Guillermo Ricca, el docente y filósofo riocuartense, decía en una entrevista publicada el 11 de noviembre que los movimientos de las fuerzas políticas suelen acompañar a los que previamente realiza la sociedad y que, en la actualidad, la mayoría de los partidos se han corrido hacia la derecha porque, con ese giro, apuntan a ganarse la simpatía de una apetecible porción del electorado.

Ese es, precisamente, el derrotero que siguió Gabriel Abrile en su campaña para la intendencia: primero se pegó al Pro y, después, en una vuelta de tuerca aún más pronunciada se abrazó a los preceptos de Patricia Bullrich, cultora de la mano dura y de la permisividad extrema para los policías. Desde la especulación puramente electoral, el ensayo tiene, por supuesto, lógica: si Río Cuarto viene de votar abrumadoramente por Cambiemos en las elecciones presidenciales, por qué no sintonizar con las demandas de esa mayoría.

Para reforzar esa estrategia, el equipo de campaña del médico terapista salió en busca de un excomisario, una imagen que suele agradarle al electorado conservador y que, como consecuencia, fideliza ese voto. En Argentina, a izquierda y derecha se hace campaña con la estética policíaco-militar. Vayan como ejemplos los spots de Sergio Berni dando saltos como si se estuviera preparando para una guerra o las fotos de la propia Bullrich enfundando un look militar.

Sin embargo, esa derechización, que puede ser redituable en términos electorales, encierra a la vez peligros no menores porque en algunos aspectos colisiona con la institucionalidad. La brutalidad de Carlos Borsato, excomisario y exjefe de las Departamentales Sur, no sorprendió por su existencia sino porque se haya atrevido a hacerla pública sin tapujos. ¿Cuántos políticos, policías o ciudadanos piensan como Borsato y creen, por ejemplo, que la dictadura que desapareció, torturó y asesinó gente no estuvo mal después de todo?

Pero una cosa es la presencia de ese pensamiento y otra, muy distinta, es su exteriorización. Juntos por Río Cuarto apunta a ese votante, aunque de manera casi culposa, sin decirlo, sin exponerlo con tanta crudeza. Porque, como se dijo, implica en realidad un menoscabo de la institucionalidad, de esa misma institucionalidad que se aspira a representar.

Al leer los dos tuits que Abrile publicó sobre el caso Borsato se percibe que la redacción debe haber sido un momento difícil. Porque persigue dos objetivos que, en esta ocasión, son contrapuestos: desembarazarse de Borsato porque expresa una visión retrógrada, golpista, discriminatoria, apologista del terrorismo de Estado y machista, pero sin predisponer negativamente a la vez a esos votantes que necesita.

El candidato tenía ante sí dos posibilidades: o publicar una serie de tuits con la postura histórica del radicalismo, con la defensa de las instituciones y la democracia como bandera fundamental, o con la del Pro, que antepone la seguridad, y una visión determinada sobre la problemática, como prioridad absoluta. Eligió, está a la vista, el segundo camino. En sus dos tuits parece que va a repudiar la postura de Borsato pero, en realidad, nunca termina de hacerlo. Cuando dice que nada lo apartará de su convicción, se espera que esa convicción se refiera a la democracia y al respeto a los derechos humanos. Pero no. Se trata de devolverles la seguridad a los vecinos.

Abrile eligió no hablar después de sus tuits. Hubiera sido interesante escucharlo. Porque hay preguntas. Por ejemplo: ¿sabía lo que pensaba Borsato? ¿Cuál fue el criterio para seleccionarlo? ¿O echaron mano de apuro a ese expolicía? Si no lo sabía, ¿tan livianamente eligió a su colaborador en la temática que, en orden de importancia, ha puesto por encima de todas las demás?

En el comando de Abrile dicen que no tenían idea de que el excomisario pensaba lo que piensa. Si así fuera, ese descuido o negligencia se contrapone con el discurso de eficiencia que pretende instalar el candidato opositor, que habla permanentemente de la profesionalización de los equipos de gobierno y de la pericia necesaria para la gestión de la cosa pública.

Si Abrile sabía es grave. Si no sabía, también lo es.

Cerca del candidato sostienen que nadie puede dudar de su convicción democrática. Tal vez. Pero, ante la aparición de un asesor como Borsato, más vale pecar de explícito.