Los caporales eran 12. Daban pasos enérgicos, saltos y patadas ampulosas que hacían resonar los cascabeles de sus botas. No estaban solos, los acompañaban otras tantas mujeres con faldas cortas que se contoneaban sensuales frente a la iglesia Jesús Resucitado, de Banda Norte.
La tradicional danza boliviana fue parte de la celebración del día de la Virgen de Urkupiña, una de las festividades de mayor arraigo dentro de la colectividad.
Pese al frío y a la llovizna de la tarde del sábado, decenas de familias participaron de la misa, de la procesión y de la fiesta que tuvo su punto de encuentro en Pasaje Finola 1560, la casa de uno de los prestes (como se les llama a los organizadores de los preparativos).
La historia cuenta que la virgen de Urkupiña, que en quechua significa “Ya está en el cerro”, apareció por primera vez en la época colonial en Quillacollo, Cochabamba, donde había una niña que ayudaba a sus padres a pastorear ovejas en un cerro.
La imagen de una mujer con un niño en brazos se le acercó y comenzó a conversar con la niña. Extrañados, los padres de la pastorcita le contaron este hecho al sacerdote de la parroquia y a los vecinos, quienes decidieron ir al lugar para ver si era verdad el relato de la chica.
La virgen se apareció varias veces más en el cerro y se le atribuyeron milagros entre los mineros. Desde entonces, se la homenajea todos los años.
En esta ocasión, apenas finalizada la misa, transportaron la imagen de Urkupiña hasta la puerta del templo, donde hubo un baile de Salay (zapateo con movimientos graciosos, en el que el joven busca atraer a la cholita, que termina rendida a sus encantos).
Luego llegó el turno de los caporales, tradicional danza que alude a los tiempos de la esclavitud, y la danza de los Tinkus.
En Bolivia durante los Tinkus suelen hacerse rituales de iniciación en los que cientos de indígenas quechuas acuden desde distintos puntos para agradecer a la Pachamama. Lo hacen mediante una ceremonia que consiste en que los hombres y los adolescentes que pasan a la edad adulta pelean entre ellos hasta hacerse daño, como símbolo de agradecimiento y rito para tener un buen año.
Al terminar el baile frente a la iglesia, comenzó la procesión. La virgen de Urkupiña junto a los prestes (acarreadores) eran quienes encabezaban la peregrinación y los danzarines los seguían por las calles de la ciudad al son de la música que se escuchaba desde los parlantes que había en la parte trasera de las camionetas.
La gente salía de sus casas para ver a qué se debía esa música que provenía de la calle. La mayoría tomaba fotografías o filmaba con sus celulares, otros preguntaban qué estaba sucediendo.
La procesión salió desde la calle Fray Quírico Porreca, siguió por Jujuy, Brasil y Laguna Blanca hasta hasta llegar a Nicolás Finola 1560.
Al llegar a la casa de los prestes colocaron la imagen de Urkupiña en un altar preparado para ella. Todos los que se acercaban le rezaban una plegaria y le prendían una vela.
En el lugar continuaron la música y los bailes típicos, hasta entrada la madrugada del domingo.
Pese al frío y a la llovizna de la tarde del sábado, decenas de familias participaron de la misa, de la procesión y de la fiesta que tuvo su punto de encuentro en Pasaje Finola 1560, la casa de uno de los prestes (como se les llama a los organizadores de los preparativos).
La historia cuenta que la virgen de Urkupiña, que en quechua significa “Ya está en el cerro”, apareció por primera vez en la época colonial en Quillacollo, Cochabamba, donde había una niña que ayudaba a sus padres a pastorear ovejas en un cerro.
La imagen de una mujer con un niño en brazos se le acercó y comenzó a conversar con la niña. Extrañados, los padres de la pastorcita le contaron este hecho al sacerdote de la parroquia y a los vecinos, quienes decidieron ir al lugar para ver si era verdad el relato de la chica.
La virgen se apareció varias veces más en el cerro y se le atribuyeron milagros entre los mineros. Desde entonces, se la homenajea todos los años.
En esta ocasión, apenas finalizada la misa, transportaron la imagen de Urkupiña hasta la puerta del templo, donde hubo un baile de Salay (zapateo con movimientos graciosos, en el que el joven busca atraer a la cholita, que termina rendida a sus encantos).
Luego llegó el turno de los caporales, tradicional danza que alude a los tiempos de la esclavitud, y la danza de los Tinkus.
En Bolivia durante los Tinkus suelen hacerse rituales de iniciación en los que cientos de indígenas quechuas acuden desde distintos puntos para agradecer a la Pachamama. Lo hacen mediante una ceremonia que consiste en que los hombres y los adolescentes que pasan a la edad adulta pelean entre ellos hasta hacerse daño, como símbolo de agradecimiento y rito para tener un buen año.
Al terminar el baile frente a la iglesia, comenzó la procesión. La virgen de Urkupiña junto a los prestes (acarreadores) eran quienes encabezaban la peregrinación y los danzarines los seguían por las calles de la ciudad al son de la música que se escuchaba desde los parlantes que había en la parte trasera de las camionetas.
La gente salía de sus casas para ver a qué se debía esa música que provenía de la calle. La mayoría tomaba fotografías o filmaba con sus celulares, otros preguntaban qué estaba sucediendo.
La procesión salió desde la calle Fray Quírico Porreca, siguió por Jujuy, Brasil y Laguna Blanca hasta hasta llegar a Nicolás Finola 1560.
Al llegar a la casa de los prestes colocaron la imagen de Urkupiña en un altar preparado para ella. Todos los que se acercaban le rezaban una plegaria y le prendían una vela.
En el lugar continuaron la música y los bailes típicos, hasta entrada la madrugada del domingo.
Nestor Morales
Secretario de Comunicación de la comunidad boliviana
Secretario de Comunicación de la comunidad boliviana

