Río Cuarto | Cárcel | historias | mujeres

Cómo viven las madres privadas de su libertad, pero en sus casas y con sus hijos

Siete mujeres cumplen su condena en prisión domiciliaria en la ciudad. Es gracias a que la ley busca proteger a los chicos y propiciar que crezcan junto a sus mamás. Ellas reconocen el beneficio pero no cesan de sentirse presas y tristes en sus propios hogares.

A las 11.30 sonó el teléfono en casa de los Cabral y, sin escuchar la conversación entre la abuela y quien hablaba del otro lado de la línea, los chicos presentían que ese día su mamá podía volver.

Débora Cabral cayó presa hace más de dos años por venta de droga, pero todavía espera que su condena quede firme. Tiene seis hijos a cargo.  El más grande, de 11, y la más chiquita, de 3.

Todos los jueves y los domingos la abuela los llevaba a visitar a su mamá al penal. Las últimas veces fueron dolorosas porque, pegados como garrapatas, los niños no querían despedirse de su madre.

La primera vez que Débora Cabral gozó de la prisión domiciliaria, antes de llegar a jucio, duró un año. Su pareja estaba en la cárcel y ella iba a verlo cada vez que podía, más allá de la cantidad de visitas que tenía autorizadas. Cuando finalmente se enfrentó a los jueces, esta situación salió a la luz y le revocaron el beneficio. Cabral volvió a la cárcel. Pasaron nueve meses hasta que pudo regresar a la casa de sus padres.

“Llegué a mi casa y estaban todos esperándome, hasta mi hermana que vive en Holmberg”, recuerda la joven que habla rápido y con una sonrisa en la cara. 

En la casa de los Cabral son 12. Viven Débora con sus hijos, sus padres, su hermana con su sobrino y otra hermana más.

-¿Cómo es tu vida acá?

-Feliz. Me levanto todos los días así, agradezco que estoy yo con mis hijos. Los baño, los preparo y mi hermana los lleva al colegio. La primera vez, cuando violé la domiciliaria, veía la calle y pensaba: “Si total no me ve nadie”. Ahora estoy  concientizada de que tengo que hacer las cosas bien, si no, vuelvo.

Una de sus hermanas es la encargada de acompañar a sus sobrinos a la escuela todas las mañanas. Dice que desde que Débora volvió a la casa “se nota mucho el cambio en la conducta de los chicos. Se sienten más acompañados”. 

Mientras estaba en prisión, Débora llamaba todos los días para ver cómo estaban, qué habían comido en la escuela, cómo les había ido, si tenían algún problema. “Ellos esperaban la llamada. Se notaba que los chicos gritaban, estaban alborotados. Había veces que no tenía tarjeta y hablaba cuando conseguía, pero ya me reclamaban: ‘¿Por que no llamaste a la siesta?’”, cuenta.

-¿Tus hijos entienden que no podés salir?

-Sí, mi nena más chiquita me dice: “No podemos ir a comprar chicles, cierto”, “¿El policía no te deja?”. O los chicos que van a la copita de leche entre las 5 y las 7 saben que a las 7.10 tienen que estar acá porque yo no los puedo ir a buscar. Y mi papá es más recto, si los busca los pone en penitencia. 

El Código Penal establece que la pena de prisión domiciliaria corresponde, entre otros, a “la mujer embarazada y a la madre de un niño menor de cinco (5) años o de una persona con discapacidad a su cargo”. En la ciudad hay siete mujeres que gozan de este derecho. En caso de que la madre no se pudiera hacer cargo o no existiere, el beneficio se le podría conferir también al padre. 

“Es un beneficio, porque estamos en una situación más cómoda, pero por ahí me entristece porque me dan ganas de llevar los chicos a la escuela o a la plaza y no puedo”, explica Cabral.

El bienestar de los chicos

En la ciudad de Río Cuarto hay siete mujeres en prisión domiciliaria. El equipo del Patronato del Liberado tiene a su cargo el control del cumplimiento de la pena. Las visitas o llamadas telefónicas al domicilio son esporádicas. Las mujeres que cumplen la pena en sus casas nunca saben la fecha ni la frecuencia de las visitas. 

“El arresto domiciliario obedece a un precepto internacional regido por la Convención de los Derechos del Niño que establece que no pueden estar privados de la libertad. Pero si no hay posibilidades materiales, no hay domicilio o nadie que se haga cargo de esa mamá, el mal menor es que el niño esté con ella en el establecimiento penitenciario. Para ello hay pabellones de madres, como en Bouwer, y al haber niñitos se trata de que sea un ambiente más ameno”, explica a Puntal Cecilia Lanzarotti, directora de la Dirección de Patronato del Liberado.

“Nosotros tenemos una mirada integral, no sólo controlar que la mujer no salga de la casa, sino brindar asistencia espiritual, psicológica, y hacer entender que si sale de la casa hay riesgo de que se revoque el beneficio. No sólo es por ella, sino por los hijos”, puntualiza la funcionaria.

“Es el interés superior en el bie-nestar del niño lo que establece la ley. La otra pata que quedó por resolverse es qué pasa con la mujer. Estamos trabajando en eso. Ya hay un cambio de la mirada de los jueces y tenemos casos donde les permiten salir para realizar un secundario, capacitaciones en oficios o controles femeninos. De a poco se va haciendo el cambio del paradigma”, añade la funcionaria.

Mi casa, mi cárcel

La mujer que accede a la prisión domiciliaria tiene que tener un tutor a cargo. En el caso de Laura  (que prefiere resguardar su identidad) fue su hermana quien le abrió las puertas de su hogar y la recibió junto a sus cuatro hijos. 

“El abogado nos aconsejó que era lo mejor y, además, podíamos brindarnos ayuda mutua porque las dos tenemos chicos”, cuentan.

-¿Qué cambió desde tu llegada?

-Todo. 

Mientras Laura arroja frases cortas y tímidas, su hermana, que ceba mates en la mesa de la cocina, asiente con la cabeza. 

“La diferencia es que los chicos no tienen que ir a verla a la cárcel, no tienen que estar ahí. Ahora están todo el día con ella. Se levantan y se acuestan con ella. No es lo mismo”, comenta.

Hace un año y dos meses que se acabaron los días de visita, las llamadas de quince minutos programadas y, sobre todo, el sufrimiento que implicaba para los cuatro niños tener que volver a casa, dejando a su mamá atrás. 

“Yo estuve poquito tiempo presa  (dos meses) y los chicos sufrieron mucho. Acá estoy mejor yo y ellos también”, expresa Laura.

-¿Se supone que no podés salir nunca o podés ir, por ejemplo, a comprar el pan?

-No, ojalá. El único permiso que podés pedir es si tenés que ir al médico. Y tenés que ir con tu tutor y traer certificado.

-¿Cómo se dividen las tareas?

-En total somos 11. Y para que no haya tanta discusión nos dividimos un poco cada uno. Los chicos también ayudan. Una limpia la mesa, otra barre, otra pone la mesa, la levanta, y así.

La hermana de Laura detalla que sus hijos y sus sobrinos conocen la situación. “Siempre estamos tratando de hablar con los chicos y cuando surgen algunas peleas les recordamos por qué estamos así y les decimos que tienen que aguantar un poco, que necesitamos un esfuerzo de todos”. 

“El domingo del Día del Niño sí lo sufrieron. Yo me tuve que quedar, no pude salir, y los chicos salieron con mi hermana”, afirma la mujer.

Laura cayó por venta de drogas, al igual que el papá de sus hijos. La condena es de cuatro años. 

-¿Qué te gustaría hacer cuando salgas?

-No sé. No se trata de lo que me guste, sino que tengo que trabajar por mis hijos. 
Magdalena Bagliardelli. Redacción Puntal