Opinión | COE

El impostor y la desnudez

El caso de Ignacio Nicolás Martín, el falso médico del COE, no sólo lo expone a él mismo sino que evidencia una serie de fallas y negligencias en poderes que lo trascienden.
 Tanosolo 2021.

Enric Marco es un barcelonés de 99 años que se construyó un pasado heroico. Durante casi tres décadas contó que fue deportado en la Alemania de Adolf Hitler y sobreviviente de los horrores de los campos de concentración. Con su historia conmovedora, dio innumerables entrevistas y pronunció cientos de conferencias; fue distinguido por los gobiernos de su país y hasta habló en el Parlamento de España como representante de todos aquellos que habían padecido la barbarie nazi.

Hasta que en 2005, justo cuando Enric estaba por participar en un acto histórico, en el aniversario número 60 de la liberación de los campos de concentración, un historiador, Benito Bermejo, reveló que todo era una mentira. Que la vida pública de ese héroe era una farsa. El hombre, un petiso fornido de bigote marcial, jamás había estado prisionero en Mauthausen. Ni había sido deportado.

Cuando el engaño se descubrió, toda su vida quedó envuelta en la duda. Enric, que había emocionado a miles de personas con sus crudos relatos, había caído en la ignominia. Todo lo que decía o había dicho se deshacía. Y hasta su supuesta lucha antifranquista quedó desacreditada cuando se develó que, en verdad, antes que pelear contra el régimen había sido un simpatizante.

La historia de Enric Marco está relatada en El Impostor, de Javier Cercas. El libro, que es una mezcla de géneros, está a años luz de la mejor obra de Cercas, Soldados de Salamina, pero permite adentrarse en la mente de un mitómano.

Hay gente que vive en la mentira. De la mentira. De una construcción que empieza siendo casi una nimiedad y termina convirtiéndose en una ramificación monstruosa e inmanejable. Algunos, como Marco, cuando son desenmascarados, agachan la cabeza y siguen viviendo como pueden. Otros, como Jean Claude Romand, el falso médico de la OMS que mató a toda su familia, no soportan que la verdad salga a la luz.

La pregunta que siempre se genera cuando se producen estos casos es cómo fue posible que esa fábula pudiera engañar a tantos durante tanto tiempo.

Ignacio Nicolás Martín tiene las características de un mitómano. En los últimos días su historia sorprendió a la provincia y fue replicada en el país. Ese chico que dijo tener 24 años pero sólo tiene 19, que llegó a ser colaborador de confianza de uno de los especialistas más respetados del COE durante el manejo de la pandemia, que aseguró ser médico pero que jamás tuvo actividad académica alguna en la UNC, desató con sus mentiras un escándalo que tiene consecuencias políticas.

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Enric Marco, el barcelonés de 99 años, era un mentiroso patológico pero, cuando cayó en desgracia, sólo se dañó a sí mismo. El descrédito, la vergüenza, la exposición fueron de su exclusiva propiedad.

El engaño de Martín, en cambio, atacó los cimientos de una estrategia sanitaria provincial. Principalmente porque afectó la credibilidad del órgano sobre el que se asienta en Córdoba la lucha contra el coronavirus. El COE dispone qué se puede hacer y qué no, quién puede salir, quiénes están habilitados para trabajar y quiénes deben soportar el encierro absoluto. Lo hace desde un lugar de rigor científico. Y, si bien se ha desgastado con el correr de los meses y por el cansancio que generaron las restricciones, su autoridad se basa no sólo en el respaldo político que le da el gobernador sino en su propia confiabilidad.

En el COE no saltó ninguna alarma. Ignacio Martín tenía un historial de mentiras sobre sus espaldas: se había hecho pasar por inspector municipal en Córdoba, había sido denunciado por estafa por la madre de una amiga, y era un personaje recurrente en los Tribunales de la capital provincial porque, cada tanto, hacía denuncias funambulescas que lo tenían como víctima de ataques o robos. En una de esas exposiciones, hecha en 2020, dijo tener 18 años y ser médico. A nadie pareció llamarle la atención la genial precocidad de ese Einstein de las pampas.

Ignacio Martín fue descubierto no en el COE, sino porque sus inconsistencias comenzaron a hacer ruido entre sus “colegas riocuartenses”. Cuando prestó servicios como médico en los S24, quienes sí fueron a la Universidad advirtieron que no manejaba conceptos básicos. Ahí empezó todo. Después, llegó el descubrimiento de que la matrícula que presentó era de otra persona y que hasta el número de DNI era apócrifo. Y entonces el gobierno de Río Cuarto, que le había pagado por tres guardias, se salvó de contratarlo.

Pero si llamó la atención de los médicos en los dispensarios, ¿por qué nadie lo notó en el COE? El sostén político de Martín dentro de la estructura provincial, quien lo trajo a Río Cuarto como colaborador estrecho, fue Diego Almada, conocido como el “cazador de virus” porque el COE lo enviaba a combatir los brotes de Covid más complicados que iban explotando en el territorio cordobés. ¿Y Almada no olfateó nada raro? ¿No se dio cuenta de las mismas inconsistencias que despertaron las sospechas de los médicos riocuartenses?

El impacto sobre la credibilidad del COE obligó ayer a Juan Ledesma, jefe máximo del Centro del Centro de Operaciones de Emergencias, a salir a aclarar cuáles fueron las tareas de Martín.

Durante la semana, cuando el caso explotó, se barajó la posibilidad de que se produjera alguna renuncia. Había quienes pedían alguna cabeza en el gobierno de Río Cuarto, otros en el gobierno provincial. La posición menos defendible, a esta altura, es la de Almada, por haber impulsado dentro del COE a un mitómano y haberlo llevado por los 15 brotes más complejos de la provincia.

En el gobierno de Juan Manuel Llamosas sostienen que hicieron lo correcto, que fueron ellos quienes lo desenmascararon y lo expusieron. El capítulo menos explicable de parte del Municipio es el ocultamiento, la actitud de no haber transparentado el caso cuando ocurrió, hace más de un mes. Pero es verdad que la responsabilidad central está en Córdoba, principalmente en Almada. “Llegaron con un aura de infalibilidad y nos dijeron: córranse que acá llegaron los que saben. Y mirá lo que traían”, deslizó un funcionario.

Martín es una bomba con onda expansiva no sólo en la Salud sino también en la Justicia. Su caso desnudó negligencias en el COE y en Tribunales. Porque la denuncia del gobierno provincial, que se presentó el 22 de diciembre, pasó inadvertida durante cinco semanas, hasta que el escándalo estalló en los medios. Un fiscal cordobés, Marcelo Fenoll, no le dio relevancia ni le avisó a nadie lo que tenía entre manos. Puso el expediente en un correo interno el 30 de diciembre, cuando el año estaba perdido y enero sonreía, y lo mandó a Río Cuarto sin levantar un teléfono para advertir que se trataba de un caso importante. Aquí, llegó en plena feria y tampoco nadie se desvivió: la causa durmió plácidamente, sin fiscal a cargo, a la espera de que volviera la actividad. Recién ahora, después de que el país se hiciera eco del médico trucho, se definió que desde mañana investigue Daniel Miralles.

Tal vez, la figura para el caso Martín no sea sólo la mentira sino también la desnudez. Porque con sus engaños no sólo se expuso a sí mismo sino a poderes que lo trascienden y quedaron tan desnudos como él.