Salud

Cáncer infantil: una enfermedad poco frecuente donde la mayoría puede curarse con un tratamiento adecuado

En el marco del Día Internacional del Cáncer Infantil, la médica cirujana y especialista en Oncohematología Pediátrica Adriana Berretta (MP 13385 – ME 16790) aporta una mirada experta y esperanzadora sobre una enfermedad poco frecuente, pero de alto impacto. Incidencia, señales de alerta, avances diagnósticos y el rol clave del acompañamiento integral

La doctora Adriana Berretta, médica cirujana y especialista en Oncohematología Pediátrica (MP 13385 – ME 16790).

 

Hablar de cáncer infantil incomoda, moviliza y despierta temores profundos. Sin embargo, para la doctora Adriana Berretta, médica cirujana y especialista en Oncohematología Pediátrica (MP 13385 – ME 16790), el primer paso es poner el tema en su justa dimensión. “Si uno considera toda la patología oncológica a lo largo de la vida, solo el 2% corresponde a la edad pediátrica”, sostiene. Es decir, se trata de una enfermedad poco frecuente en niños y adolescentes, aunque con un peso significativo en términos sanitarios y sociales.

En Argentina se diagnostican entre 1.300 y 1.400 casos nuevos de cáncer pediátrico por año en menores de 15 años, con una incidencia estimada de 120 a 140 casos por millón de niños. No es, por lo tanto, una patología que un pediatra general vea de manera cotidiana en su consultorio. Esa baja frecuencia explica por qué los tratamientos suelen guiarse por protocolos internacionales desarrollados en países con mayor volumen de pacientes y experiencia acumulada.

Embed - Dra. Adriana Berretta

Aun siendo poco frecuente, el cáncer ocupa un lugar relevante entre las causas de mortalidad infantil. La profesional de vasta trayectoria explica que entre los 5 y los 15 años, la primera causa de muerte son los accidentes, pero la segunda causa de muerte por enfermedad corresponde a patologías oncológicas. En ese contexto, se estima que alrededor de 400 niños y adolescentes fallecen cada año en el país por esta causa. “Son pocos casos en términos absolutos, pero representan un número significativo dentro de las muertes por enfermedad en la infancia”, señala Berretta.

Distinto al cáncer de adultos

Frente a este escenario, la especialista insiste en desarmar uno de los mayores prejuicios: equiparar el cáncer infantil con el de los adultos.

“La patología oncológica en los niños no tiene nada que ver con la de los adultos”, subraya. Mientras que en personas mayores muchos tumores se relacionan con exposiciones crónicas —como el tabaquismo o factores ambientales— en la infancia no existe ese tiempo de exposición, lo que hace que la prevención clásica prácticamente no tenga lugar. Además, los tumores pediátricos son biológicamente distintos. Suelen ser de alto grado y muy indiferenciados, algo que podría sonar alarmante, pero que tiene una contracara positiva: responden muy bien a los tratamientos.

“Entre el 60 y el 80% de los chicos se cura”, afirma la médica. Su experiencia personal respalda esa estadística: pacientes tratados en la niñez que hoy son adultos de 30 o 40 años, con vida plena y, en algunos casos, ya padres.

Ejemplos concretos muestran ese potencial de curación. El tumor de Wilms -comenta la doctora-, un cáncer renal típico de la infancia y prácticamente inexistente en adultos, tiene tasas de curación cercanas al 100% en estadios iniciales. Incluso en estadios avanzados con metástasis, las probabilidades de curación pueden ubicarse entre el 80 y el 90%. “Vale mucho la pena invertir en hacer el diagnóstico correcto”, enfatiza Berretta.

Los tipos de cáncer más frecuentes en la niñez también difieren de los del adulto. La leucemia aguda ocupa el primer lugar, seguida por tumores del sistema nervioso central, linfomas, neuroblastomas, tumores de partes blandas y retinoblastoma. Muchos de ellos no figuran entre los más comunes en la población adulta, lo que refuerza la necesidad de equipos especializados.

Adriana Berretta para TAPA

Mantenerse en alerta

En cuanto a las señales de alerta, Berretta aclara que no existen síntomas exclusivos, pero sí signos que deben llamar la atención cuando persisten o no responden a tratamientos habituales.

La profesional expresa que uno de los motivos de consulta más frecuentes son los ganglios aumentados de tamaño en el cuello e indica que la mayoría se relaciona con infecciones, pero si no hay un foco claro o no mejoran con antibióticos, es necesario profundizar estudios. Infecciones que reaparecen una y otra vez, supuraciones persistentes de oído o síntomas que no siguen la evolución esperable también ameritan una mirada más amplia.

La especialista advierte sobre un error común: intentar agotar todas las instancias diagnósticas sin derivar a tiempo. El manejo debe ser multidisciplinario y en centros con experiencia en oncología pediátrica. “No puede ser cualquier cirujano o cualquier traumatólogo; tiene que ser alguien habituado a tratar estos tumores”, explica.

Maniobras inadecuadas pueden complicar luego el tratamiento porque el diagnóstico actual es cada vez más preciso. A la anatomía patológica se suman inmunohistoquímica, biología molecular y estudios citogenéticos. Y la genética ha pasado a tener un rol central: ciertas alteraciones permiten definir pronóstico y ajustar la intensidad terapéutica.

“Hoy afinamos mucho la puntería”, grafica Berretta, en comparación con décadas atrás.

Acompañamiento integral

Junto al abordaje médico, el sostén emocional y social resulta imprescindible. El impacto del diagnóstico atraviesa a toda la familia. Muchos tratamientos requieren estadías prolongadas lejos del lugar de origen, con meses de internación, y allí entran en juego psicólogos y trabajadores sociales que acompañan de manera continua, ayudan en la gestión con obras sociales y orientan a los padres sobre cómo contener también a los hermanos que quedan en casa.

En ese entramado de apoyos, la especialista destaca el valor de las maestras domiciliarias y hospitalarias. Gracias a este sistema, niños en tratamiento pueden continuar su escolaridad en paralelo a sus compañeros. Las docentes se articulan con la escuela de origen y adaptan contenidos, de forma tal que, al finalizar el tratamiento, el niño puede reincorporarse sin rendir exámenes adicionales.

“Es como que el chico no suspendió su vida por este evento”, resume.

Además, estas maestras comprenden las particularidades de pacientes inmunosuprimidos y, en la práctica, se convierten en un sostén afectivo para las familias.

Sobre la comunicación del diagnóstico, Berretta observa que muchas veces los adultos intentan evitar el tema, aunque los niños suelen comprender más de lo que se cree. Con información adecuada a la edad y acompañamiento profesional, pueden transitar el proceso con gran capacidad de adaptación.

“No bajar los brazos”

De cara a las familias que hoy reciben un diagnóstico oncológico en un hijo, su mensaje es directo y humano: no bajar los brazos.

Reconoce que el camino es exigente, con posibles internaciones por fiebre, transfusiones y controles frecuentes. Los tratamientos pueden extenderse entre seis meses y un año, con etapas de distinta intensidad. Pero el horizonte es claro: la posibilidad real de curación y de una vida adulta normal.

“Si ese chico se cura, va a poder desarrollar una vida normal. No hay nada más grandioso que eso”, concluye.

En un tema atravesado por el miedo, la palabra de la doctora Adriana Berretta combina realismo y esperanza. Porque, aunque el cáncer infantil existe y duele, también es cierto que hoy, más que nunca, miles de niños tienen por delante una historia larga después del tratamiento. Y esa es, quizás, la noticia más importante.