En un puñado de meses serán diez los años de ausencia. Sin el cuerpo de su hijo, Rosa Sabena no descansa. Fue citada a las diez de la mañana y a las diez en punto está en los Tribunales, escoltada por Miguel Angel “Milo” y por Federico, su esposo y su hijo. Uno tiene en sus manos una botella de agua porque sabe que a ella se le secará la garganta de tanta impotencia atragantada. El otro se sentará a su lado en la sala de juzgamiento y, cuando los nervios traicionen a Rosa, le ayudará a encontrar en el Powerpoint alguna planilla con las llamadas telefónicas captadas los últimos días de septiembre de 2008, cuando perdieron todo contacto con Nicolás.
Lleva días preparando lo que dirá en un rato frente a los tres jueces de la Cámara Segunda del Crimen: Emilio Andruet, Carlos González Castellanos y Pablo Bianchi. Los dos primeros son viejos conocidos, estuvieron en el histórico juicio en el que tres de los integrantes de la familia Vargas Parra acabaron con fuertes penas de cárcel por la desaparición de Nicolás Sabena. Ahora la misión de Sabena es otra: torcer la decisión de un fiscal (Fernando Moine) y del juez de Control, que aceptaron sobreseer al ahora jefe de Investigaciones de la Policía de la Provincia, Gustavo Oyarzábal. Ella está convencida de que Oyarzábal, junto con otros uniformados como el comisario Fernando Pereyra y la agente Nancy Salinas fueron parte de una cadena de encubrimiento que buscaba desviar la pesquisa y aliviar la situación de los Vargas Parra.
Así como logró poner al más cuestionado de los investigadores –Walter Guzmán- frente a un jury de enjuiciamiento, del mismo modo denunció a estos policías, con suerte diversa: consiguió que la causa de Salinas fuera elevada a juicio, la causa del comisario Pereyra parece detenida en un limbo, y la de Oyarzábal podría ir a parar a un archivo.
Eso es lo que Sabena quiere impedir. Desde que se enteró del pedido de sobreseimiento lleva semanas repasando hasta el cansancio un expediente kilométrico que ella ya conoce de memoria.
Ahora llegó el Día D; sin embargo, la audiencia “in voce” donde expresará en forma oral los motivos por los que insiste en que Oyarzábal debe ser llevado a un juicio oral y público se demora. Lleva ya dos horas sentada detrás de un pupitre de la sala y no hay noticias ni del fiscal de Cámara ni del abogado defensor del policía. A esa hora aún no está claro que ni uno ni otro tienen obligación alguna de estar presentes. Pero basta ver el rostro reconcentrado de Sabena para espantar cualquier chance de aplazamiento: la apelación se hará sí o sí en esta jornada, de eso no hay duda.
Y así sucede. Dos horas después de lo previsto ingresan los jueces y, tras cerciorarse de que el abogado defensor fue notificado (y no acudió a la cita) dan el visto bueno para el inicio.
Recibida de abogada hace un año, Rosa Sabena ya empezó a familiarizarse con los alegatos, pero éste es especialmente difícil porque ahora se representa a sí misma. Es mucho lo que tiene en juego. De su desempeño y de la contundencia de las pruebas dependerá que se demuestre que la investigación de la desaparición de su hijo estuvo contaminada desde el principio.
Los nervios le hacen un par de zancadillas, la sala queda en penumbras para que se vea mejor la presentación que hace con un moderno proyector del tamaño de un celular, pero en ocasiones las imágenes proyectadas en la pared se tuercen y obligan a los jueces a inclinar sus rostros severos para leer el contenido; otras veces las fechas o los números de celulares se le confunden. Eso no le impide, con el paso de los minutos, ir sumando evidencias del trato preferencial que recibieron los Vargas Parra.
“¿Por qué los miembros de mi familia o el resto de los testigos eran citados por escrito con una orden judicial y a los Vargas Parra los llamaba Oyarzábal desde su propio celular y les hablaba en tono familiar?”, se pregunta Rosa.
El delito que Rosa Sabena le atribuye a quien por entonces estaba a cargo de las telecomunicaciones de la Policía se denomina Encubrimiento por favorecimiento personal, agravado.
Al comienzo de la investigación, en los días en que en la casa de los Sabena todo era desesperación e incertidumbre, la madre de Nicolás y Oyarzábal tuvieron un encuentro breve en el que el policía le explicó cómo las antenas captaban las distintas celdas de los celulares y de qué manera se hacían los entrecruzamientos de llamadas. Testimonio de esa lejana charla es el dibujo a lápiz que el uniformado hizo en una hoja de libreta para explicarle el rastreo de las llamadas.
Lo que Oyarzábal no podía saber es que esa mujer desesperada y angustiada iba a utilizar esos conocimientos para llegar al trasfondo de la pesquisa. Las sábanas de llamadas, el entrecruzamiento y el radio de acción que tomaban las antenas telefónicas dejaron en evidencia que quien había mantenido numerosas comunicaciones con la familia Vargas Parra era el propio Oyarzábal.
“Hola Morocha, ¿cómo andás?, te jodo porque sabés que el pendejo este (refiriéndose a Nicolás) utilizaba un celular y ese número te mandó un mensaje a vos. Tenés que venir porque queremos saber qué pasó”; en esa comunicación que Sabena detectó que fue hecha por el acusado, le advierte a la interlocutora (Lucía Vargas Flores) que están en conocimiento de que su celular tiene característica de Rosario.
El dato no es antojadizo. Sabena explica que de esa forma la hija de “Pepe” Vargas fue advertida y eso le permitió armar una coartada para tratar de explicar qué hacía con un número con característica rosarina. Cuando la fiscalía se lo pidió, Lucía Vargas se negó a entregarlo: “Dijo que el chip se le cayó y lo perdió”.
Del entrecruzamiento de llamadas surgen los siguientes contactos entre el uniformado y los Vargas Parra:
-El 3 de noviembre de 2008, a días de la desaparición de Nicolás, desde el celular de flota de Oyarzábal partieron dos llamada (una de 24 segundos y otra de 5 segundos) al celular con característica de Rosario que tenía Lucía Vargas.
-El 18 de noviembre de 2008, el celular particular de Oyarzábal recibió una llamada de 40 segundos del celular 155607158 que pertenecía a Adelina Flores, la esposa de “Pepe” Vargas.
-El 4 de diciembre de 2008 el número particular del policía se comunicó durante 34 segundos con el 154235350, que era de José Vargas Parra.
“¿Qué hacía llamando a esa hora desde su celular a los principales sospechosos?”, interpela Sabena a los jueces, que seguían con la mirada fija en la filmina.
Además de estas sugerentes comunicaciones, Sabena recuerda que por sus conocimientos técnicos Gustavo Oyarzábal tuvo acceso a información privilegiada que, aseguró la madre de Nicolás, fue ocultada por el oficilal y, de esa manera, llevó a que se perdieran valiosas semanas al inicio de la búsqueda de Nicolás.
Sabena no tiene ninguna duda de que el acusado sabía desde el inicio que el celular con característica de Rosario estaba en Río Cuarto y pertenecía a los Vargas Parra. “Sin embargo, no lo hizo saber y permitió que la investigación apuntara a un tal Polak de Rosario que, ahora sabemos con certeza, nunca existió”.
* * *
La apelación a Rosa Sabena le llevó una hora. Todo ese tiempo se mantuvo en tono firme y decidido y recién sobre el final se le ahogó la voz cuando recordó que el policía al que busca llevar a un juicio oral solía referirse a su hijo como “culo roto”. “Eso para una madre es muy doloroso”, se quebró.
Tras escuchar en silencio la alocución, el juez Emilio Andruet anunció que pasarían a deliberar y en los próximos días se conocerá si dan curso o no a la apelación.
Rosa Sabena salió de la sala escoltada por su familia y rodeada de una multitud de estudiantes de Ciencias de la Comunicación que habían colmado la sala. A ellos les dedicó un saludo de despedida: les recordó la importancia del rol que cumplirán en el futuro y les dijo que el acompañamiento de la prensa fue lo que la fortaleció y le sirvió de apoyo para no bajar los brazos, una década después del peor dolor.
Alejandro Fara
[email protected]
Así como logró poner al más cuestionado de los investigadores –Walter Guzmán- frente a un jury de enjuiciamiento, del mismo modo denunció a estos policías, con suerte diversa: consiguió que la causa de Salinas fuera elevada a juicio, la causa del comisario Pereyra parece detenida en un limbo, y la de Oyarzábal podría ir a parar a un archivo.
Eso es lo que Sabena quiere impedir. Desde que se enteró del pedido de sobreseimiento lleva semanas repasando hasta el cansancio un expediente kilométrico que ella ya conoce de memoria.
Ahora llegó el Día D; sin embargo, la audiencia “in voce” donde expresará en forma oral los motivos por los que insiste en que Oyarzábal debe ser llevado a un juicio oral y público se demora. Lleva ya dos horas sentada detrás de un pupitre de la sala y no hay noticias ni del fiscal de Cámara ni del abogado defensor del policía. A esa hora aún no está claro que ni uno ni otro tienen obligación alguna de estar presentes. Pero basta ver el rostro reconcentrado de Sabena para espantar cualquier chance de aplazamiento: la apelación se hará sí o sí en esta jornada, de eso no hay duda.
Y así sucede. Dos horas después de lo previsto ingresan los jueces y, tras cerciorarse de que el abogado defensor fue notificado (y no acudió a la cita) dan el visto bueno para el inicio.
Recibida de abogada hace un año, Rosa Sabena ya empezó a familiarizarse con los alegatos, pero éste es especialmente difícil porque ahora se representa a sí misma. Es mucho lo que tiene en juego. De su desempeño y de la contundencia de las pruebas dependerá que se demuestre que la investigación de la desaparición de su hijo estuvo contaminada desde el principio.
Los nervios le hacen un par de zancadillas, la sala queda en penumbras para que se vea mejor la presentación que hace con un moderno proyector del tamaño de un celular, pero en ocasiones las imágenes proyectadas en la pared se tuercen y obligan a los jueces a inclinar sus rostros severos para leer el contenido; otras veces las fechas o los números de celulares se le confunden. Eso no le impide, con el paso de los minutos, ir sumando evidencias del trato preferencial que recibieron los Vargas Parra.
“¿Por qué los miembros de mi familia o el resto de los testigos eran citados por escrito con una orden judicial y a los Vargas Parra los llamaba Oyarzábal desde su propio celular y les hablaba en tono familiar?”, se pregunta Rosa.
El delito que Rosa Sabena le atribuye a quien por entonces estaba a cargo de las telecomunicaciones de la Policía se denomina Encubrimiento por favorecimiento personal, agravado.
Al comienzo de la investigación, en los días en que en la casa de los Sabena todo era desesperación e incertidumbre, la madre de Nicolás y Oyarzábal tuvieron un encuentro breve en el que el policía le explicó cómo las antenas captaban las distintas celdas de los celulares y de qué manera se hacían los entrecruzamientos de llamadas. Testimonio de esa lejana charla es el dibujo a lápiz que el uniformado hizo en una hoja de libreta para explicarle el rastreo de las llamadas.
Lo que Oyarzábal no podía saber es que esa mujer desesperada y angustiada iba a utilizar esos conocimientos para llegar al trasfondo de la pesquisa. Las sábanas de llamadas, el entrecruzamiento y el radio de acción que tomaban las antenas telefónicas dejaron en evidencia que quien había mantenido numerosas comunicaciones con la familia Vargas Parra era el propio Oyarzábal.
“Hola Morocha, ¿cómo andás?, te jodo porque sabés que el pendejo este (refiriéndose a Nicolás) utilizaba un celular y ese número te mandó un mensaje a vos. Tenés que venir porque queremos saber qué pasó”; en esa comunicación que Sabena detectó que fue hecha por el acusado, le advierte a la interlocutora (Lucía Vargas Flores) que están en conocimiento de que su celular tiene característica de Rosario.
El dato no es antojadizo. Sabena explica que de esa forma la hija de “Pepe” Vargas fue advertida y eso le permitió armar una coartada para tratar de explicar qué hacía con un número con característica rosarina. Cuando la fiscalía se lo pidió, Lucía Vargas se negó a entregarlo: “Dijo que el chip se le cayó y lo perdió”.
Del entrecruzamiento de llamadas surgen los siguientes contactos entre el uniformado y los Vargas Parra:
-El 3 de noviembre de 2008, a días de la desaparición de Nicolás, desde el celular de flota de Oyarzábal partieron dos llamada (una de 24 segundos y otra de 5 segundos) al celular con característica de Rosario que tenía Lucía Vargas.
-El 18 de noviembre de 2008, el celular particular de Oyarzábal recibió una llamada de 40 segundos del celular 155607158 que pertenecía a Adelina Flores, la esposa de “Pepe” Vargas.
-El 4 de diciembre de 2008 el número particular del policía se comunicó durante 34 segundos con el 154235350, que era de José Vargas Parra.
“¿Qué hacía llamando a esa hora desde su celular a los principales sospechosos?”, interpela Sabena a los jueces, que seguían con la mirada fija en la filmina.
Además de estas sugerentes comunicaciones, Sabena recuerda que por sus conocimientos técnicos Gustavo Oyarzábal tuvo acceso a información privilegiada que, aseguró la madre de Nicolás, fue ocultada por el oficilal y, de esa manera, llevó a que se perdieran valiosas semanas al inicio de la búsqueda de Nicolás.
Sabena no tiene ninguna duda de que el acusado sabía desde el inicio que el celular con característica de Rosario estaba en Río Cuarto y pertenecía a los Vargas Parra. “Sin embargo, no lo hizo saber y permitió que la investigación apuntara a un tal Polak de Rosario que, ahora sabemos con certeza, nunca existió”.
* * *
La apelación a Rosa Sabena le llevó una hora. Todo ese tiempo se mantuvo en tono firme y decidido y recién sobre el final se le ahogó la voz cuando recordó que el policía al que busca llevar a un juicio oral solía referirse a su hijo como “culo roto”. “Eso para una madre es muy doloroso”, se quebró.
Tras escuchar en silencio la alocución, el juez Emilio Andruet anunció que pasarían a deliberar y en los próximos días se conocerá si dan curso o no a la apelación.
Rosa Sabena salió de la sala escoltada por su familia y rodeada de una multitud de estudiantes de Ciencias de la Comunicación que habían colmado la sala. A ellos les dedicó un saludo de despedida: les recordó la importancia del rol que cumplirán en el futuro y les dijo que el acompañamiento de la prensa fue lo que la fortaleció y le sirvió de apoyo para no bajar los brazos, una década después del peor dolor.
Alejandro Fara
[email protected]

