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Debilidades, poder y oportunidades

Tras las elecciones, Schiaretti cree que el escenario nacional le abre la puerta para ser una figura relevante a nivel país. Pero, además, pone en marcha una defensa del territorio y su liderazgo.

El gobierno de Alberto Fernández pudo haber sido arrasado en las elecciones del domingo. Era una posibilidad. Pero sobrevivió. Sigue política y legislativamente vivo. Refugiado en una zona geográfico-electoral cada vez más limitada, un sector de la provincia de Buenos Aires, pero que le alcanzó para quedarse con la sensación casi eufórica de los que se han salvado con lo justo.

Ahora, la duración de ese período poselectoral, que el propio Fernández mencionó como una nueva etapa de su gobierno, dependerá de la política, de la capacidad para conducir una disposición compleja dentro la propia coalición y de definir una relación con al menos un sector de la oposición, pero fundamentalmente de cómo se desenvuelva la economía.

El escenario hacia adelante está dominado por la incógnita. ¿Cómo gobernará Fernández de ahora en más? Porque lo que estableció la elección del domingo es un escenario de paridad, que obligará al Presidente y al oficialismo a la negociación con mandatarios provinciales o con dirigentes con los que puedan encontrar al menos algunos acuerdos. En ese punto, el gobernador Juan Schiaretti acertó en un diagnóstico: que nadie quedaría como un actor predominante desde el 10 de diciembre y que esa configuración sería, en realidad, una oportunidad.

El domingo, Hacemos por Córdoba quedó a 29 puntos del ganador de la elección en Córdoba: la lista de Juntos por el Cambio encabezada por Luis Juez y Rodrigo de Loredo.

Sin embargo, en el PJ provincial, que no casualmente acumula más de 20 años en el gobierno, ya se activaron los mecanismos para tratar de preservar el poder. No sólo como fuerza sino en lo que se refiere al gobernador en sí. Sin posibilidad de ir por la reelección, Schiaretti pretende retrasar lo máximo posible la pelea por su sucesión y, fundamentalmente, ser el actor central de ese proceso que buscará la continuidad del oficialismo en el Ejecutivo provincial.

El gobernador ya puso en marcha una estrategia en dos sentidos: hacia arriba, en la Nación, y dentro de su propio territorio, puertas adentro de la provincia.

El primero apunta a convertirlo en un protagonista relevante del armado político que se viene en el país. Pero el gobernador no aspira a ser Presidente, sino que se autoasigna un rol diferente.

En el schiarettismo predomina una visión pesimista sobre el futuro cercano. Los escenarios que prefiguran contienen a un próximo presidente que deberá ordenar las cuentas y pagar costos. “Todo el mundo está esperando que alguien se ofrezca porque lo que vendrá será complicado. Y el Gringo no va a poner la cabeza para que se la corten”, grafican en el Panal.

En cambio, Schiaretti cree que el terreno está preparado para convertirse en un gobernador gravitante como armador político. Si lo consigue, esa situación además debería actuar como ordenador hacia adentro de la provincia y de Hacemos por Córdoba: un líder con peso nacional difícilmente sería desafiado por sus eventuales sucesores.

Cualquier mención a que Schiaretti puede ser presidente provoca malhumor cerca del gobernador. Por eso no cayeron bien las declaraciones que hicieron algunos intendentes, como Martín Llaryora o Juan Manuel Llamosas. “¿Qué buscan?¿Que el Gringo se vaya de Córdoba y les deje el terreno libre? Eso no va a pasar”, dijeron.

En la construcción nacional, Schiaretti plantea a los suyos que es necesario reconfigurar el peronismo. Lo considera colonizado por el kirchnerismo, desnaturalizado, ajeno a su esencia. En ese punto, los gobernadores tendrían un papel clave.

Pero ese es un escenario que puede producirse o no, es una posibilidad que necesita de factores que se encaucen en la dirección que el schiarettismo imagina; mientras tanto, Hacemos por Córdoba deberá actuar en el escenario que surgió de las elecciones del domingo.

Y ahí, el schiarettismo considera que tiene posibilidades de reforzar las posiciones que desplegó en la campaña y también la figura del propio gobernador. Legislativamente, la bancada de Córdoba Federal, que actualmente conduce Carlos Gutiérrez, espera conformar un interbloque de unos 15 o 16 diputados, un número sumamente apetecible en una Cámara Baja que tendrá repartidas las bancadas del oficialismo y de Juntos por el Cambio casi por igual.

Ese bloque podrá torcer la balanza hacia un lado u otro. Y pondrá condiciones: por ejemplo, cuando se discuta el plan económico plurianual o el acuerdo con el FMI, planteará que también entren en la negociación el reparto de los subsidios a los servicios, un tema que fue clave en la campaña legislativa. El schiarettismo quiere una redistribución que pueda plantearse hacia los cordobeses como un logro.

Esa dinámica, imaginan en Hacemos por Córdoba, debería generar réditos. Al PJ provincial como fuerza y a Schiaretti como figura política. Pero, además de la estrategia a nivel nacional, el oficialismo provincial también está poniendo en marcha mecanismos dentro de la provincia para conservar el poder: uno de ellos es el factor territorial.

Y los protagonistas en el territorio son los intendentes. Una reforma que aplicó el propio oficialismo en la Unicameral resultó ser de lo más inoportuna. Limita las reelecciones de los jefes comunales y debuta justo en 2023, cuando Schiaretti no podrá ser candidato y Hacemos por Córdoba se enfrenta a la elección más desafiante de los últimos años: deberá tener nuevo candidato y se enfrentará a un Juntos por el Cambio que viene de arrasar en la elección del domingo y de tener un ordenamiento interno que no existía.

El proyecto de continuidad de Hacemos por Córdoba necesita de los intendentes. Por eso, ya está decidido que esa restricción desaparecerá sin haber debutado. Incluso, existe un acuerdo cerrado hace meses con el radicalismo, que también pretende preservar a sus propios intendentes.

El único inconveniente es temporal. De oportunidad. El oficialismo había pensado incluir el tema en una de las últimas sesiones del año pero ahora ese esquema está en revisión. Principalmente, porque el kirchnerismo bonaerense se anticipó y anunció que buscará eliminar una restricción similar que hizo votar María Eugenia Vidal cuando era gobernadora. Y si algo quedó claro en la recuperación que el Frente de Todos consiguió el domingo pasado es que los resultados en Buenos Aires dependieron, en buena medida, de los intendentes.

Ahora, el cambio en Córdoba, es decir la reinstauración de la reelección indefinida, quedará seguramente para 2022. Para que no aparezca como una actuación ligada a los métodos del kirchnerismo. Porque lo que ha evitado obsesivamente recientemente y seguirá evitando el schiarettismo es cualquier gesto que pueda ligarlo al Frente de Todos.

Cerca del gobernador señalan que ningún intendente ha conseguido salir de la elección como un dirigente tan fortalecido que pueda competir directamente con Schiaretti. Ninguno tiene, dicen, las acciones para intentar una salida del sistema. Y reclaman que nadie se apure, que si pretenden tener chances dentro de dos años deberán primero reforzar las gestiones. Apuntan principalmente a Córdoba y a Río Cuarto.

En el Palacio de Mójica no encuentran una contraposición de miradas con el gobierno provincial. Sostienen que Llamosas tiene asumido que sus posibilidades de crecimiento provincial están indefectiblemente atadas a la suerte de la gestión. Pero también remarcan un dato: que en Río Cuarto, la lista de Alejandra Vigo y Natalia De la Sota orilló el 30 por ciento, una cifra que no se logró ni en el promedio provincial ni en Córdoba capital.

Dentro del peronismo la discusión por el 2023 se inició en el instante en que terminaron de contarse los votos del domingo.