por una cobija, por todo.
Hoy, dice que lleva una vida dentro de la ley. “Por eso no le toco más nada a nadie. Si se te perdió el celular, yo te lo devuelvo, si se te pierde plata, te la devuelvo”, dice.
“Lo que sí me jode es la Policía, porque siempre nos hacen problemas. Te maltratan y a veces te llevan demorado por nueve o diez horas. Y vos no les podés decir nada”, comenta el hombre, con tono de resignación.
Tampoco tiene mejor suerte con los habitúes de la noche de Río Cuarto, y a menudo tiene enfrentamientos con ellos. “Anoche estaba durmiendo acá, y me pegaron entre tres personas, me pegaron una paliza bárbara. Por eso tuve que pelear. Acá te agarran de gil, porque se aprovechan de que son muchos y te pegan porque sí”, asegura.
En el mundo de Sergio no abundan las opciones. Sobre todo, después de una complicada historia familiar.
“No me imagino cómo puedo salir de la calle, por eso me parece que voy a morir acá como mi papá. Creo que muero acá. No me importa nada”, admite.
La solidaridad
La otra cara de la moneda es la solidaridad de los vecinos de la ciudad. “La gente que viene acá y yo le cuido el auto me paga con ropa o con comida. La gente de los bares de por acá, que me conoce, me ayuda con la comida. Puede ser una factura, puede ser una galletita, una pizza o lo que sea”, concluye.