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"Mi trabajo sirvió para determinar un ADN con nombre y apellido"

Daniel Zabala ratificó la eficacia del método que utilizó en su laboratorio para encontrar semen en la escena del crimen. Sin embargo, el fiscal de Cámara Julio Rivero relativizó los resultados que obtuvo. Al igual que la defensa, se centró en criticar sus procedimientos

Daniel Zabala, el bioquímico riocuartense que encontró semen en el cuerpo de Nora Dalmasso, es un personaje atrapado en una novela kafkiana.

Las muestras que obtuvo en la cavidad vaginal, en el ano y en la vulva fueron las mismas que, años después del crimen, le permitieron al FBI ponerle nombre y apellido al patrón genético hallado en la escena del crimen. No era otro que el del traumatólogo que hoy está acusado de instigar el crimen de su esposa.

Pero lo que podría exhibirse como una “cucarda” profesional, una más en la reconocida trayectoria de quien logró identificar el ADN de cinco de los homicidas de Laura Mansilla, o de quien consiguió la prueba genética que resolvió el crimen de la pequeña Lorena Micaela Ávila, lejos estuvo de valerle un reconocimiento.

Daniel Zabala: El perito que corroboró la presencia de semen en la escena del crimen

Para Zabala el resultado positivo en los dos hisopados y en la torunda de algodón el lunes siguiente al hallazgo del cadáver de Nora se transformó en un viacrucis en su vida.

Y el de ayer fue un capítulo más.

Desde las 9.30 hasta pasadas las dos de la tarde el bioquímico fue sometido a un interrogatorio circular. ¿Por qué? Porque las preguntas con que lo asediaron en forma unánime el defensor Marcelo Brito y también el fiscal de Cámara y el presidente del Tribunal volvían una y otra vez al mismo punto: ¿Qué método usó para obtener las muestras? ¿Qué fue lo que le criticaron desde el Ceprocor y desde la Policía Judicial? ¿Por qué uso un método y no otro?

La enésima vez que le preguntaron a Zabala por el método de “fosfatasa ácida prostática” que usó para hallar semen en las muestras, la paciencia del testigo se agotó.

Sin alzar la voz, pero con una sonrisa contrariada, el bioquímico le contestó al juez Vaudagna.

-Yo no sé. Llevo 5 o 6 horas declarando sobre lo mismo y parece que no entendieron nada.

-¡A quién le dice que no entendió nada!-, se ofendió Vaudagna y con el mismo tono destemplado, le recriminó:

-¡Si hace falta, lo vamos a tener 11 horas acá!

Se hizo un silencio incómodo en la sala.

A todas luces, la del magistrado era una reacción desconsiderada hacia un testigo que tuvo que apelar a sus dotes académicas para explicar cuestiones técnicas, que no parecían tan dífíciles de comprender.

Lo que Zabala repitió una y mil veces fue que el método que aplicó -el de la fosfatasa ácida prostática- era tan específico y eficaz como el que utilizó el Ceprocor para chequear los resultados obtenidos en la escena del crimen -el de antígeno prostático-, con la diferencia de que el primero costaba 40 pesos y el otro valía 1000.

En realidad, no fue la única diferencia.

Mientras el bioquímico riocuartense consiguió determinar la presencia de semen el lunes 27 de noviembre de 2006 y, al día siguiente, volvió a examinar las muestras con resultado positivo, en el laboratorio de Santa María de Punilla no encontraron ningún rastro genético masculino en los hisopos enviados desde Río Cuarto.

El informe que el Ceprocor remitió a la fiscalía de Javier di Santo consistió en una batería de objeciones a Zabala. La principal era que le atribuían haber aplicado la “fosfatasa ácida” (así a secas), un método inadecuado para determinar presencia de semen.

Cuando el testigo escuchó ese tramo del informe dio un respingo en la silla y le explicó al tribunal que había un “error garrafal” del Ceprocor.

-Una cosa es el estudio de “fosfatasa ácida”, que es inespecífico y que puede hallarse tanto en hombres como mujeres, y otra cosa es el que usé yo, el de “fosfatasa ácida prostática”, que determina presencia de semen.

Tuvo que repetirlo varias veces en la sala para que entendieran que no se trataba de un mismo test.

Zabala, quien había llegado al estrado con un traje azul y corbata, acaso se ilusionó con obtener a la vuelta de los años la reivindicación de su tarea, tal como le sucedió el martes al forense local Martín Subirachs.

Pero le bastaron unos pocos minutos para desengañarse.

Marcelo Brito, el mismo defensor que el martes enmudeció frente al forense, recuperó su costado sarcástico y bombardeó al testigo con preguntas fuera de contexto cuyas respuestas tenía macheteadas de antemano.

Así, llegó a preguntarle si sabía en qué año se había aplicado por primera vez la técnica tal o cual. Frente a la incredulidad del testigo, que le replicó si le estaba tomando un examen en público, el juez Vaudagna por primera vez en dos meses ubicó al abogado y le pidió que fuera al grano.

El fiscal Julio Rivero tampoco le prodigó el mejor trato al testigo.

No ahondó en la importancia de la prueba genética obtenida por Zabala, más bien la relativizó y puso por encima de sus conclusiones las del Ceprocor, ¡que no halló huellas masculinas en la habitación donde yacía Nora!

Frente al inesperado cuestionamiento “en bloque”, el bioquímico les recordó:

-Más allá de las excusas que ponen en Córdoba, mi labor sirvió para que el FBI determinara un ADN con nombre y apellido. Eso entre otras cosas permitió que Facundo (Macarrón) fuera sobreseído-, sostuvo mirando a la cara a Brito.

Cuando el fiscal Rivero le pidió que mencionara el nombre y apellido del perfil genético obtenido en la escena del crimen, Zabala le respondió que no le correspondía a él decirlo.

Pero frente a la insistencia del fiscal y del propio juez -“Si lo sabe, digalo”, le exigió-, no tuvo prurito en decirlo con todas las letras.

-Ese nombre y apellido es Marcelo Macarrón.

El destrato hacia uno de los testigos más sólidos que desfilaron por el juicio preanuncia que el fiscal prescindirá de la prueba genética en el juicio.

Aplastado por la sinrazón, como el personaje de “El proceso”, de Kafka, así se fue de la sala el bioquímico que recurrió a su mejor traje para una jornada reivindicatoria. Se advirtió en el tono apocado y en la contundencia de la frase final:

-Hay cosas que son importantes y no me las preguntaron. En lugar de cuestionar a la gente de Córdoba, que no encontró nada, me cuestionaron a mí, que hallé semen. Este juicio está bien orientado para el abogado defensor.

Alejandro Fara. Especial para Puntal