El enojo todavía no va para todos lados
La inflación es un fenómeno total. En los niveles que ha alcanzado en el país, con una marca mensual del 8,4 por ciento, atraviesa lo macro y lo micro, las previsiones de las empresas y el día a día de los hogares, el funcionamiento del Estado y la planificación familiar. Afecta a la economía, a la política y a la sociedad. Es general e individual porque al argentino medio la suba de precios acelerada y constante lo angustia y lo desestabiliza.
Ante esa omnipresencia, aparece un gobierno impotente, casi sin armas económicas o políticas. “Tenemos pocas herramientas”, supo admitir el jefe de Gabinete, Agustín Rossi. Y, a las que tenían, los socios se encargaron de dinamitarlas.
El escenario está atravesado por una inusual carga de irracionalidad. El oficialismo arde de internas, Alberto Fernández da entrevistas cada vez más estrambóticas, Cristina sigue hablando de la Corte, Máximo se da baños de multitud y le hace reclamos al gobierno en el que está pero no está, y ante el 8,4% de inflación de abril el equipo económico resolvió reunirse de urgencia para definir medidas (no hubiera estado de más que también tomaran decisiones antes). Mientras tanto, Wado de Pedro repite una frase que ya parece un mantra kirchnerista: la próxima vez, antes que nada, habría que definir un programa de gobierno. Un hallazgo.
Del otro lado hay una sociedad en estrés permanente. El Gobierno la desconcierta.Y la oposición también. Juntos por el Cambio pasó de una victoria asegurada a elucubrar alquimias electorales que al menos instalen a uno de los suyos en el balotaje.
Mientras tanto, esa sociedad estresada, que en las encuestas se muestra desencantada y rencorosa con la política, va votando. ¿Y cómo lo está haciendo?Por ahora, mayoritariamente, está ratificando a los oficialismos. No parecería haber una correspondencia entre el enojo y la conducta en las urnas.
Sin embargo, lo que está expresando el votante es discernimiento. Existe malestar con la política, a la que se culpa por el deterioro de la calidad de vida y el desastre de la inflación, pero hasta ahora no hay una factura extendida a los oficialismos en general. Tal vez la bronca se direccione al oficialismo nacional, al Frente de Todos, pero no están padeciéndola, al menos en los resultados, los gobiernos provinciales.
En ese contexto, arrancó la campaña en Córdoba, que estuvo precedida por un tumultuoso proceso, sobre todo en Juntos por el Cambio, de armado de listas.
La provincia elegirá gobernador dentro de seis domingos y se enfrenta a la disyuntiva de sostener el extenso proyecto de poder articulado por el peronismo o de darle a Juntos por el Cambio, al que hasta ahora sólo avaló con mayorías contundentes para ser oposición legislativa nacional, el crédito necesario para gobernar.
Los dos candidatos principales, MartínLlaryora, de Hacemos Unidos por Córdoba, y Luis Juez, de Juntos por el Cambio, iniciaron sus campañas el martes en Córdoba.
En el auditorio del hotel Quorum, donde se lanzó Llaryora, quedó reflejado que Hacemos se ha convertido fundamentalmente en una maquinaria de poder, pensada y estructurada para sostenerlo. Por eso es un organismo mutable: porque está escasamente atado a rigideces que puedan poner en riesgo su objetivo principal.
El oficialismo intentó en ese acto escamotearle a Juez el concepto de cambio,incluso fue Schiaretti quien remarcó que es tiempo de una nueva generación y de nuevos nombres. “Pero el cambio está acá”, dijo y agregó que Llaryora continuará lo positivo y afrontará las cuentas pendientes.
Pero, sobre todo, Hacemos intentó transmitir una idea de amplitud. El salto que dieron Myrian Prunotto desde el radicalismo y Javier Pretto desde el Pro no parece haber tenido sólo el objetivo de exacerbar la interna y causar daño en Juntos;también configura un discurso:el de que para gobernar hay que diluir las fronteras partidarias. Eso contempló además el disciplinado abandono de cualquier referencia al peronismo:en el Quorum no sólo no se cantó la marchita sino que no hubo una sola persona que levantara los dedos enV.
La construcción de ese discurso no está pensada solamente para el plano provincial; también es el que está utilizando Schiaretti para su candidatura presidencial y le sirve para apelar al armado de un “frente de frentes” con Juntos por el Cambio. Es decir, el gobernador coquetea con esa fuerza política en el país y se enfrenta con ella en Córdoba. Si las conversaciones que viene manteniendo con sectores del Pro, principalmente Larreta, y del radicalismo se cierran antes del 25 de junio, habrá otro motivo para que Juntos ingrese en la provincia en un nuevo capítulo de recriminaciones y sospechas. La fuga del larretista Pretto está todavía fresca y son pocos los que creen que se haya tratado de una decisión personal.
La combinación de un clima interno enrarecido con la tendencia de ratificación de los oficialismos provinciales hace que el escenario sea especialmente desafiante para Juez. Hay una inclinación a no cambiar por cambiar en las provincias. Por lo tanto, probablemente no alcance con la construcción de un discurso pura y exclusivamente opositor. Juez debería configurar una arquitectura distinta de la campaña.
En Juntos por el Cambio aseguran que el senador desplegará una campaña agresiva, destinada a tratar de desgastar la imagen del oficialismo. La pregunta es si será suficiente. Juez ha ostentado desde su origen un perfil de opositor particularmente duro; en esta campaña deberá crearse además un perfil de potencial gobernante. Está claro lo que rechaza pero lo que pretende hacer con la provincia es todavía una incógnita.
A esa obligación de reconfigurarse como candidato se agrega un elemento que podría ser una complicación adicional: la estrategia territorial. La lista se armó no con un sentido geográfico sino de padrinazgos: cada padrino velaba por sus ahijados.
El sur, por ejemplo, es sintomático. Juntos no tiene a ningún riocuartense en los primeros 23 lugares. La capital alterna, polo agroalimentario provincial y nacional, no tuvo un solo dirigente para aportar en un casillero expectable. Podría ser una inconsistencia de la dirigencia riocuartense pero esa lectura va perdiendo fuerza cuando se repasa la lista:en los primeros puestos no aparece precisamente un dream team;es más, el candidato número uno es Oscar Agost Carreño, un absoluto desconocido.
En el peronismo también quedaron heridos y casi no hay riocuartenses en la nómina. Con una salvedad:a la lista sábana la encabeza el intendente Juan Manuel Llamosas. Es decir, tiene una cara para mostrar en el sur.
Para Llamosas es una oportunidad y una obligación. “En el sur la campaña es tuya”, le dijo Llaryora. Es decir, el intendente debe indefectiblemente obtener un resultado mejor al promedio. Su peso real no surgirá de la lista sino de los porcentajes.
Hay una curiosidad en la cuestión de los riocuartenses y las listas. En ninguna de las dos fuerzas mayoritarias parece haber estado en consideración la elección municipal de 2024. Ninguna usó el actual turno electoral para potenciar a un candidato. Juntos podría haberlo hecho si tuviera un principio de organización. En la otra vereda, en el llamosismo dicen que impulsar a un candidato habría adelantado los tiempos y que, en definitiva, si los resultados son favorables será el intendente el que tendrá un papel central en la estrategia para su sucesión.