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Crónicas ejemplares de nuestra grande y federal Argentina

Acostumbrado a los sobresaltos que con tanta prodigalidad proporciona la realidad argentina, uno siempre le da la bienvenida a cualquier señal de que todavía no ha perdido del todo su capacidad de sorprenderse. Hasta la semana pasada, por ejemplo, no teníamos noticia alguna de que Mendoza se estuviera preparando para declararse libre y soberana. De haber escuchado rumores sobre esos planes, habríamos quizás imaginado que los mendocinos, desesperados ante eventuales rebrotes de coronavirus y la escasez de insumos porque desde Buenos Aires les retacean la coparticipación, habrían iniciado ensayos clínicos con la ingesta preventiva de remesas de Mancero y Soy Cuyano que les habrían quedado como remanentes desde los años 90, con la esperanza de arrasar con el bicho y dejarlo sin ganas de andar infectando a nadie, en cuyo caso el delirium tremens independentista sería un indeseado efecto secundario. Pero no, parece que va en serio. La propuesta hasta fue tomada por el exgobernador Cornejo con la aclaración de que no es lo que le gustaría pero, si los pampeanos, con la complicidad de rionegrinos, neuquinos y porteños, no les dejan hacer la obra del siglo porque tienen miedo de quedarse sin agua, no tendrán más remedio que liberarse del yugo argento. También se quejó de cómo la argentinidad les encarece el financiamiento. Raro, porque con lo seria y madura que se presenta ante el mundo la dirigencia política de Mendoza con ideas como la de la independencia, ¿quién en el mercado capitalista se negaría a prestarles mucho y barato?

Los mendocinos, claro está, no son pioneros en la materia: esa cucarda corresponde a sus vecinos, que también son los nuestros, de San Luis, cuyas aspira- ciones de independencia no solamente son mucho más antiguas, sino que gozan dentro de la élite local de un respaldo unánime: el del Alberto y el del Adolfo. En su caso la obra del siglo la hicieron en la ciudad de La Punta, en particular con sus réplicas perfectas, de hecho muy superiores a los originales y con la ventaja de zafar del vandalismo y los pintarrajeos por estar en territorio libre de retobados, del Cabildo Porteño, la Pirámide de Mayo y la Casita de Tucumán. La Casa Rosada, el Glaciar Perito Moreno y las Cataratas del Iguazú te las estaríamos debiendo, las dejamos para después de formalizada la secesión. Y si alguien pregunta para qué hacer “otro país” a imagen y semejanza del país del que se aspira a dejar de formar parte, la respuesta será la misma que se da a quienes preguntan por qué se cierran las fronteras con montañas de tierra y controles con reminiscencias de la Gestapo: porque en San Luis hacemos las cosas a nuestra manera y nadie nos va a venir a decir que las hagamos de otra forma.

Como ese pobre juez federal de Río Cuarto, por ejemplo, ingenuamente convencido de que en virtud de una autoridad conferida por un país le podía dar órdenes al monarca de otro país. Como si no fuera público y notorio que en San Luis todavía no habrán declarado la independencia de la Argentina, pero la Justicia puntana hace rato que es verdaderamente independiente: independiente de la Justicia argentina, de las leyes, de la Constitución y de cualquier ente, principio rector o pseudoderecho ajeno que atente contra el supremo interés de San Luis, que ya sabemos en qué apellido se encarna siempre, aunque el nombre -Eladolfo y/o Elalberto- pueda variar según quién porta ocasionalmente la billetera.

En cualquier caso, la contundente reivindicación de los principios federales que significa que cada provincia -o por lo menos aquellas que tengan las agallas (por no decir otra cosa) para hacerlo- encare la defensa de la salud y de la vida de la población como se le cante, venía de escribir un capítulo memorable en Entre Ríos. Allí quien asumió el liderazgo en nombre de Dios y del Pueblo (sin necesidad de que ni uno ni el otro dieran señales de estar de acuerdo, no es momento para andar perdiendo el tiempo en formalidades) fue el vicario general de la Diócesis de Paraná, que con coraje y determinación se le plantó al Covid-19 con nada menos que un exorcismo: “¡Te expulso, pestífera epidemia del coronavirus!”. No sabemos si la imprecación habrá surtido efecto y el coronavirus, rumiando su bronca pero temblando de terror, habrá salido carpiendo dejando un tendal de pecadores limpios de cuerpo y alma, o si habrá respondido algo tipo “Uh, sí, mirá cómo tiemblo” antes de seguir en la suya, pero por lo pronto no nos enteramos de que le haya cubierto el rostro a su adversario con un chorro de vómito verde, así que suponemos que es buena señal. Lástima que el respaldo en este caso no es unánime. El partido de izquierda MST, por caso, lanzó un documento público de repudio en el que expresó: “En plena pandemia y con acciones masivas en todo el mundo contra el racismo, no podemos permitir estos mensajes de odio”. Después se aclaró, no obstante, que no se estaba defendiendo el derecho del Covid-19 a no ser estigmatizado, sino que la referencia venía porque el cura le había pedido a la Virgen que “aleje la pandemia de coronavirus así como hizo el milagro cuando llegó aquí, alejando a los indígenas”. Y hay gente intolerante a la que la asociación pueblos originarios-demonios devoradores de almas-virus mortíferos y pestíferos les parece un poco excesiva.

Pero si despiertan nuestra admiración estas estrategias para hacerle frente al Covid-19 basadas en nuestras más caras tradiciones nacionales, como la de encomendarse a la Virgen u ordenarle al bicho que se vaya, no le van en zaga otras desplegadas desde la audacia y la innovación propias del primer mundo. Las “fiestas del coronavirus” del estado norteamericano de Alabama, en las que el leitmotiv consiste en franelear al invitado de honor, un infectado con certificación médica, y depositar plata en un bol que en días subsiguientes será entregado al primero en demostrar haberse contagiado, son un ejemplo de conciencia cívica y creatividad empresarial, esa que ve en cada crisis una oportunidad. Se nos ocurre, sin embargo, que se han quedado cortos; habría que adjudicar el premio al primero que demuestre haber contagiado a algún abuelito -también se podrían admitir otros parientes inmunodeprimidos- al que hubo que internar con respirador, o por qué no al primero que tenga un muerto de neumonía en la familia. En cualquier caso, es una buena noticia que, ahora que armar partidas de caza para atrapar negros y quemarlos vivos se ha vuelto políticamente incorrecto, la juventud de Alabama siga a la búsqueda de variantes para el sano esparcimiento.

De regreso en el pago después de esa pequeña digresión, ayer nuestra capacidad de asombro volvió a verse desafiada con la brusca interrupción de la cuarentena de este muchacho santacruceño que llegó al final de un largo camino de férreas lealtades, sentidos arrepentimientos y tenaz juntarla con pala en una tumba informal cavada sin demasiada contracción al trabajo. El hallazgo desató fervientes anhelos y apremiantes temores de un nuevo caso Nisman, según dicen por ahí, aunque en este caso seguro que las responsables fueron las malas juntas y apenas faltaría esclarecer si las de ahora o las de antes. En cualquier caso, lo que nos tranquiliza es que existe plena garantía de que toda sospecha habrá de despejarse, porque la fiscal a cargo es nada menos que la hija de la gobernadora Alicia, y sobrina de la vicepresidenta y antigua jefa del amasijado. Así que confiamos en la Justicia, con la misma fe que ponemos en el exorcismo del vicario de Cristo entrerriano y en un rápido arreglo de los cortocircuitos políticos que perturban la plena armonía de nuestra grande y federal Argentina.OPI