Sabemos que, por mucho que bajen mensajes por los medios para instarnos a los argentinos a que nos quedemos en casa, nada habrá más poderoso para convencernos de la necesidad de mantener el aislamiento preventivo obligatorio que el ejemplo. Es decir, no vamos a desdeñar la importancia de transmitir desde las autoridades una sensación de idoneidad y solvencia, de saber exactamente lo que se está haciendo, como con este inteligente y estudiado esquema de reapertura de los bancos que permitió el feliz reencuentro de tantos jubilados este fin de semana, pero lo que verdaderamente hace una diferencia, vamos a insistir una vez más, es el ejemplo. Por eso, por dar el ejemplo, ponele, ahí están bien guardados nuestros senadores y diputados, aguantándose las ganas de ir al Congreso a discutir y sancionar las leyes que el país necesita y obligando al Poder Ejecutivo a gobernar a puro decretazo, eso que tanto repugna a la inequívoca vocación republicana de nuestros poderes ejecutivos. Pero la salud está primero, a tal punto que hasta habrán de asumir el amargo deber de resignar la posibilidad de debatir una reducción de sus sueldos, como tienen tantas ganas de hacer con el espíritu solidario y generoso que los caracteriza, para responder al clamor popular cacerolero que surgió justo justo, mirá vos la coincidencia, cuando a Alberto se le ocurrió espolear el también solidario y generoso espíritu del empresariado argentino. Y sí, con ese “no les pedimos que dejen de ganar, les pedimos que ganen menos”, la verdad es que se las dejó picando para el contragolpe...
Pero volviendo a las virtudes de enseñar con el ejemplo, nada más inspirador que el cumplimiento de la cuarentena por parte del propio Alberto, tan estricto y sofocante que hasta el pobre Dylan acepta el cruel confinamiento dentro de los estrechos límites de la Quinta de Olivos. No hay tu tía frente a la orden de guardarse que debemos cumplir todos, pero en especial los sexagenarios, y sólo puede concederse alguna dispensa en caso de asuntos de enorme gravedad institucional en los cuales la presencia del Presidente es imprescindible para evitar el colapso del sistema. Como ha sido, esta semana, la tercera o cuarta inauguración -los archivos periodísticos discrepan, en la Argentina llevar la cuenta de las inauguraciones de obras que se inauguran a cada rato constituye un desafío más arduo que descubrir actos sospechosos de corrupción inventados para apuntalar el lawfare- del sanatorio que Hugo Moyano construyó para sus queridos camioneros, pero que acaba de poner generosa y solidariamente a disposición de la lucha contra el Covid-19. Gracias compañeros camioneros, les decimos desde acá. De nada, nos responden, igual nosotros no lo estábamos usando, porque en la Argentina tres o cuatro inauguraciones son pocas como para que la cosa inaugurada empiece a funcionar.
Es cierto, hay algunos que no entendieron el sentido de la ruptura de la cuarentena por parte de Alberto, sobre todo porque, en rigor, el préstamo del sanatorio se lo hicieron al gobernador de la provincia de Buenos Aires y no a él. Es más, dicen que Axel Kicillof, después de agradecer las nuevas camas extras que son como “agua en el desierto”, está planeando dedicarlas a los garcas recién llegados de Europa de los countries del conurbano: un gesto, una mano tendida, para no obligarlos a terminar en un hospital de La Matanza, qué horror. Aunque enterados de que están en una clínica de Moyano a lo mejor se salvan del coronavirus solamente para atragantarse con la propia bilis... cosa que incluso, según sugirió algún funcionario de Axel que no los quiere, podrían reforzar dotando al nosocomio con médicos del contingente que va a mandar La Habana.
Pero cualquier duda respecto de las verdaderas motivaciones de Alberto para incurrir en este desdistanciamiento social quedó despejada con el emocionante discurso preparado para la ocasión. A qué desalmado no se le cayeron las lágrimas al escuchar el reconocimiento al “inmenso Hugo”, un “dirigente sindical ejemplar” que tanto hizo por sacar al país adelante en los momentos difíciles -esos momentos difíciles que las malas lenguas lo acusaban de haber contribuido a generar, no sé si los ubican- y vuelve ahora a poner el hombro al módico precio de entregar un edificio vacío para que después de algunos meses durante los cuales le garparán un modesto alquiler le devuelvan una clínica en funcionamiento puesta a punto con la plata del Estado. ¡Hasta les pidió -y nos pareció que le brillaban los ojos al hacerlo- a los moyanitos que sean como el padre! Creemos que por ese lado ni falta que hacía, si hay un caso en que las leyes de la genética se vienen cumpliendo a rajatabla es este.
Eso sí, en un implícito reconocimiento de que sus cálidos sentimientos hacia el inmenso ejemplar que es el objeto de su devoción no son compartidos por todos los argentinos, Alberto dio en la tecla al explicarlo de esta manera: “Los empresarios no lo quieren a Hugo porque cuida a los suyos” y recordó una negociación en que a la patronal “le sacó de todo”. Y en efecto, el secreto de Hugo es que conoce muy bien a los empresarios, de hecho vive con una, su mujer Liliana Zuluet, exitosa empresaria que justamente estaba también en el acto -y fue asimismo felicitada por Alberto por el marido que tiene- no sólo como “esposa de”, sino como titular de la empresa que hizo las refacciones del sanatorio por encargo de Hugo, nos imaginamos que le habrá hecho precio. Porque son un montón las empresas de ella y de otros empresarios de la familia Moyano que le prestan servicios con exclusividad al gremio y a la obra social de los camioneros. Y por si no bastaran los empresarios que tiene en la familia, también conoce muy bien a otros, como el “dueño” de aquel correo privado, o los de aquellas firmas recolectoras de residuos, con los que se conocen tanto que por momentos da la impresión de que a las empresas las maneja el propio Hugo y no ellos. Tanto como para que algún insidioso sugiriera que en realidad el propio Hugo es aquí el verdadero empresario, una cosa ridícula, mirá si en la Argentina peronista, generosa y solidaria el rol de la representación de los trabajadores se va a confundir con el de la patronal.
Aparte de las muestras de amor incondicional con Hugo, Alberto no se privó de elogiar a sus representados, “gente de enorme valor, la gente que nos transporta la comida, los medicamentos, que nos dejan vivir en una situación como esta y en esta instancia muestra la solidaridad que hace falta”. Es otro reconocimiento que nos alegra: ahora, aparte de la sobada de lomo, estaría bueno que Hugo le pidiera, y que Alberto actuara en consecuencia, interceder ante las decenas de gobernadores e intendentes, muchos de ellos de su propio partido, que se pasan de vuelta en el cuidado de los camioneros, les prohíben usar los baños públicos por ejemplo, o les niegan un vaso de agua, o los obligan a descansar al descampado, o directamente les prohíben el tránsito, suponemos que todo eso lo harán por su propio bien para impedir que se contagien algo. Que interceda ante su tocayo de San Luis, por ejemplo, uno de los más celosos, no queremos creer que se puso así por haber perdido el trono del Alberto más encumbrado de la Argentina que ostentaba desde que el capitán Piluso cayó del balcón marplatense en los años 80. Que Alberto le avise a El Alberto que, si sigue jodiendo a la gente que va a laburar, las malas lenguas van a empezar a decir que es porque tiene algún negocio personal involucrado, por más ridícula que sea la idea de que un Rodríguez Saá mezcle los asuntos de gestión pública con los negocios personales. Justamente alguien tan solidario, generoso y ejemplar como él...
Jorge F. Legarda

