A lo largo de los años, y tras un minucioso trabajo, Omar Isaguirre, un apasionado por la historia y los hechos ligados a la ciudad, forjó una admirable biblioteca que hoy, de alguna manera, se hace pública gracias a su charla con Puntal. En su poder hay piezas únicas, verdaderas joyas que difícilmente se consigan en otro lugar. Por eso, el contenido puede ser definido, sin ninguna duda, como un tesoro digno de ser conservado para la posteridad.
-¿Cuándo nació su pasión por colectar publicaciones de artistas locales?
-Con edad de adolescente, compré mis primeros dos libros de autores riocuartenses: Nace un Imperio, de Joaquín Bustamante, y Los zapatos de asfalto, poemario de Osvaldo Guevara, aconsejado por una vendedora sabia de la librería Novaro. Por entonces, jamás imaginé que acumularía tamaño patrimonio bibliográfico. Han pasado sesenta años. No sólo he reunido a los autores locales contemporáneos, sino que me puse a la búsqueda de libros del pasado. Ha sido emocionante. Cada tanto aparece alguno raro, perdido en el tiempo, para mi regocijo coleccionista.
-¿Qué tipo de libros y publicaciones se pueden encontrar en su biblioteca?
-Inicialmente, la motivación fue la literatura con autores vernáculos; al correr del tiempo, se sumó la historia, más adelante la política y alguna ciencia, hasta llegar al presente con un panorama diverso. De igual modo pasó con las revistas y periódicos, cuyos primeros hallazgos me deslumbraron, como un folleto impreso por La Voz de Río Cuarto de 1877, o la revista Río Cuarto Literario de 1901, o la primera revista deportiva, verdaderas joyas que han sobrevivido; otro caso es: Historia de lo que no ha sucedido, del general Fotheringham de 1894, o una Historia del Departamento Río Cuarto, de Quírico Porreca. Los textos de Alfredo Vitulo son de alto valor sentimental. Lo distintivo es contar con algunas piezas únicas, que hasta donde conozco, no están en otros repositorios. Allí radica parte del valor.
-¿Tiene cuantificada la cantidad de libros y documentos que tiene atesorados?
-Nunca me puse en la áspera tarea de contarlos uno a uno. Si armé algunas fichas con títulos de los principales autores. Usted, los ha podido ver, son cientos de libros, apenas ordenados por autores. Si sumamos las revistas, se hacen miles, que representan el acervo de distintos momentos creativos de la ciudad. En ocasiones, los he facilitado a los investigadores y estudiosos. Las dedicatorias son otra hermosura, muestras formales y hasta cariñosas de haber conocido y tratado a tantos escritores. Algunos muy queridos, que ya no están en vida.
-¿Son muchos los riocuartenses que han publicado libros, más allá de que algunos son más conocidos que otros?
-En Río Cuarto se manifiesta una fuerte voluntad por publicar, tanto letras, cuanto ciencias. La Universidad Pública tiene mucho que ver. Gran cantidad de autores no salieron de su primera y única edición; otros cuantifican una verdadera obra. El tema de cómo hacerse conocido y ser leído es una vieja cuestión sin resolver. Si no hay apoyos o estímulos, publicar se transforma en una aventura insatisfactoria.
-¿Sigue coleccionando en la actualidad?
-Sí. Continúo leyendo y cosechando libros. Por lo común, compro a nuestros escritores en sus presentaciones, en las ferias, en casas de usados, también por Internet. A las revistas, persiguiéndolas en los bares, café de por medio. Como hay quienes conocen mi “berretín”, tengo el placer de recibir obsequios de algunos autores amigos. Siempre tuve voluntad de juntar: billetes, estampillas, postales, fotos, monedas, medallas… Parte de ese caudal lo fui pasando a especialistas, para quedarme sólo con los objetos vinculados a esta ciudad.
-¿Cuál fue el material que más le costó conseguir?
-Los que persigo todavía y busco sin hallarlos, porque sé que existen, en algún lado están. Hay un riocuartense casi desconocido, Carlos Etkin, tipo notable cuyos folletos perseguí hasta en Uruguay. Y con esto digo que, hay muchos paisanos lejos, en otras partes del país, a los que también los he recopilado.
-Entiendo que su autor preferido es don Juan Filloy, ¿a qué se debe esa predilección y cómo nació?
-Filloy es una personalidad iconográfica, de antología. De muy chico veía su figura imponente en la puerta de su casa, a media cuadra del colegio. Un día me animé, lo saludé y lo invité para una charla que nunca se dio, por censura ajena. Cuando accedí al libro Yo, yo y yo, me deslumbró. Empecé a buscarlo, aun cuando era complicado conseguir sus títulos. Bueno, ahora es más fácil acceder a ellos. Hoy los tengo a todos en distintas ediciones, varios dedicados por él… y leídos. Poseo una única edición conocida de Teatro Griego, su primer opúsculo, que UniRío reeditó de ese original. Lo visité numerosas veces en su casa, incluso en Nueva Córdoba, fue mutuamente placentero, inolvidable.
-¿Qué destino le gustaría darle a su colección en el futuro?
-El mejor y más seguro que pudiera. No lo sé, y de verdad me preocupa su futuro. No quiero dejarles semejante carga a mis hijos. Tantos libros y revistas juntos, son un invaluable patrimonio de Río Cuarto. Debieran quedar aquí, a donde pertenecen, sin dudas. Pero, se necesita un gran espacio, una administración, y eso es un problema. Por ahora, no he notado demasiado interés en quienes he consultado. Son “un presente griego” como se dice. En este medio, han desaparecido o atomizado bibliotecas espléndidas, son pérdidas irreparables que no debieran ocurrir. Sin embargo, suceden.
-¿Cree que se valora la producción local en nuestra ciudad?
-Relativamente, aunque duela reconocerlo. Los libros son cuestión de minorías e intelectuales y para nada prioritarios en el interés general. Asimismo, resulta maravilloso observar y leer la gran producción riocuartense. El libro sigue vivo y es irreemplazable como objeto de cultura, presente e histórico. Es cuestión de generar programas efectivos de difusión y divulgación.

