El factor inflacionario que faltaba en Argentina
Del cisne negro del Covid al del Mar Negro. Así transitó el mundo los últimos dos años en los que la incertidumbre reinó por completo y golpeó con más fuerza a aquellos países en vías de desarrollo, que mostraron menos recursos para poder enfrentar la tormenta desatada por la pandemia. Ahora, que las vacunas comenzaron a despejar en parte el horizonte en muchas regiones del planeta, se desató el conflicto entre Rusia y Ucrania y la decisión de Vladimir Putin de invadir a su vecino y promover una guerra. Las imágenes de Járkov y de Kiev licencian de mayores comentarios sobre el impacto humanitario del ataque que tiene fuerte traducción en muertes y en migranes hacia países vecinos.
Pero en el mundo hiperconectado, que nos demostró más que nunca la crisis sanitaria, los efectos no son posibles de cercar. Y menos los económicos. Ucrania tiene una de las tierras más ricas del planeta. Por eso no es casualidad que sea uno de los jugadores destacados en la liga de la producción de granos mundial. Sus llanuras son de las más codiciadas y la convierten en gran protagonista del mercado de girasol y su aceite, que lidera cómodamente; pero también en trigo, maíz y cebada. Por eso, con la incertidumbre de qué puede ocurrir en la dinámica comercial de esa producción, los precios comenzaron a subir fuertemente en las últimas semanas. Pero debe agregarse que Rusia es otros importante protagonista en ese mercado de granos, en particular del trigo. Entonces las dudas se acrecientan.
Entonces, como primera conclusión, la suba de los granos es una buena noticia para Argentina, productor nato de commodities. Pero en una segunda mirada sobre el tema hay que incluir al menos dos datos: la cosecha aún no está cerrada en el país y después de la primera quincena de enero pocos arriesgan a decir cuántas toneladas de soja y maíz van a llegar finalmente a los puertos. Y en segundo orden, la suba de las cotizaciones le suman presión a los precios internos de los alimentos. Soja y maíz, por ejemplo, son el alimento base de la producción de carne, por lo que pollos, vacas y cerdos serán más caros de alimentar y eso terminará en el precio de los cortes en el mostrador. Además, la industria molinera también deberá afrontar mayores costos, entre otros muchos. Claramente eso va contra lo que esperaba el Gobierno en esa materia. Y por eso no es casual que haya comenzado a acelerar la implementación de mecanismos como el del fideicomiso para trigo y maíz. La idea es que una parte del valor de exportación se destine a un fondo que compense el precio a quienes usan los granos como materia prima en la Argentina; y allí se mencionan especialmente a dos sectores: molinos y avícolas.
La suba de los granos es una buena noticia para Argentina, productor nato de commodities. Pero eso le mete presión a los precios de los alimentos en el país.
El conflicto surge porque quienes ponen esa diferencia no son los exportadores, sino los productores, tal como ocurre con las retenciones. Porque en realidad el que termina recibiendo un menor precio por los granos es el primer eslabón. De allí que las entidades del campo hayan adelantado su rechazo al mecanismo porque consideran que se trata de una transferencia de recursos a otro eslabón de la cadena. Pero además consideran que no se solucionará así el problema inflacionario, que responde a otras múltiples razones, algunas de las cuales tienen raíz en el Gobierno, como la emisión monetaria surgida del déficit fiscal. El debate seguirá estos días porque el ministro de Agricultura de la Nación, Julián Domínguez, ya les adelantó que el fideicomiso es un hecho pero que no es iniciativa de esa cartera sino de la Secretaría de Comercio Interior que conduce Roberto Feletti. De todos modos, el funcionario les remarcó que “es el mal menor”. Los ruralistas entendieron que la opción era incrementar retenciones, algo que por estas horas está discutiéndose en tribunales federales por la presentación de las rurales cordobesas y la Sociedad Rural Argentina, que consideran que los derechos de exportación son inconstitucionales desde el 1° de enero.
Pero además de que el alza de granos puede ser un factor adicional de presión inflacionaria puertas adentro, hay otro más directo: lo que ocurre con el petróleo y el gas. En este último caso, el país pasó a ser importador y con eso toma los precios internacionales. El gas licuado de petróleo se encareció 5 veces, al pasar de 8,33 dólares el millón de BTU (medida utilizada para su medición) a más de 50 dólares. La otra cara de esa mala noticia es que con esos precios se podría estimular la inversión en Vaca Muerta, aunque ese tipo de decisiones requiere de un horizonte algo más certero que el de una guerra que disparó hacia arriba los precios.
A su vez el gas es fuente de generación de energía eléctrica, además de proveer los hogares residenciales que están fuertemente subsidiados. De hecho, buena parte de Córdoba ingresó con un beneficio por zona fría en los últimos meses que comenzó a llegar ya en las boletas. Ese es otro subsidio. Pero, ¿qué pasará si sigue en alza ese combustible en el mundo? Naturalmente el Estado deberá destinar más recursos a subsidios, si no quiere aumentar las boletas. Eso va a generar más dificultades para alcanzar un acuerdo con el FMI, con quien se comprometió a reducir el déficit fiscal para tener capacidad de repago del préstamo otorgado bajo la gestión de Mauricio Macri y comenzar a bajar la inflación como consecuencia. Sobre un tablero hipercomplejo, apareció un cisne negro.