Martes 26. C.C. Leonardo Favio. 21hs.
TIREMOS LOS LIBROS, SALGAMOS A LA CALLE.- En la continuidad del Cineclub Al Filo se cierra la programación de junio de ese ciclo con la exhibición del film del japonés Shuji Terayama, autor de haiku y tanka, poeta, novelista, ensayista, fotógrafo, guionista de radio, cine y televisión, letrista, analista de carreras de caballos, dramaturgo y cineasta que murió muy joven en 1983 y siempre creó a contracorriente y ajeno a la barrera de los géneros y dejó un centenar de obras que lo ubican para muchos como una de las figuras más interesantes de la cultura japonesa de posguerra que, con excepciones , permanece completamente desconocido para el mundo occidental, quizás debido a su muerte prematura.
Pocas películas pueden presumir con tanto desparpajo como ‘Tiremos los libros, salgamos a la calle’ (“Sho o Suteyo, Machi e Deyo”, 1971) de haber logrado plenamente el objetivo principal para el que fueron concebidas: espantar a la burguesía. Cuando la rodó, hacía muy poco del suicidio de Yukio Mishima, asumida por el director como la teatralización de la esquizofrenia de una sociedad floreciente en lo material y perdidísima en lo esencial, necesitada incluso de redefinir eso,lo esencial, viviendo la fantasía de las glorias pasadas y conviviendo con la vergüenza (supertecnificada, eso sí) por las barbaridades cometidas, y una década después de haber firmado la prórroga del tratado de seguridad americano-japonés, con los universitarios tomando las calles y lanzando los apuntes al viento mientras los padres mientras estos les siguen regalando libros sobre cómo triunfar en la vida.
En este contexto convulso, un veinteañero al que la prosperidad nacional no parece haberle reportado beneficio alguno, malvive en una casa junto a las vías del tren, frecuentado de manera discontinua por una abuela ratera, un padre (ex–criminal de guerra, mirón en los baños públicos, tocaculos ocasional y peluquero poco diestro) que quiere educarlo en la disciplina del deporte y una hermana con fobia a los hombres y pasión ilícita por los conejos. Así presenta él mismo a su familia, y encarándose con el espectador acumula un catálogo de escenas para el escándalo: un entrenador de fútbol se autoimpone la misión de iniciar sexualmente a todo su equipo, arrastrándoles al pie de las escaleras de un burdel antiglamoroso. Una bandera de EEUU se quema y detrás de ella descubrimos a una pareja en pleno happening sexual, en el publicitado estilo Ono-Lennon..Y también hay una violación colectiva, y cámaras clandestinas en las calles, gente extraña encarándose con los viandantes o pidiéndoles que descarguen su rabia en un saco de boxeo. Y además perversas confesiones a cámara y la búsqueda infructuosa de una mujer que se hace la permanente y que desapareció con su traje de flores. Colegialas coreando alegres canciones sobre lo que harán cuando se dediquen a la prostitución. Y la poderosa imagen de Japón reducida a “un lagarto encerrado en una botella de Coca-Cola”.
Pocas películas pueden presumir con tanto desparpajo como ‘Tiremos los libros, salgamos a la calle’ (“Sho o Suteyo, Machi e Deyo”, 1971) de haber logrado plenamente el objetivo principal para el que fueron concebidas: espantar a la burguesía. Cuando la rodó, hacía muy poco del suicidio de Yukio Mishima, asumida por el director como la teatralización de la esquizofrenia de una sociedad floreciente en lo material y perdidísima en lo esencial, necesitada incluso de redefinir eso,lo esencial, viviendo la fantasía de las glorias pasadas y conviviendo con la vergüenza (supertecnificada, eso sí) por las barbaridades cometidas, y una década después de haber firmado la prórroga del tratado de seguridad americano-japonés, con los universitarios tomando las calles y lanzando los apuntes al viento mientras los padres mientras estos les siguen regalando libros sobre cómo triunfar en la vida.
En este contexto convulso, un veinteañero al que la prosperidad nacional no parece haberle reportado beneficio alguno, malvive en una casa junto a las vías del tren, frecuentado de manera discontinua por una abuela ratera, un padre (ex–criminal de guerra, mirón en los baños públicos, tocaculos ocasional y peluquero poco diestro) que quiere educarlo en la disciplina del deporte y una hermana con fobia a los hombres y pasión ilícita por los conejos. Así presenta él mismo a su familia, y encarándose con el espectador acumula un catálogo de escenas para el escándalo: un entrenador de fútbol se autoimpone la misión de iniciar sexualmente a todo su equipo, arrastrándoles al pie de las escaleras de un burdel antiglamoroso. Una bandera de EEUU se quema y detrás de ella descubrimos a una pareja en pleno happening sexual, en el publicitado estilo Ono-Lennon..Y también hay una violación colectiva, y cámaras clandestinas en las calles, gente extraña encarándose con los viandantes o pidiéndoles que descarguen su rabia en un saco de boxeo. Y además perversas confesiones a cámara y la búsqueda infructuosa de una mujer que se hace la permanente y que desapareció con su traje de flores. Colegialas coreando alegres canciones sobre lo que harán cuando se dediquen a la prostitución. Y la poderosa imagen de Japón reducida a “un lagarto encerrado en una botella de Coca-Cola”.

