Como siempre ocurre en las redes sociales cuando algo se transforma en tendencia, el video del presidente Alberto Fernández en el Centro Cultural Kirchner ante un centenar de dirigentes de Córdoba, con la intención de arengar a la militancia en el tramo final de la campaña, generó otra fuerte polémica y nuevamente con Córdoba.
Es que el mandatario admite, en esa grabación que tomó alguno de los dirigentes que compartieron el encuentro y que se conoció ayer, que la provincia es “terreno hostil” para el kirchnerismo. Nada nuevo hasta ahí, observando los resultados que históricamente logró el Frente para la Victoria o el Frente de Todos en la mayoría de las elecciones, con excepción de la de 2011, cuando Cristina Fernández arrasó en todo el país y cosechó el 54% de los votos a nivel nacional.
Lo cierto es que luego Fernández avanzó y pidió que “de una vez por todas Córdoba se integre al país, para que de una vez y para siempre sea parte de la Argentina y no esta necesidad de siempre parecer algo distinto”.
El contraste de Córdoba con el kirchnerismo no es nuevo y hay incluso dirigentes que lo graficaron diciendo que los cordobeses y el oficialismo nacional “son el agua y el aceite”.
De mínima, las palabras del Presidente fueron desafortunadas. Es que en sus dichos da la sensación de que hoy Córdoba fuera territorio extranjero, no fuera parte de la Argentina. Pero, si se profundiza, podría deducirse que esa expresión se refiere específicamente al contraste electoral que plantea Córdoba en contra de lo que hoy pregona la Casa Rosada.En los últimos comicios el oficialismo nacional apenas alcanzó el 11% de los votos de la provincia.
¿Será la integración que plantea Fernández un alineamiento político que les pide a los habitantes de la provincia? En ese caso podría concluirse que hay una confusión de lo que es su fuerza política con lo que es el país.
El contraste de Córdoba con el kirchnerismo no es nuevo y hay incluso dirigentes que lo graficaron diciendo que los cordobeses y el oficialismo nacional “son el agua y el aceite”.
En esa imagen hay seguramente mucho del gen cordobés que se expresó en infinidad de ocasiones contra lo que planteaba el poder central, mucho antes de que asomara en el horizonte lo que hoy se conoce como kirchnerismo y cuyas raíces se extienden hasta el embrión de la Nación pero que después pasó por capítulos memorables en las últimas décadas, en donde las revueltas contra la dictadura, en sus distintas etapas, siempre tuvieron a Córdoba como protagonista.
Por eso la primera conclusión debería ser que en Córdoba no hay algo exclusivamente en contra del kirchnerismo, sino que prevalece algo mucho más de fondo que recorre su historia.
En Córdoba no hay algo exclusivamente en contra del kirchnerismo, sino que prevalece una posición mucho más de fondo que recorre su historia y la caracteriza.
Claro que en los últimos 15 años la relación se tensó y, por momentos, muy fuerte. A partir de 2008, con la 125 de por medio, ya el vínculo del kirchnerismo con la provincia no tuvo vuelta. No hubo posibilidad de acercamiento. Algo se quebró en aquel momento. En la provincia, el acompañamiento a la posición de los productores agropecuarios ante la intención de las retenciones móviles fue mayoritario. Y a partir de ese episodio hubo de parte del gobierno de la provincia también un acompañamiento estratégico para con la ruralidad. Era habitual ver cómo en los piquetes de las rutas organizados por las entidades del agro aparecían y compartían los funcionarios cordobeses. El ministro de Agricultura de entonces, Carlos Gutiérrez, estuvo en más de una oportunidad en el cruce de la A005 y ruta 8 junto con el entonces presidente de la Rural, Julio Echenique.
En ese momento, el distanciamiento entre los dos gobiernos peronistas comenzó a profundizarse y sumó luego varios capítulos de fuerte crispación. La disputa por los fondos para la Caja de Jubilaciones de Córdoba, por mencionar un episodio, llegó incluso hasta la Corte Suprema por la falta de entendimiento entre las partes. La Casa Rosada no habilitaba el desembolso de los recursos necesarios para cubrir el déficit que por ley correspondía y la disputa no tardó en llegar al máximo tribunal, que dirimió el conflicto justo cuando el kirchnerismo dejaba el Gobierno. Pero el episodio más crítico fue cuando durante la asonada policial en la provincia el Gobierno miró para otro lado y decidió no enviar las fuerzas nacionales. La sensación de indefensión y la violencia, especialmente en la capital provincial, todavía hoy recorren en imágenes el recuerdo de muchos cordobeses. La disputa por entonces había superado ampliamente los límites.
Como en la política no abundan los ingenuos, lógicamente que ante cada episodio hubo intentos de sacar provecho de todas las partes, incluso por fuera de quienes protagonizaban esa confrontación.
Pero lo cierto es que la diferencia de criterios de buena parte de los cordobeses con el Gobierno central no es nueva. Pero eso debería ser valorado como una virtud de independencia de pensamiento que aporta para el enriquecimiento de ideas que, como en otras muchas oportunidades de la historia, sirvió para iniciar etapas superadoras. No hay demasiados ejemplos en los que la homogeneidad de ideas dé como resultado un mejor futuro. Por eso siempre vale la pena confrontar posiciones para buscar que la síntesis sea superadora de las partes antes que buscar que todo tenga el mismo color. El Presidente no debería pensar a Córdoba como un terreno hostil, sino con visiones diferentes a la suya. Y eso le debería despertar una necesidad de mejorar sus propios argumentos y elevar la vara.
Gonzalo Dal Bianco. Redacción Puntal

