A la política argentina se le dio por la metáfora explosiva y apocalíptica, como si ya no fuera suficiente con la realidad. En medio de una inflación creciente, que genera incertidumbre y angustia, con un país que no se sabe para dónde va -y por ahí es mejor no averiguarlo-, al expresidente Mauricio Macri, reconvertido en gurú del deber ser de Juntos por el Cambio, no se le ocurrió mejor idea que decir que él está a favor de “semidinamitar todo” y el oficialismo, en boca de Aníbal Fernández y Agustín Rossi, anda pronosticando un futuro de sangre y muertos en las calles si en las próximas elecciones gana la oposición.
Un canto a la esperanza.
Macri parece tener una idea fija con la dinamita porque, no hace mucho, su sueño de hacer explotar casi todo estuvo a punto de cumplirse. Fue durante su presidencia.
El gobierno actual, por su parte, o los funcionarios que aún le responden a Alberto Fernández, están sondeando la vieja línea discursiva de “yo o el infierno” pero con una endiablada vuelta de tuerca: es nuestro infierno o el de Juntos por el Cambio.
A una sociedad agobiada por dos años de pandemia, cada vez más empobrecida y con una inflación anual del 104,3%, la política debería al menos construirle la expectativa ínfima de que puede haber una salida. Los dos, con sus visiones cataclísmicas combinadas, sólo auguran días todavía peores.
Por eso no es extraño que los sondeos de opinión reflejen cada vez más la distancia que existe entre los ciudadanos y la política. La crisis ya no parece ser sólo coyuntural sino de tipo sistémico.
En ese escenario también están crujiendo las herramientas de la política. Las coaliciones, por ejemplo, son un instrumento para llegar al poder, para construir una mayoría. Sin embargo, en Argentina parecen haber entrado en crisis como concepto. El Frente de Todos es la maraña irracional que ha expuesto sus miserias a plena luz del día en los últimos años, pero Juntos por el Cambio no da precisamente una imagen contrapuesta ni sirve de reverso: apareció, cuando el Pro decidió pelearse en público por la elección de Ciudad de Buenos Aires, casi como una dosis de más de lo mismo.
La pregunta es qué une a las coaliciones argentinas. Al Frente de Todos muy poco, es evidente. Pero Juntos por el Cambio ya no concuerda ni en los métodos ni en las concepciones políticas, ideológicas o económicas. Mientras Macri y Patricia Bullrich coquetean con Javier Milei, todo el Pro, con Horacio Rodríguez Larreta incluido, martilla con un término:el shock. La necesidad del shock.
¿Pero qué implica exactamente? El radical Martín Lousteau, aliado de Larreta y conviviente en Juntos por elCambio con Macri y Bullrich, señaló en una entrevista que él no comulga con esa idea porque el shock no es inocuo, sino que está cargado de sentido y de enorme daño potencial. ¿Shockear todavía más a una sociedad que está en el estado actual? El economista y ensayista Pablo Gerchunoff, que estuvo en el equipo económico de Raúl Alfonsín y que escribió una excelente biografía intelectual del expresidente, dijo que un modelo de shock puede ser sumamente peligroso para un país en estado de trauma.
Juntos por el Cambio no coincide entre sí pero tampoco lo hace consigo mismo. Córdoba es un ejemplo. En las últimas horas se conformó oficialmente la alianza para competir en la provincia por la gobernación. Y, más allá de la integración de partidos, en el acta que firmaron hay una serie de artículos muy llamativos porque implican la creación de una “mesa chica” que, lejos de los mecanismos democráticos y de participación que discursivamente supo abrazar esa fuerza, definirá todas las candidaturas:no sólo a gobernador y vice sino a legisladores e, incluso, a intendentes y concejales en los pueblos del interior. Después de haber decidido el postulante a gobernador con una encuesta más cercana al arte que a la estadística, ahora un reducido grupo promulgará desde Córdoba al candidato a jefe comunal de cada localidad. ¿No era la fuerza que se contraponía a los métodos peronistas del verticalismo y la discrecionalidad? Al menos en ese punto hay un elemento más de equiparación en la lógica de actuación entre oficialismo y oposición.
¿Qué efectos electorales puede tener el estado de situación en el que se encuentra la política? Las crisis, ya sean de representatividad o las económicas, son momentos desafiantes para los oficialismos. El voto bronca suele ser de todo menos racional: se echa mano al oficialista más cercano y se lo castiga.
En pandemia ocurrió mayoritariamente eso. ¿Puede pasar ahora algo similar? En Río Cuarto acaba de producirse una elección que debe analizarse en sí misma pero que tampoco puede aislarse completamente del contexto: la de la Universidad Nacional de RíoCuarto.
Hay algunas salvedades por plantear:la política universitaria tiene sus particularidades, no se guía necesariamente por lo que ocurre en el mundo exterior y por lo tanto encarna otra lógica, pero al menos habilita preguntas. Después de dos gestiones consecutivas, el oficialismo cayó abrumadoramente derrotado en primera vuelta: 53,14 por ciento a 41,9. Hubo, como siempre, elementos concurrentes que influyeron: una gestión deslucida hacia adentro y hacia afuera -la UNRC está en uno de sus puntos más bajos de relacionamiento con la sociedad riocuartense y del sur provincial-, el resabio de un cuestionadísimo manejo de la pandemia, que incluyó el cierre casi total de la casa de altos estudios por dos años, un candidato que no entusiasmaba y, tal vez, un error de lectura del contexto político que se fue configurando en la Universidad:mientras el kirchnerismo iba retrocediendo en la sociedad y dentro de los campus, mientras se agotaba como opción discursiva y electoral, el Rectorado se abrazó al oficialismo nacional.
Pero, más allá de las razones intrínsecas, la pregunta para el afuera de la Universidad es si el triunfo de Rovera-Bianconi fue un fenómeno que se termina en sí mismo o es un indicio.
En los últimos días hubo alineamientos partidarios casi monolíticos:el radicalismo apoyó a Rovera, el peronismo se alineó conGonzález. Ahora, con el resultado puesto, la UCR interpreta -y lo hace saber- que es el anticipo de un cambio de ciclo más general. A la vez, el oficialismo justicialista, incluso el del Palacio de Mójica, revisa los datos y asegura que en las últimas elecciones municipales se impusieron casi unánimemente los oficialismos, cualquiera haya sido su signo, principalmente aquellos que parecen garantizar, en un contexto tan incierto, previsibilidad y confiabilidad.
A esa esperanza se abrazan en el oficialismo provincial y municipal. Saben que tienen por delante una elección compleja, tal vez la más difícil desde 1999 a la fecha, pero creen en la suma de las virtudes propias y de los defectos ajenos. Y no descartan, ahora que faltan menos de 3 meses, que se produzca alguna noticia de alto impacto, que sacuda el tablero, como una posible fuga de parte del Pro hacia Hacemos por Córdoba. Dentro del partido que creó Macri admiten que las tensiones existen y hasta su presidente, Javier Pretto, reconoció que una ruptura es una posibilidad que sobrevuela en el aire.

