Opinión | cloro

El potencial asesino de la ignorancia

Sin constituir la primera ni seguramente la última muestra de las consecuencias a veces trágicas de la infodemia, la sospecha de que la muerte de un niño en Neuquén pudo haberse debido a la ingesta de dióxido de cloro debería erigirse en un contundente llamado de atención sobre el nivel de daño que es capaz de ocasionar.

Desde poco tiempo después de la irrupción de la pandemia de coronavirus comenzara a trastrocar la vida de toda la humanidad, se comenzó a manejar el concepto de “infodemia”, definido como la proliferación de noticias falsas que a veces por motivos económicos o políticos, y otras por pura ignorancia, se afianzan como un obstáculo adicional a los intentos de hacer frente al flagelo de una manera razonable y efectiva. Sin ser la primera ni seguramente la última muestra de las consecuencias de este subproducto indeseable de la hiperconectividad actual, la sospecha de que la muerte de un niño en Neuquén pudo haberse debido a la ingesta de dióxido de cloro debería erigirse en un contundente llamado de atención sobre el nivel de daño que es capaz de ocasionar.

Según trascendió pocas horas después de la muerte del pequeño de cinco años, ocurrida camino al hospital la madrugada del sábado, sus padres admitieron ante los médicos que le habían proporcionado dióxido de cloro al notarlo decaído y con otros síntomas que les hicieron pensar que se había contagiado de coronavirus. La autopsia comprobó que no estaba infectado y que el fallecimiento se había producido por una falla multiorgánica, y aunque en principio no se confirmó qué incidencia pudo haber tenido la sustancia química en cuestión, para lo cual hacían falta más estudios, el uso de semejante “remedio casero” provocó, como mínimo, que se retrasara su atención hasta que fue demasiado tarde para salvarlo.

Este dióxido se emplea como desinfectante, blanqueador y, como otros derivados del cloro, en el tratamiento del agua. Pero su uso médico es tan sensato y recomendable como lo sería el de la lavandina. Sin embargo, existe toda una corriente de pensamiento mágico de bases pseudocientíficas que pontifica en su favor, por ejemplo, adjudicándole incomprobables logros en el tratamiento del autismo, y el surgimiento del Covid-19 impulsó a algunos “creyentes” a atribuirle propiedades también frente a este nuevo y peligroso enemigo.

No se trata simplemente de la conductora televisiva que en actitud desafiante bebió dióxido de cloro ante las cámaras; ni siquiera del impresentable presidente norteamericano que ante la mirada espantada de la infectóloga que lo acompañaba lanzó la idea de inyectarse desinfectante como un posible tratamiento contra el coronavirus, aunque desde luego el respaldo de personalidades públicas al pensamiento acientífico puede provocar un daño sustancial. Para muchas personas, una aseveración arbitraria e infundada de origen incierto resulta más creíble que las advertencias de las instituciones oficiales como la Anmat argentina, la FDA estadounidense o la propia Organización Mundial de la Salud, acusadas de responder a los intereses de los laboratorios que venden drogas caras e innecesarias o intentan controlar a la humanidad a través de chips inoculados mediante la vacunación.

Desde luego, ni los laboratorios ni los demás exponentes del poder económico, así como el político o si se quiere el mediático, están libres de pecados, y no está mal desconfiar de ellos. Pero una cosa es negarle a cada uno de sus postulados el carácter de verdad revelada y otra depositar la confianza en cualquier versión alternativa, por delirante que sea la argumentación que la defiende, o incluso su propio enunciado. Cualquiera sea el resultado de la investigación sobre lo que le ocurrió al niño neuquino, debería quedar en claro que la ciencia no es una cuestión de fe y que confundir las cosas mata.