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1970: la caída de Benvenutti

Se cumplieron 49 años de la pelea que puso a Monzón por primera vez en la cima del mundo del boxeo

El fútbol nos había asombrado. La llegada de la televisión no era por estos lados lo que era en Buenos Aires u otras grandes ciudades respecto de eventos en directo, en vivo, al momento. Entonces, en ese 1970, que el campeonato Metropolitano se disputara los domingos a la mañana nos resultaba extraño y el seguimiento radial era indispensable entre las 10 y las 12 de esos días. Nada de pensar en jugar otro día que no fuera el domingo, salvo el televisado de los viernes, que aquí todavía no llegaba. AFA hacía jugar los domingos por la mañana a raíz de la realización en México del Mundial de ese año. Pelé, Jairzinho, Tostao, Gerson y Rivelinho estaban en nuestras retinas y oídos, asombrados de tanto juego. Y a eso, por aquí, lo vivíamos por los diarios y la radio. La semifinal entre Alemania e Italia; los buenos equipos de Perú y Uruguay, que fueron los que más molestaron a Brasil. Perú de Didí, que nos había sacado del Mundial en las Eliminatorias en cancha de Boca.

Independiente, por diferencia de goles, le había ganado el Metropolitano a River y el Nacional transcurría hacia el título de Boca en una final ante Rosario Central.

La mañana del 7 de noviembre de 1970 los diarios referían a la pelea Monzón-Benvenutti sin la pompa que en su momento habían tenido los combates de Accavallo o Locche. No mucho menos, pero quedaba claro que Monzón no era favorito.

A Monzón lo teníamos en una foto de El Gráfico llevando una carretilla con materiales, construyendo su casa en Santa Fe, y los datos de sus títulos argentino y sudamericano eran parte de la estadística. Un flaco desgarbado, buen alcance de brazos para la categoría y excelente pegada. No era poco, pero parecía no entrar en la prensa “nacional”, en la de Buenos Aires, digamos.

Estaba en juego la corona mundial de los medianos de la Asociación y del Consejo. Pasaron 49 años. 49 calendarios desde que el Palazzetto dello Sport de Roma cayó a los pies de Carlos Monzón y, junto con el Palazzetto, un impotente Nino Benvenutti, que recibió el nocaut en el duodécimo asalto.

1970. 7 de noviembre. Diez días antes Federico Leloir había recibido el Premio Nobel de Química. Los poderes habían pasado de Onganía a un tal Levingston y de éste seguirían a Lanusse, pero más adelante. Perón no volvía y mi viejo hablaba maravillas de Frondizi. José Rucci era secretario general de la CGT y el cadáver de Pedro Aramburu había sido hallado a mitad de año en Timote, provincia de Buenos Aires. Ese era el 70, el año en que Monzón fue campeón del mundo.

Los relatos de los sábados desde el Luna Park, las voces de Caffarelli, Ricardo Arias o Santos Nicolini nos habían acercado sus peleas consagratorias en el continente ante Jorge Fernández. Y, para nosotros, aquí la radio seguía siendo el vehículo transmisor de los acontecimientos rutilantes. Tarde de sábado. Como casi siempre a partir de allí, Monzón. Sábado a la tarde. Es que realizó gran parte de su campaña como campeón en Europa y la noche allá es la tarde acá. Y mientras jugábamos al fútbol el apuro porque peleaba Monzón y había que escucharlo disgregó un poco el “picado”. Algunos se quedaron debajo del aguaribay del Nacional con una portátil y gaseosas. Otros salieron para las casas. Una pelea mundialista era cosa seria. En los diarios locales se marcaba que el último que había vencido a Monzón vivía acá. Alberto “Pirincho” Massi, puntano de nacimiento, riocuartense de barrio Alberdi por adopción, le había ganado por puntos en el Córdoba Sport el 9 de octubre de 1964. Que habían peleado tres veces más y que a Monzón, a pesar de ganarlas, siempre le había costado Pirincho.

Las chicas ponían Creedence en los tocadiscos y el simple “Banda Viajera” se gastaba cada vez más. Resistían las más nacionales, con Los Gatos y su Balsa y el Flaco Spinetta le ponía ojos de papel a la muchacha.

No ganábamos demasiado a nivel internacional. Lo de Locche en el ring, De Vicenzo en los campos de golf, Nicolao en la pileta, Moratorio arriba de un caballo y casi nada en fútbol. Esa tarde el boxeo nos dio un gran abrazo.

A medida que el relato, que era de un round cada uno entre Caffarelli y Santos Nicolini, por Radio Rivadavia iba avanzando, se contaba del dominio del santafesino. Y la oreja más cerca de la radio y algunos en medio de la ducha, con la portátil puesta en la tapa del inodoro mientras se sacaban el barro del fútbol de la tarde.

Y el relato de Nicolini. Y la caída del italiano. Y la euforia y la locura. Y algún porrazo en la bañera. Y la curiosidad sobre Monzón boxeador comenzaba a hacerse leyenda.

Todos los interrogantes trocaron en fanatismo a partir de esa tarde. Carlos era el rey de los medianos y pasaba a ser el dueño de nuestros corazones deportivos cada vez que subía a un cuadrilátero.

Vinieron luego las defensas memorables (Griffith, Bouttier, Briscoe, Mantequilla, Rodrigo Valdez y demás). Monzón fue campeón 49 años atrás, a los 28 años y con un peso de 72,500 kg.

1970 tuvo de todo a nivel nacional e internacional, como se ha narrado. En lo político, cultural, deportivo y científico. Salvador Allende triunfó en septiembre en Chile en las presidenciales. Ese mismo mes murió en Egipto el presidente Gamal Abdel Nasser, líder de los países no alineados.

Para el deporte argentino 1970 tuvo ese sopapo de Monzón a Benvenutti, que nos produjo una gran alegría y emoción.

Hoy, cuando pasaron 49 años, y desde el 95 ya no está Monzón en vida, aquel recuerdo de la obtención de la corona llega en sepia y lejano.

49 años atrás, Carlos Monzón se coronaba campeón mundial mediano. Arrancaba una historia llena de dramas y emociones. La vida y obra de un tal Monzón. Escopeta. El Negro. Sabalero. Actor. Padre. Esposo. Amante. Condenado por la Justicia a once años de prisión por homicidio simple. Caso paradigmático, porque puso en la consideración de la opinión pública la violencia machista en tiempos en que no existía la figura legal de femicidio. Carlos Monzón fue todo eso. Su comportamiento “social” dejó mala huella. Su violencia cotidiana se rechazó de plano.

Arriba del ring fue insoportable para el que estaba enfrente.



Osvaldo Alfredo Wehbe